Gia Cuando me desperté, estaba en una bodega extraña y recordé de inmediato el ataque: el secuestro, los disparos, Jazmín herida… Amaya lloraba a mi lado, y mi corazón se aceleró al darme cuenta de que Santiago estaba frente a mí, con una mirada amenazante. —¡Suéltame, Santiago! —grité, tratando de mantener la calma por Amaya. Él avanzó hacia mí, pero esta vez no hubo contacto físico. Sus palabras eran frías y calculadoras. —Cállate, y si gritas, alguien más pagará las consecuencias —dijo, señalando a Amaya. Me tensé, buscando cualquier oportunidad de escapar mientras él me mantenía bajo su vigilancia. —Santiago, ¡déjame en paz! —dije—. Eres mi primo. —Si te hubieras acostado conmigo, nada de esto hubiera pasado —me respondió él, con una sonrisa fría y amenazante. —No… ¡Jamás harí

