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HE VENIDO POR MI ESPOSA

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Blurb

Una familia noble caída en desgracia, desplazada a las afueras y obligada a vivir aislada, lejos del bullicio de la capital.

Sin poder ni influencia, se ve acorralada por una decisión unilateral que jamás aceptó.

Su única hija parte obedeciendo una orden, con la esperanza de buscar la reconciliación y hablar directamente con el gobernante.

Pero antes de que siquiera tenga la oportunidad de decir una palabra, un gobernante aún más poderoso dicta una nueva orden...

La joven queda unida en matrimonio con un hombre al que nunca había conocido.

No le queda más opción que aceptar su nueva realidad.

Se adapta.

Con el paso del tiempo, su carácter es reconocido, pero ella sigue siendo objeto de dudas, porque su apariencia y los datos registrados en los documentos demuestran claramente que no se trata de la misma persona.

Los malentendidos surgen en ambos lados.

La joven y su esposo.

Ambos interpretan mal la situación.

Cuando el conflicto ya ha alcanzado su punto más alto...

La esposa se ha ido.

Solo entonces el esposo comprende que ambos estaban equivocados.

Pero...

Por más que busca a su esposa, no logra encontrarla.

En ninguna parte.

Tres años después, por fin llega una buena noticia.

El esposo, que nunca perdió la paciencia ni dejó de buscar, recupera una vez más la esperanza.

Esta vez debe presentarse de la manera correcta.

Como un hombre que desea ganarse la confianza de la única mujer con la que quiere compartir el resto de su vida.

Simplemente como un hombre que quiere conquistar el corazón de una mujer sin apoyarse en ningún poder ni autoridad.

¿Será capaz de recuperar el corazón de una mujer que ha sido profundamente herida y que ha cerrado su corazón para cualquiera?

