Dos horas. Eso fue lo que tardé en llegar a la cabaña de la abuela. El camino se me hizo eterno, cada minuto me quemaba la piel, mi brazo palpitaba, primera vez que duró tanto en sanar, mi cabeza me duele es como si me recordara que ella estaba en peligro. Empujé la puerta con cuidado, sin hacer ruido. El silencio del lugar me envolvió, apenas se escuchaba el crujido de la madera bajo mis botas. Caminé despacio, cada paso era un peso en mi pecho. Abrí la puerta de su habitación. Mi corazón se aceleró más. Mi lobo no emitió ningún sonido. –Mi alma La vi. Dormía tranquila, respirando suave, con el rostro sereno. Sentí que mis rodillas no soportaban más y caí junto a su cama. Con manos temblorosas tomé la manta y la cubrí despacio, asegurándome de que no sintiera frío. Acerqué mi

