el precio de quedarse

1669 Words
Ana se vistió temblando, cuando llegó al lugar, un edificio a medio caer en una zona industrial de San Petersburgo, bajó al sótano siguiendo el eco de pasos apagados, allí lo encontró, Aleksander estaba en medio de la habitación, con una caja metálica a sus pies, una lámpara desnuda colgaba del techo, el estaba sin abrigo, con los ojos rojos, sin hablar. —¿Qué es esto? —preguntó Ana. Aleksander se inclinó y abrió la caja, dentro había fotos viejas, cuadernos rotos, una pequeña muñeca de trapo. —Aquí viví... —dijo sin emoción— aquí dormí... lloré... sangré. Ana se acercó, conmovida. —Aleksander... Él la miró, y su voz tembló por primera vez. —Una parte de mí murió aquí y no pienso dejar que vuelva a despertar. Ana se quedó a su lado en silencio por primera vez, él no le dijo qué hacer y por primera vez, ella no se sintió usada se sintió elegida, aunque fuera por un instante fugaz, en medio de la ruina. Cuando salieron del edificio, Aleksander no soltó su mano. Y Ana, contra todo instinto, contra toda lógica, decidió no soltar la de el ----- unas semanas después las luces de la ciudad se desvanecían lentamente por la ventanilla del auto, Ana no sabía a dónde iban Aleksander tampoco se había molestado en decírselo, solo recibió un mensaje escueto que decía: A las 6 de la tarde. “Póntelo. No hagas preguntas.” Y junto al mensaje, un vestido rojo carmesí que apenas cubría lo necesario, un abrigo delgado y un par de tacones altos que desafiaban la lógica para caminar. Durante el trayecto, Aleksander no pronunció palabra, iba serio, con la mandíbula apretada, una tensión invisible latiendo en el aire, Ana tampoco habló, había aprendido que el silencio, en su mundo, era a veces la única forma de sobrevivir, también se acostumbro a valorar y aferrarse a los casi inexistentes rasgos de humanidad de Aleksander Pasaron por barrios alejados, zonas industriales y caminos que se estrechaban cada vez más, finalmente, tras casi una hora de viaje, el auto se detuvo frente a un edificio anodino, sin ventanas, con una puerta metálica custodiada por dos hombres corpulentos vestidos de n***o. Ana sintió un escalofrío, no era miedo, era intuición algo estaba mal. —Quédate cerca de mí y no abras la boca —ordenó Aleksander con frialdad mientras descendía del vehículo. Ella como siempre asintió sin hablar, al ingresar, un fuerte olor a humedad y cigarro viejo la golpeó, las luces eran tenues, las paredes grises, y a lo lejos se oían voces en ruso, graves, apresuradas. En una sala al fondo, varios hombres discutían alrededor de una mesa repleta de maletines, documentos, botellas de vodka... y armas. Ana sintió que el corazón se le caía al suelo, miró de reojo a Aleksander, esperando alguna señal, una explicación, algo que calmara el torbellino que comenzaba a girar dentro de su pecho, pero Aleksander no hizo nada por disimular, saludó a varios de los presentes con apretón de manos, besos en la mejilla, incluso bromas en voz baja. Uno de ellos, un hombre calvo con una cicatriz en el cuello, la miró con curiosidad. —¿Y esta belleza? ¿Es nueva mercancía o solo adorno? —preguntó con una carcajada gutural. Ana sintió que las piernas le temblaban. Aleksander sonrió sin gracia. —Es mía —respondió seco. —¿Tú no solías decir que no se mezclaba el trabajo con el placer? —añadió otro, con una risa maliciosa. Aleksander se giró a mirarla, por un instante, sus ojos grises fueron más crueles que nunca. —Tal vez me estoy ablandando —dijo, casi con desprecio. Ana comprendió que estaba allí como una prueba, como parte del juego, como carne fresca en medio de lobos hambrientos, sintió náuseas, pero se mantuvo firme, fingió no escuchar, fingió no sentir. Las conversaciones continuaron durante horas, dinero, rutas, sobornos, nombres de hombres con los que Aleksander varias veces se reunió y ceno, Ana no entendía todo, pero las piezas comenzaban a encajar, Aleksander no era un empresario sofisticado ni un simple heredero de fortuna, era algo mucho más oscuro, más peligroso Y ella estaba metida hasta el cuello Ana veía el contraste de la presencia y apariencia de aquellos hombres con la de Aleksander y no comprendía como es que el encajaba ahí perfectamente al igual que encajaba entre ministros y empresarios justo en ese instante Ana comprendió que Aleksander tampoco era un simple y vulgar ladrón que de alguna manera Aleksander consiguió ser aceptado, respetado y temido en la alta sociedad como en el bajo mundo Pasada la medianoche, Aleksander salió del lugar abruptamente, Ana lo siguió, apresurando el paso para no quedarse