Es una agradable mañana. Me estiro entre esas suaves y caras sábanas que cubren parte de mi perfecto cuerpo, después veo hacia la gran ventana; aprecio esa hermosa vista del frondoso jardín que me regala y que adorna la parte delantera de la mansión.
Me encuentro sola en la recámara, mi prometido seguramente ya se ha ido a trabajar, así que me dispongo a levantarme y voy directo al baño que se encuentra dentro de la recámara. Camino con mi andar provocativo, me gusta exagerar mis movimientos, me gusta ser el centro de atención y me gusta ser malditamente ardiente. «¡Por supuesto!»
Siento como deslizo mis pies entre la alfombra áspera, algo que me molesta, pero no le tomo importancia, pues el idiota de Mark la ha comprado en una subasta y le costó demasiado dinero.
Llego al baño, y como debía esperar, el jacuzzi está listo; me gusta que mis empleados tengan preparado todo antes, me gusta que se anticipen a lo que quiero, así yo no tengo que esperar ni molestarme por la incompetencia de la servidumbre.
Me deslizo lentamente mis bragas, que es la única prenda que portaba, pues así me gusta dormir a lado de mi prometido. A él vuelve loco todo de mí; en la noche tuvimos sexo en todas las malditas posiciones que puedan existir, y vaya que me hizo mojarme como nunca.
Entro por fin a la calidez del agua, las burbujas que se producen me hacen relajarme aún más, es como si fuera un agradable y excitante masaje.
Acaricio mis senos humedeciendo más mi piel, con mis dedos aprieto mis pezones excitándome un poco, después bajo mi mano derecha lentamente haciendo un recorrido por mi abdomen, vientre y pubis. Doy un gemido por lo que vendrá y llego hasta mi sexo, meto mi dedo índice para llenarme de ese lubricante y después regreso a mi clítoris; me masajeo aumentando la intensidad, cierro mis ojos disfrutando el momento, después meto tres dedos a mi v****a para aumentar el placer.
Gemido tras gemido salen de mí. Aumento mi respiración mientras contraigo mi cuerpo por la sensación placentera, y al final grito de placer. «No hay nada mejor como un muy buen orgasmo matutino». Pienso, mientras casi puedo imaginar a las sirvientas murmurando con esas caras de mojigatas.
***
Después de tres horas de bañarme, elegir mi vestuario, maquillarme y peinarme, me dispongo a bajar. Camino por los pasillos, doy un último vistazo a mi apariencia por uno de los grandes espejos que adornan la casa; mi larga cabellera rubia cae como una cascada en mi espalda, mis ojos verdes con ese delineador n***o le dan un apariencia felina pero sexi; mi gran escote en la parte de la espalda deja ver una perfecta curvatura de mi cintura, mis pechos están libres de sostenes, así que mis pezones se hacen presentes a través de la delgada tela del mini vestido color rojo que porto, y mis largas pero bien torneadas piernas dejan ver las horas que paso en el gimnasio, aunque esas zapatillas de 15 centímetros ayudan también a que se pronuncien los muslos al igual que mis pantorrillas.
—Disculpe, señorita— escucho decir a una empleada, con un tono de voz un poco tímido.
Giro molesta a verla y ruedo los ojos, — ¿Qué quieres?— le pregunto, sin ocultar mi desagrado mientras observo mi manicure. «Creo que necesito ir a retocar mis uñas». Pienso y después me dispongo a caminar.
—Pero, señorita— me vuelve a interrumpir mi camino la criada.
— ¿Qué es lo que quieres?— le clavo la mirada mientras posiciono mi mano izquierda en mi cintura haciendo un ademan de molestia.
—Lo que pasa es que no me dijo si desayunaría lo que el señor pidió para usted— dice, la estúpida con su cara de mojigata.
— ¿Acaso me preguntaste eso?— le digo y alzo la ceja.
—Si— lo dice en un susurro y baja su mirada, ella sabe que no debe molestarme, aunque probablemente sí me lo haya preguntado, pero como siempre, no les tomo atención a las personas tan simples como lo es ella.
—Mejor déjame en paz— contesto, saliendo de ahí rápidamente. «Tuvo suerte la estúpida, pues tengo que llegar a una cita, sino la hubiera reprendido y hasta corrido».
