La mansión del lobo

1539 Words
Ya entrada la noche Ana se miró en el espejo por décima vez, el vestido n***o de terciopelo que Aleksander había ordenado que usara era impecable, elegante hasta el extremo, con una espalda descubierta que la hacía sentir desnuda cada vez que se giraba, llevaba tacones tan altos que le temblaban las piernas y un collar de perlas auténticas, si esta vez sí eran auténticas, que descansaba sobre su clavícula como una soga de lujo... No era la primera vez que Aleksander la vestía así, como si fuera parte del mobiliario de un salón costoso, pero esa noche era distinta Aleksander no dijo a dónde iban, solo le mandó un mensaje escueto: "Prepárate, esta vez no hables, solo observa." Cuando Ana subió al auto se llevó la sorpresa que esta vez Aleksander no estaba ahi está era la primera vez que ocurria algo así ya que siempre se había tomado la molestia de ir por ella y de igual manera dejarla en la puerta de su casa - y el señor Aleksander- pregunto al chófer pero este se mantuvo en silencio con la mirada fija en el camino - si ya se, si eres parte del círculo de Aleksander es obvio que también te exige que te mantengas callado, al parecer estar callado es lo mejor que puedes hacer si estás cerca de el- suspira pesadamente- pero conmigo es diferente conmigo si puedes hablar, es más podrías decirme tu nombre, te he visto por más de tres meses y aún no sé cómo te llamas-pero por más que Ana insista la única respuesta que recibía era un silencio absoluto así que 20 minutos más tarde finalmente Ana se dió por vencida y cerró la boca hundiendo el auto en un silencio sepulcral. Cuando el auto se detuvo, Ana no reconoció el lugar, era una mansión enorme en las afueras de San Petersburgo, rodeada por árboles desnudos y nieve sucia, dos perros mastines dormían en la entrada, junto a una puerta de madera oscura tallada con figuras bizantinas, el chofer no le abrió la puerta esta vez pero unos segundos antes de que Ana se bajara del auto el chófer estiró su mano y le entrego una tarjeta que solo tenía un número de teléfono - soy Many guárdala bien, no la vayas a perder y solo usela en casos de emergencia- ella sonrio cálidamente y con gratitud, descendió sola, Many desapareció dejando el motor encendido lo que hizo que los nervios de Ana estuvieran alerta por lo extraño de la situación Aleksander apareció desde el interior, con una copa en la mano y el mismo porte que intimidaba a todos. —No digas una palabra —repitió al verla—. Sólo sonríe. Ana asintió. La noche transcurrió como una escena de película de Kubrick: luces tenues, música de violonchelo, hombres de trajes oscuros y relojes de bolsillo, mujeres de mirada vacía y vestidos similares al de Ana elegantes, sensuales, costosos pero había algo extraño en la atmósfera, no era solo lujo, era poder, crudo, áspero, y sin moral. Aleksander la mantuvo cerca, no por cariño, sino como se mantiene a una pieza clave sobre el tablero, a su lado, Ana empezaba a entender lo que significaba realmente pertenecer a ese mundo: no era cuestión de encajar, sino de saber cuándo callar. —¿Ves al viejo de barba blanca junto al piano? —susurró Aleksander mientras la guiaba por una galería decorada con arte ruso del siglo XVIII— Ese bastardo le dio una paliza a su nieto por haber perdido un maletín con dinero en los años noventa, le rompió la clavícula y hoy lo aplauden como si fuera un mecenas. —¿Y por qué estamos aquí? —preguntó Ana en voz baja. Aleksander la miró con frialdad. —Porque quiero que veas de cerca lo que tendrás que soportar si decides seguir a mi lado. Ana se quedó callada. Más tarde esa noche, cuando la fiesta estaba muriendo y el alcohol comenzaba a hacer que las lenguas se soltaran, Aleksander bebía solo en el balcón trasero, con la vista fija en el bosque que se abría tras la mansión, Ana lo siguió, sin que él se lo pidiera. —No deberías estar aquí —dijo él sin girarse. —Tampoco deberías tú —respondió ella, sorprendida por su propio atrevimiento. Él soltó una carcajada breve, seca, como si la hubiera escupido. —¿Crees que me parezco a ellos? —preguntó, señalando hacia la sala llena de figuras poderosas. - si- Aleksander levanto las cejas sorprendido- pero