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Duelo
Capítulo 001: Duelo La majestuosa alcoba se sentía ahora sofocante. En medio de aquel lujo, Atthy permanecía inmóvil sentada al borde de la cama. Sus ojos estaban muy abiertos, intentando asimilar cada palabra que acababa de salir de los labios de su esposo. El duque Hugh Griffith—el hombre que se suponía debía ser su protector y compañero de vida—permanecía de pie junto a la cama con total tranquilidad. Mientras recogía la ropa esparcida por el suelo, lanzó unas palabras que se clavaron en ella sin el menor titubeo. —No eres más que una mujer estúpida. Te valoras demasiado. Para mí, no eres mejor que esas mujeres que mendigan la atención de los hombres en la calle por una bolsa de dinero. La voz de Hugh era plana. No había ira. No había remordimiento. Solo desprecio. El cuerpo de Atthy tembló. Sintió como si una espada invisible le atravesara el pecho. Quería gritar. Quería responder. Quería enfrentarlo. Pero su razón la obligó a permanecer en silencio. Era su matrimonio. Aunque solo existiera sobre el papel. Su familia había depositado grandes esperanzas en ella. No podía destruirlo todo. Pero aquella primera noche no se parecía en absoluto a lo que cualquier muchacha hubiera imaginado. —¿Ya estás satisfecha después de acostarte conmigo? —preguntó Hugh con sarcasmo. La miró como si fuera un objeto que ni siquiera mereciera ser valorado. Detrás de aquellos ojos arrogantes apareció por un instante una leve vacilación antes de quedar nuevamente oculta bajo su fría actitud. —¿Satisfecha? —La voz de Atthy seguía temblando, aunque poco a poco ganó firmeza—. ¿De verdad crees que este matrimonio solo trata de ambición y falsedad? ¿Que solo sirvo como una herramienta para reafirmar tu posición? Hugh frunció el ceño. —Solo quiero dejar clara tu posición, Athaleyah Galina. Recuerda de dónde vienes. No permitas que el título de «Duquesa» sobre el papel te haga olvidar que no eres más que una pieza de ajedrez en este gran juego. La mirada de Atthy se volvió afilada. —¿Mi posición? ¿Quieres decir que no soy más que una «duquesa sobre el papel»? Su Excelencia, el duque Hugh Griffith, no soy una marioneta con la que puedas jugar a tu antojo. Tengo dignidad y no seguiré soportando tus humillaciones. El silencio envolvió la habitación. De pronto, el lujo de aquel dormitorio se sintió helado. La ropa esparcida por el suelo parecía ser la silenciosa testigo de la disputa entre dos personas atrapadas en un matrimonio político. En medio de toda aquella opulencia, Atthy solo sentía una cosa. Soledad. —¿Crees que, por haberte acostado conmigo, puedes dominarme? Mujer... Yo, el duque Griffith, no soy un hombre al que puedas manipular solo porque ya haya disfrutado de tu cuerpo. —La voz de Hugh se volvió aún más cortante—. Puedo conseguir fácilmente a mujeres como tú en la calle. ¿Y tú? No eres más que una de ellas. Atthy se mordió el labio para contener las lágrimas. Sin embargo, entre los restos de su orgullo comenzó a brotar el valor. —¿Por qué tienes que decirme esas cosas? ¿En mi primera noche como tu esposa? ¿Eso es lo que consideras apropiado? Han pasado tres meses desde nuestro matrimonio y apenas has reconocido mi existencia. ¿Todo esto no es más que un juego para reafirmar tu poder? Hugh guardó silencio por un momento. Una sombra de duda cruzó fugazmente su rostro antes de ser devorada otra vez por su expresión fría. —Quiero que entiendas, Athaleyah. Quiero que seas consciente de tu posición para que no te dejes deslumbrar por ese título vacío. Te estoy dando la oportunidad de reconocer quién eres en realidad. ¿Cuál es tu ambición? La ira de Atthy finalmente estalló. —¡¿Acaso está mal que mi ambición sea conquistar el corazón de mi esposo?! ¿Así que para ti solo soy una herramienta dentro de tu juego? ¿Que mi existencia y mis sentimientos no significan absolutamente nada? Estoy cansada de soportar todas estas humillaciones. Y esta noche no volveré a callarme. Los ojos de Hugh se entrecerraron. Por un instante, el valor de Atthy realmente lo sacudió. —¿Vas a seguir discutiendo conmigo? En ese caso, ¿estás preparada para abandonar un matrimonio que, al menos, te ha dado poder y posición? Atthy dio un paso al frente. Su mirada era tan afilada como el filo de una espada. —Sé lo que quiero. Quiero decidir mi propio camino. Vivir según mis propios deseos, no según tus ambiciones ni tus reglas políticas. No sacrificaré mi dignidad por la falsa ambición de la que tanto te enorgulleces. Hugh volvió a quedarse en silencio. Luego habló con voz ronca. —Athaleyah Galina... lo que acabas de decir contradice todo lo que siempre he creído saber sobre ti. Pero te daré una elección. Ya he escuchado suficiente sobre tus deseos. Eres libre de marcharte. No hace falta que uses al Rey como excusa. Con mi autoridad, me aseguraré de que no tengas ningún problema ahí fuera. —Iréme —respondió Atthy con firmeza, aunque su voz seguía temblando—. Pero debes prometerme una cosa. No molestes a mi familia. No les hagas daño. Déjalos vivir en paz. He elegido este camino no para herir a nadie, sino por la tranquilidad de mi familia. Hugh quedó inmóvil. Durante un instante, una sombra de arrepentimiento apareció tras su arrogante semblante. Solo por un instante. Su orgullo volvió a ahogarlo todo. —De verdad eres muy terca —murmuró en voz baja. —Así es. —La mirada de Atthy no vaciló—. Y precisamente este valor es lo que me impedirá seguir viviendo bajo tu sombra. No formaré parte de un juego de poder que destruya quién soy. Poco después, Atthy se dio la vuelta. Sentía la cabeza pesada. Pero su deseo de marcharse era mucho más fuerte que el de quedarse. Hugh solo contempló la espalda de aquella mujer. Por alguna razón, sintió que algo desaparecía de su interior. Cuando Atthy ya estaba cada vez más lejos, Hugh terminó llamándola con una