Noche

693 Words
Dos horas. Eso fue lo que tardé en llegar a la cabaña de la abuela. El camino se me hizo eterno, cada minuto me quemaba la piel, mi brazo palpitaba, primera vez que duró tanto en sanar, mi cabeza me duele es como si me recordara que ella estaba en peligro. Empujé la puerta con cuidado, sin hacer ruido. El silencio del lugar me envolvió, apenas se escuchaba el crujido de la madera bajo mis botas. Caminé despacio, cada paso era un peso en mi pecho. Abrí la puerta de su habitación. Mi corazón se aceleró más. Mi lobo no emitió ningún sonido. –Mi alma La vi. Dormía tranquila, respirando suave, con el rostro sereno. Sentí que mis rodillas no soportaban más y caí junto a su cama. Con manos temblorosas tomé la manta y la cubrí despacio, asegurándome de que no sintiera frío. Acerqué mi rostro, y sin pensarlo, besé su mano. El calor de su piel me atravesó, y entendí que Harica se había convertido en mi debilidad. En mi mundo, y en mi todo.. Levanté la mirada. Observé cada rincón de la habitación, los muebles sencillos, la luz tenue que entraba por la ventana, y sus cositas. Entonces mis ojos se detuvieron en un rincón. Las zapatillas de ballet. Viejas, gastadas. —Están rotas…— murmuré con voz baja, casi un suspiro. Me acerqué a su ropa doblada sobre la silla. La tomé entre mis manos, la acerqué a mi rostro y aspiré su aroma. Cerré mis ojos, una mueca de dolor se dibujó en mi cara. Era demasiado. Volví a su lado. —Shh Me acosté con cuidado, sin querer perturbar su sueño. La rodeé con mis brazos, la atraje hacia mí con suavidad. Mi nariz se hundió en su cuello, y allí encontré calma. La abracé, fuerte pero con ternura, como si pudiera protegerla de todo lo que me rodea. Revisé su cuerpo con la mirada, asegurándome de que estuviera bien, intacta, sin heridas. Silencio. —Mi bailarina.. HARICA Sentí un peso sobre mi cuerpo. No era incómodo, al contrario… me relajaba. Me acurruqué más, buscando ese calor extraño, hasta que algo dentro de mí me alertó. Abrí los ojos lentamente y noté que no estaba sola. Me giré de golpe. –Tu..Abel.. Dormía en mi cama, en mi habitación. Su respiración era profunda, su rostro sereno, como si nada pudiera perturbarlo. Me incorporé de inmediato, pero su brazo me sostuvo con fuerza. —Por favor…— su voz salió ronca, quebrada —Te lo suplico. Por favor no te muevas. Lo miré, confundida. —Abel… —No tengas miedo— susurró, aún con los ojos cerrados —Jamás te lastimaria Me quedé observándolo. Sus facciones duras, la tensión en su mandíbula, la forma en que su pecho subía y bajaba. Un mechon de su cabello caía sobre su frente. —Abel… nadie ha invadido mi cama nunca…— dije con voz baja, casi incrédula —Es demasiado.. Él frunció el ceño, —Lo siento…— respondió, apenas audible Me levanté despacio. Entonces lo vi. Una mueca de dolor se dibujó en su rostro. Su brazo estaba cubierto de sangre. Bajé la mirada y noté que su ropa también estaba empapada. Mi cama, mis sábanas.. Todoo El aire se me cortó. Mi respiración se volvió rápida, descontrolada. Sentí que las piernas no me respondían, que el corazón me golpeaba con fuerza. El recuerdo me invadido. Nubes negras me rodearon, como si el mundo se cerrara sobre mí. Me pegué contra la pared, buscando distancia. —¡Hey! De pronto, unas manos firmes tomaron mi rostro. Abrí los ojos y me encontré con los suyos, marrones, intensos, clavados en mí. —Harica…— me llamó con voz grave, casi desesperada. Respiré hondo, tratando de recuperar el control. —Voy a ducharme…— dije con firmeza, aunque mi voz temblaba —Después me dices qué te pasó. Me alejé, sin mirarlo más. —Ahora sí… éramos cinco y parió la perra— solté con ironía, intentando ocultar el temblor en mis manos. —¿Que?— murmuro el.. —Nada, mejor vete. Antes que mi abuela te vea aquí.
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