Llego a la entrada de la mansión y mi auto ya se encuentra ahí, es un Aston Martín Vanquish en color blanco, fue un regalo de mi prometido Mark el día de mi cumpleaños número 21, que es la edad que tengo ahora. A Mark lo conocí cuando tenía 19 años, empezaba apenas la universidad, lo conocí en una discoteca. Esa misma noche tuvimos sexo, desde ahí jamás se ha separado de mí, me propuso irme a vivir con él y yo obviamente acepté, estaba harta de la universidad, de mis padres, de mi situación económica precaria y de tener que lidiar con los problemas de una estudiante pobre. Y sin más me fui de la casa de mi padre y mi madrastra.
Soy hija única, así que les dolió que hiciera eso, pero si ellos no me darían lo que merezco, aunque sea debieron aceptar la oportunidad que se me estaba presentando. Me peleé con ellos desde esa vez y no he vuelto a hablarles, no los necesito, así soy feliz, no tengo que rendirle cuentas a nadie, Mark me deja ser libre y yo aprovecho cada instante.
Voy conduciendo por las calles de Nueva York, manejo sin precaución, no me importa si alguien se atraviesa «pobres, no les pagaré ningún daño que les provoque», mi novio es muy poderoso y siempre me saca de los problemas. Mark es un empresario muy importante en esta ciudad, tiene una empresa llamada Industrias Syrah, que trata sobre vinos. La última fusión que tuvo para aumentar nuestro dinero fue con su primo Jayson Smith y su amigo Fernando Caffarelli, de este último no he tenido la fortuna de conocerlo, se trata de un Italiano muy adinerado y siempre está ocupado, inclusive para sus amistades, si sé de él es por los negocios que ha hecho últimamente con mi prometido.
Llego a un punto donde hay tráfico y suspiro para relajarme, estoy harta de esta estúpida ciudad, ya quiero casarme e irme a vivir a París, eso es lo que me prometió Mark; él manejaría todo sus asuntos desde allá y de vez en cuando viajaría hasta aquí.
Después de 30 minutos por fin llego a mi cita, entro a un complejo de departamentos de lujo, estaciono el auto y me dispongo a caminar al elevador. Oprimo el número del pent-house y espero.
Me siento emocionada, ya quiero llegar y sentir ese cálido abrazo.
Cuando por fin llego, se abren las puertas metálicas y salgo.
— ¡Liam, he llegado!— aviso y coloco mi bolso en la mesa de entrada.
De pronto veo que se acerca Liam, sólo trae una pequeña toalla cubriendo sus partes, dejando ver su d*****o y musculoso torso, me dirige una sonrisa mostrando sus perfectos y alineados dientes. Sonrió como tonta ante ese gesto.
—Te extrañé, Olivia— dice, ese bombón tomándome por los muslos y levantando mi cuerpo, yo enredo mis piernas alrededor de su cintura, puedo sentir ya crecido su m*****o, lo que hace que me moje.
Nos dirigimos rápidamente a la alcoba, nos besamos apasionadamente, él juega con mi lengua como si danzaran, es hábil, me consta, pues a la hora de hacerme el sexo oral es todo un experto.
Llegamos a la alcoba y nos dejamos llevar.
Es sexo tras sexo, gimo como nunca, aunque Mark es bueno, Liam lo superaba por mucho, por eso no pienso deshacerme de mi amante después de la boda, de hecho pienso llevarlo a París y tenerlo viviendo en un lujoso apartamento como este que yo también lo pago por supuesto.
La ventaja de tener dinero es que puedes obtener a personas tan excitantes y bellas a tu disposición.
Y sí, Liam es mi amante, un amante que no pienso dejar por nada, pues él me entiende y me llena en todos los sentidos. No se puede tener todo, pero yo soy la excepción, pues tengo el dinero de Mark y al hombre que me lo hace, ¡el dios griego Liam!
Lo sé, soy una zorra, pero una zorra con suerte.
***
Habían pasado dos semanas y se llegó el día más esperado, hoy me caso con Mark, mis padres no asistirán a la boda, pero eso no me preocupa, sólo quiero ya casarme.
Me encuentro en la entrada de donde será la ceremonia, unas dulces niñas agarran la cola del vestido, «mi hermoso vestido de diseñador», las damas se posan enfrente de mí, portan unos vestidos color coral, en sus manos sujetan unos ramos pequeños con diferentes flores.
Se abren las puertas, es hora de entrar, suspiro y doy un paso. Veo en el suelo los pétalos de rosas blancos esparcidos por el camino; la decoración de naturaleza hace que este sitio parezca un bosque de hadas. Todo es tan perfecto, no puedo pedir más... bueno sí, pero poco a poco.