voz mucho más suave. —Athaleyah... Atthy no respondió. Solo parpadeó lentamente. Hugh respiró hondo. —No te arrepientas. Una tenue sonrisa apareció en los labios de Atthy. Ni por un instante vaciló. —No te preocupes. —No lo haré. El orgullo de Hugh se negaba a admitir una cosa. Su intuición gritaba cada vez con más fuerza. Que quien terminaría arrepintiéndose no sería Atthy. Sino él mismo. Hugh abrió la puerta de su habitación con un movimiento tranquilo y controlado. Sin embargo, su mirada se volvió inmediatamente penetrante al ver a las tres doncellas personales de Atthy de pie frente a la puerta. Habían estado esperándolo. Las tres permanecían con la cabeza inclinada y las manos cruzadas frente al cuerpo, intentando aparentar obediencia. Sin embargo, su inquietud era demasiado evidente para ocultarla. —Buenos días, señor Hugh —saludó Stella, intentando sonreír aunque sus labios temblaban ligeramente. Hugh no respondió. Su mirada se volvió aún más aguda, como el filo de una espada, recorriendo sus rostros uno por uno. Stella bajó aún más la cabeza. Bella se mordió el labio, intentando contener su ansiedad. Rosa, la más joven, estuvo a punto de perder el equilibrio cuando sus rodillas comenzaron a flaquear. Silencio. La tensión resultaba asfixiante, como si el aire a su alrededor se hubiera vuelto mucho más pesado. —¿Hay algo que quieran decirme? La voz de Hugh sonó serena. Sin embargo, la presión que transmitía era tan intensa que les costaba respirar. Las tres se miraron entre sí. Ninguna se atrevía a hablar primero. —Nosotras... solo queríamos asegurarnos de si la duquesa necesitaba algo —dijo finalmente Bella. Una mentira. Demasiado bien preparada. Hugh soltó un leve suspiro. No tenía ningún interés en escuchar sus excusas. —Deberían saber... —Hugh hizo una breve pausa, dejando sus palabras suspendidas en el aire—... que no soy un hombre al que puedan engañar por segunda vez. Las tres se quedaron paralizadas. —Un error más... Hugh avanzó medio paso, suficiente para que ellas retrocedieran por reflejo. —...y no habrá una tercera oportunidad. Su mirada seguía siendo fría. No había una explosión de ira. Solo una decisión absoluta e incuestionable. En ese mismo instante, las tres comprendieron una cosa. Hugh Griffith no volvería a darles otra oportunidad. Sin esperar ninguna reacción, Hugh pasó junto a ellas como si ya no significaran absolutamente nada para él. Las tres doncellas permanecieron inmóviles, atrapadas en un miedo que ahora se sentía mucho más real que antes. —Mi señor, ¿hay algo que deba preparar? —preguntó Helena, la jefa de las doncellas, que acababa de llegar con paso apresurado. —Llama a Alwyn a mi despacho de inmediato. Y también al doctor Windfold. Pídele que examine su estado. Helena se sorprendió ligeramente. —¿Perdón, mi señor? —Ella... parece estar herida. No... está herida... ¡Olvídalo! ¡Ocúpate de ella! La voz de Hugh sonaba cada vez más tensa. Su expresión seguía siendo fría, pero Helena percibió algo extraño. Incomodidad. Helena frunció el ceño para sí. ¿Por qué aquel hombre tan frío como un glaciar parecía... avergonzado? Sin embargo, guardó su curiosidad. El profesionalismo seguía siendo su prioridad. —Sí, mi señor. Aunque respondió obedientemente, su mente estaba llena de interrogantes. Luego dirigió su atención hacia las tres doncellas personales de Atthy, que seguían de pie frente a la habitación con expresión inquieta. —¿Qué les ocurre? —¿Qué están ocultando para que solo puedan comunicarse con la mirada? Pero atender los asuntos de su señor era más urgente. —¿Qué están esperando? ¡Entren! En cuanto cruzaron la puerta, sus expresiones cambiaron por completo. Helena se quedó petrificada. Sus ojos se abrieron de par en par y, por reflejo, se llevó una mano a la boca. La habitación estaba hecha un desastre. Pero lo que realmente le oprimió el pecho fue el estado en que se encontraba Atthy. —¡Ah, duquesa! —exclamó mientras corría hacia ella—. ¿Qué ha pasado? Atthy la miró. Sus ojos estaban vacíos, pero seguían siendo firmes. Su rostro reflejaba una súplica silenciosa, como si pidiera ayuda sin pronunciar una sola palabra. Sin embargo, detrás de todo aquel dolor, su dignidad permanecía intacta. Helena lo sabía. Atthy no era una mujer que aceptara fácilmente la compasión. Precisamente por eso, verla en ese estado resultaba mucho más doloroso. —Duquesa, enseguida vo... —Helena —la interrumpió Atthy con voz ronca—. Déjame... Por favor, déjame sola. Helena guardó silencio. Aquella petición la tomó por sorpresa. Pero al ver lo frágil que parecía la duquesa, terminó asintiendo. Con el corazón encogido, abandonó la habitación. Las tres doncellas personales de Atthy salieron con ella. Sin embargo, había algo que seguía inquietándola. Las tres continuaban mostrando una evidente ansiedad. La tensión aún no había desaparecido de sus rostros. Había algo que no estaban diciendo. Aviso de Traducción Esta novela fue escrita originalmente en indonesio. No soy hablante nativo ni escritor profesional en español (ni en ningún otro idioma al que se traduzca esta obra). Para hacer esta historia accesible a los lectores internacionales, utilizo inteligencia artificial como apoyo durante todo el proceso de traducción. Sin embargo, cada traducción es revisada y refinada cuidadosamente por mí. Me esfuerzo por preservar el significado original, las emociones, los personajes, la identidad cultural y el estilo narrativo, procurando al mismo tiempo que el texto se lea de la forma más natural posible. Si encuentra alguna expresión poco natural o algún detalle de traducción, agradeceré sinceramente su comprensión y cualquier comentario constructivo. Mi objetivo es seguir mejorando la experiencia de lectura sin comprometer el alma de la obra original. Gracias por leer y apoyar mi trabajo. — BIUL

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