desearía que no- en los labios de Aleksander se dibujo una sonrisa siniestra - desearías que no, desearías que no- repitió gritando- y que Ana crees que te hubieras fijado en mi si fuera un simple repartidor o un cajero, Ana tu jamás hubieras clavado tus garras en mi si no fuera lo que soy- Ana apretó sus dientes - tu, tu no sabes nada de mi, no sabes quién soy no sabes lo que soy- - porque tú no me lo permites- replico - quieres saber lo que soy- - si- - en verdad quieres saber lo que soy- repite con un tono de voz que hace que la piel de Ana se erice, su instinto le gritaba que corra pero apretó sus puños y se mantuvo firme —ok te diré quien fui- se bebé hasta la última gota de vino de su copa y la arroja con toda sus fuerzas contra el suelo- Cuando tenía siete años —comenzó Aleksander— mi madre me obligaba a mendigar en las calles de Moscú me hacía mostrar los moretones bajo la ropa para que los transeúntes tuvieran lástima, yo era flaco, feo y tenía hambre, todos los días, si no traía suficiente dinero a casa, no comía, y si lloraba, me encerraban en un armario y no me sacaba de ahí aunque le llorara o le suplicará que me sacara Ana sintió que la nieve en sus pestañas pesaba el doble. —¿Y tu padre? pregunto con la voz quebrada Aleksander la miró a la cara por primera vez esa noche en sus ojos, por un segundo, no hubo frialdad, solo un vacío lleno de escombros. —Nunca lo conocí pero escuchaba cómo mi madre lo maldecía todas las noches entre borracheras, ecía que él la había dejado por una mujer de clase, que yo era su castigo por haber amado a un hombre que nunca la amó- Ana en ese momento aún no comprendía porque, pero esa frase la golpeó en lo más profundo de su ser- Un día se colgó en el baño, me dejó una nota que decía: “ahora podrás salir del armario”. —Aleksander… yo… Él alzó la mano para detenerla, no quería consuelo no buscaba piedad y menos de ella —Lo digo para que entiendas algo, Ana. El lujo, la ropa, el poder... todo eso no lo tengo porque me guste, lo tengo porque me niego a volver a ser ese niño que dormía con cucarachas, no nací para ser víctima, prefiero ser el lobo que el cordero y me mantendré así sea como sea sacrifique lo que tenga que sacrificar - hasta tu alma- Aleksander sonrie- eso fue lo primero que entregué y lo hice con gusto- Un silencio denso se instaló entre ambos. —¿Y qué soy yo en tu historia? —preguntó Ana con voz suave. Aleksander caminó hacia ella, se detuvo tan cerca que Ana pudo contar los latidos de su corazón acelerado. —De alguna manera extraña y retorcida eres un espejo, me recuerdas lo que fui y lo que me niego a volver a ser, pero también eres útil... por ahora.- añadió Esa frase la desgarró más que cualquier bofetada pero Ana de alguna manera enfermiza se sentía especial, ella tenía en su mente que Aleksander jamás le contaría eso a nadie y que por alguna razón el lo hizo con ella, sentía que el la había elegido Los días siguientes se volvieron una mezcla de fascinación y sumisión, Ana empezó a recibir clases privadas de etiqueta, lenguaje corporal, incluso economía básica, Aleksander la instruía como si fuera una inversión a largo plazo, nunca hubo caricias, nunca ternura, solo exigencias, perfección, control. Una tarde, Aleksander la llevó a un club privado de ajedrez donde se reunían ministros y jueces retirados, mientras jugaban, él le dictaba frases que debía memorizar, ideas que la harían sonar culta, elegante, cada partida era una lección disfrazada de conversación. —Nunca muestres tu jugada, solo hazla —le decía mientras movía la torre y derribaba al rey blanco. Esa noche, de regreso al departamento, Ana se atrevió a preguntar algo que llevaba días en la garganta. —¿Aleksander, y si un día dejo de ser útil? Aleksander la miró de reojo, sin detener el auto. —Entonces me aseguraré de que te vayas con algo que contar... pero sin nada que reclamar. Ella no insistió no sabía cómo interpretar esa frase que hizo que se estremeciera Una noche particularmente fría, Ana despertó en su habitación con una sensación extraña, el teléfono vibró, un mensaje de Aleksander: "Ven... No preguntes, calle 13, edificio abandonado, sótano."
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