Entré a la cocina con el corazón medio acelerado. —¿Me cerró la puerta en la cara? Tiré los platos en el fregadero —¿Y a este qué le pasa?— solté en voz alta, mientras el agua empezaba a correr —¿Es loco o qué vaina le pasa, pues? El jabón hacía espuma y yo restregaba los corotos como si fueran culpables de todos mis males. El ruido del agua me calmaba un poco, pero no lo suficiente. De pronto sentí una presencia detrás de mí. Era mi abuela, silenciosa como un fantasma —Muchacha, ¿qué tienes, hija mía?— me dijo con esa voz que mezcla ternura y regaño —Abuela, es esto… todo esto— respondí, casi sin mirarla, mientras enjuagaba un plato —Ahora Abel, no sé qué le pasa. Antes era todo… —¿Todo qué?— preguntó ella, arqueando una ceja —Tú me entiendes, osea, era bien… y ahora pare