atrás, el aire afuera era cortante, las luces de la ciudad habían quedado muy atrás, estaban rodeados de silencio y nieve. —¿Qué es este lugar? —preguntó Ana, con voz temblorosa. Aleksander no respondió. —¿Es esto lo que haces? ¿Esto es lo que realmente eres? —Te dije que no hicieras preguntas —gruñó él mientras encendía un cigarrillo. —Tú dijiste que querías que aprendiera a vivir entre lobos... pero no me dijiste que tú eras el lobo más grande de todos —replicó Ana con valentía, aunque en su interior temblaba. Aleksander se detuvo, la miró como si estuviera viendo a través de ella, el humo del cigarro dibujaba espirales entre ambos. —¿Y qué esperabas, Ana? ¿Un príncipe con traje de Armani? —espetó con dureza—. Esto es lo que soy, lo que siempre fui, lo que aprendí a ser para no volver a dormir entre ratas. —No tienes que tratarme como si fuera basura o una tonta entiendo perfectamente lo que haces y lo que eres—dijo ella, sintiendo cómo se le quebraba la voz. - tu no entiendes nada- grito- tu no me conoces tu no sabes nada de mi, tu solo sabes lo que quiero que sepas, nunca te pusiste a pensar que talvez todo lo que te he dicho es una mentira- Ana levanta sus cejas- nunca te pusiste a pensar que talvez la historia del pobre niño que dormía entre ratas todo fue una inversión mia para controlarte y manipularte a mi voluntad- Ana niega con la cabeza incrédula- y dices que no eres una tonta- bufa con crueldad- Ana estás completamente confundida aquí yo no soy el príncipe que llegó a rescatarte de tu miserable vida y mucho menos eres tú la que llegó a salvarme, aquí yo soy el villano, el mounstro que te destrozara la vida si me place, aquí no hay un "y vivieron felices para siempre" porque esto no es un cuento de hadas, está es una pesadilla en la que voluntariamente decidiste entrar Aleksander se giró hacia el auto, lo abrió... y luego la miró con una mezcla de rabia contenida y desdén. —No te subirás. —¿Qué? —Dije que no te vas a subir al maldito auto. Ana lo miró atónita, sin comprender. —¿Aleksander, estás bromeando? —No. Estoy muy lejos de estar de humor para bromas —escupió las palabras—. Quédate aquí, toma un taxi, camina, haz lo que te dé la gana, pero no te subes conmigo. —¿Por qué, como puedes ser tan miserable por qué me tratas de esa manera?- Aleksander la miró con esa expresión que ya conocía: fría, devastadora, como si ella no significara nada. —Porque no sé si tú estás aquí por mí... o por lo que crees que puedes conseguir de mí. —¿Estás diciendo que te estoy usando? —preguntó Ana, con la voz ahogada. —Lo que estoy diciendo —gruñó él, aplastando su cigarro en la nieve— es que tienes ese brillo en los ojos que he visto demasiadas veces, el brillo de la ambición, de la desesperación disfrazada de cariño ,no me jodas Ana ,tú no me sigues porque me deseas, me sigues porque piensas que soy tu boleto de salida y eso me repugna se que la noche que te conocí si no era yo hubiera sido cualquier otro al que te lo pudieras tirar y amarrar Ana dio un paso hacia el, su labio inferior temblaba. —¿Y tú no me estás usando también? ¿O crees que no me doy cuenta? ¿Crees que no noto cómo me vistes, cómo me exhibes, cómo callas mi voz? ¿Crees que soy tan estúpida? Aleksander no respondió solo la observó por primera vez, no parecía tener una respuesta calculada. —Sí, estoy rota y sí quise salir de la miseria, pero no soy una mentirosa, ni una prostituta Aleksander, no te besé aquella noche porque necesitara algo de ti, lo hice porque quería sentir algo real, algo que no doliera tanto. Él bajó la mirada por un segundo. —Demasiado tarde —susurró. Luego subió al auto y arrancó sin decir más, Ana corrió detrás durante unos pasos, pero el auto desapareció entre la bruma , el viento helado la azotó como una bofetada. Estaba sola en mitad de la noche, en medio de la nada. --- Caminar fue una tortura, los tacones se rompieron, sus pies se llenaron de nieve, sus manos temblaban tanto que le costaba marcar en su celular, no había señal, tampoco taxis, solo oscuridad y un frío que calaba hasta los huesos. Ana llegó a una gasolinera a las afueras de la carretera horas después, entró, tiritando, con los labios morados y la ropa hecha un desastre, el encargado, un hombre mayor con cara de asombro, le ofreció una manta sin preguntar nada, ella no dijo nada, solo se sentó en una silla metálica, con los ojos perdidos en el suelo, sintiéndose más sola que nunca. Pero no lloró no derramó una sola lágrima. Porque algo dentro de ella, una voz muy baja, susurraba que esto no era el final. ---
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