Las miradas de los invitados se posan en mí, sobre todo las de las chicas estúpidas y horribles que no pudieron atrapar a Mark. «Idiotas».
Sonrío internamente, toda mi vida parece un cuento, es todo hermoso, tan perfecto, porque poseo lo que quiero, sabía que algún día obtendría lo que merezco y ese día ha llegado.
Llego al altar, Mark se ve guapísimo, sonríe y eso me hace sonreír. A pesar de que tengo a Liam, le tengo un profundo cariño a Mark.
El sacerdote se dispone a hablar, pero enseguida Mark lo interrumpe, yo lo veo confundida, giro mis ojos discretamente para ver a la m******d que nos observa expectante.
— ¿Qué pasa, Mark?— pregunto entre dientes y con una sonrisa fingida. «¿Será que me dará alguna sorpresa?» Pienso emocionada, pues probablemente será algo costoso. ¡Lo adoro!
—Gracias por abrirme los ojos, maldita p***a— me lo dice calmado pero con furia en sus palabras, yo me quedo boquiabierta, sin poder creer lo que está pasando. ¿Acaso escuché bien?
—Eres un idio...
Estoy furiosa, pero antes de que pueda contraatacar me interrumpe.
— ¡Cállate, r****a! ¡Ahora sí sé el centro de atención, arréglatelas para despedir de la ceremonia a todos los invitados!— grita y apunta con su brazo a las personas que ya empiezan a susurrar con sus caras curiosas.
Lo tomo del rostro acunándolo entre mis manos. Debo cambiar la táctica y tranquilizarme. —Mark— le digo con súplica, tristeza y vergüenza.
Él quita mis manos con un golpe por parte de su gran mano y me quedo sorprendida.
—¡No me toques, basura!— espeta molesto y enseguida sale corriendo del lugar.
— ¡Mark, Mark!— grito desesperada, esperando que regrese y me pida perdón, pues ni siquiera sé que ha pasado.
Pero unas risas de burla se escuchan inundando el lugar, volteo a ver y son esas estúpidas, las que me envidiaban porque yo tenía a Mark, ahora se están mofando de mi desgracia.
¡Aaahrr! ¡Las odio!
Salgo corriendo entre risas y señalamientos por parte de los invitados.
¡Es la peor vergüenza que me haya sucedido en mi vida!
No puede estar pasándome esto a mí, m*****o Mark.
***
Llego a casa en un taxi que ni siquiera pagué, entro y Mark me espera sentado en su despacho, lo miro dolida, me acerco, pero él me empuja y me dice que me largue.
—¡Maldita puta, me estuviste engañando todo este tiempo, pero ahora te largas de mi casa!— dice recalcando el "mi", pues en realidad todo lo que hay aquí es de él, —No te llevarás nada, te irás como llegaste, sin nada, porque no eres nadie, ¡Lárgate!
Corro directo a la recámara, busco algo de ropa y la meto a un bolso grande, sé que esta vez habla en serio, así que no haré más el ridículo de ir caminando por la calle vestida de novia.
— ¡Te dije que te largarás!— escucho como su voz se va acercando.
Me apresuro a tomar mis cosas rápido, empaco ropa, zapatos, maquillaje, algunos accesorios. Ni siquiera sé qué demonios voy a hacer...
Veo que se abre la puerta de la recámara y corro a cerrarla, pero él la empuja haciéndome caer, — ¡Idiota!— le grito, pero él no se detiene y me toma del cuello.
—¡Vete p***a, te regalo esas cosas que pensabas robarte!
Me indigna lo que ha dicho, pero me indigna más su actitud. «¿Dónde quedó ese hombre gentil y amoroso?». Me empuja soltando mi cuello, veo que tiene una mirada irreconocible; dolor y coraje es lo que refleja.
Salgo despavorida, corro por el jardín que siempre veo al amanecer.
No me detengo, escucho un balazo y volteo rápidamente. Mark trae en sus manos la escopeta que compró en una de las subastas.
No puedo créelo, ¿pensara matarme? Tengo que seguir corriendo, y lo hago, corro hasta la calle y sigo corriendo. Mis pulmones se queman por el frío aire, pero no importa, me he caído un par de veces y mis rodillas sangran, pero no importa, porque si Mark me atrapa me asesinará.
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