Entre el poder y la perversión

991 Words
La noche era perfecta. Demasiado perfecta. Dorian descendió por los pinos como una sombra de muerte. Su cabello n***o se ondulaba al viento, sus colmillos ya era visibles, sus ojos transformados en dos pozos verdes oscuros que brillaban con hambre. Diecisiete años. Diecisiete años esperando este momento. Calma, se ordenó a sí mismo, aunque su cuerpo ardía con la necesidad de sangre, venganza, dolor. Si te apuras a destruirlo todo, perderás la oportunidad de jugar. Aterrizó sobre la caseta de seguridad en un silencio mortal. El guardia no tuvo ni tiempo de reaccionar antes de que Dorian lo sedara con una precisión que ningun mortal tendría. Los perros fueron los siguientes—tres colosos alemanes yacieron dormidos en el jardín, sin un arañazo. Control perfecto. Lucien apareció desde las sombras, listo. —¿Ya todos en posición? —susurró Dorian. —Esperando tu orden, líder. Dentro, Cyrus Kael se recostaba en su sofá de piel, whisky en mano, jactándose de su propia invulnerabilidad. El hombre nunca aprendería a temer. Cuando la alerta llegó del jardín, Cyrus se tensó. Llamó a sus hombres. Uno de ellos salió corriendo. El guardia que regresó llevaba los ojos desorbitados. —Tres... tres perros dormidos, señor. No hay sangre. No hay heridas. Cyrus se levantó lentamente con su arma lista. Sabía lo que esto significaba. Fue entonces cuando Dorian emergió de la oscuridad como si fuera parte de ella. El vampiro había dejado sangre en sus labios—autolesión estratégica—para maximizar el miedo. El efecto fue instantáneo. El guardia que custodiaba a Cyrus retrocedió, gritando algo incoherente por la radio. Dorian lo levantó del suelo con una sola mano. —¿A dónde crees que vas, pequeño? —gruñó. —¡Por favor! —Dile a Cyrus que su era ha terminado. Lanzó al guardia veinte metros a través de la habitación. Lucien lo atrapó del otro lado, eficiente. Un golpe seco. Luego otro. Cayó inconsciente. Dorian hizo una seña a Lucien con la cabeza. Su hermano comprendió sin palabras. Cyrus era suyo. Nyra, la perdición, era de Dorian. La torre oeste. Dorian voló hacia la ventana abierta del balcón y aterrizó en silencio. Ella estaba dormida, bella de una forma que desafiaba la realidad. Su cabello azabache se esparcía sobre la almohada como seda. Piel bronceada. Labios que parecían hechos para sussurrar su nombre. Maldición. Su cuerpo respondió instantáneamente. Sintió el poder irradiar de ella—ese aroma que lo volvía loco. Rojo velvet. Lluvia. Hembra. Se controló respirando profundo. Podía hipnotizarla, mantenerla sumisa. Eso es lo que haría Lucien. Pero Dorian... Dorian necesitaba más. Ella despertó como si sintiera la depredación. Sus ojos se abrieron de golpe. Vio la silueta en las sombras y algo en su interior hizo clic. Miedo puro. Deseo impuro. La confusión perfecta. —¿Quién...? —susurró. Dorian permitió que la luz lo iluminara. Los ojos verdes conectaron con los azul grisáceo de ella. Algo cruzó entre ellos—una corriente primitiva que ninguno podía negar. —Ven —ordenó con esa voz que había conquistado imperios. Hipnótica. Irresistible. Ella parpadeó. Su cuerpo se movió instintivamente hacia él—pero luego, algo la detuvo. Las defensas de su padre trabajaban dentro de ella. Interesante. —¿Quién eres? —preguntó nuevamente, pero ahora con algo parecido a la valentía. Dorian gruñó, satisfecho. Esta no era una presa ordinaria. —Te lo diré si vienes aquí. Ella retrocedió, temblando. Buena decisión. En un instante, Dorian se movió. La atrapó, la giró y la pegó contra la pared con una violencia controlada. El impacto arrancó un jadeo de ella—¿dolor o placer, preguntó la bestia dentro de él? —¿Qué quieres? —su voz era pequeña pero valiente. Eso lo excitó más. Dorian tomó su cabello, tirando hacia atrás, exponiendo ese cuello largo, esa vena pulsante que lo llamaba. Su erección presionaba contra ella. Ella no podía no notarlo. —Calma, pequeña. —su acento extranjero se hizo más pronunciado—. Si me apresuro, me pierdo la diversión. —¿Quién eres? —sollozó ella. —Alguien cuyo mundo destruyeron tú y tu padre. —pasó su nariz por su cuello, inhalando profundamente—. Alguien que ha estado esperando este momento. Su mano se movió hacia sus pechos. Desgarró la camiseta de algodón sin esfuerzo. La tela cayó como confeti. —¿Por qué...? —Porque tu padre te vistió de marfil para esconder lo que realmente eres, Nyra. —soltó su nombre como una maldición—. Una mentirosa. Una cómplice. Ella abrió los ojos de par en par. —¿Cómo sabes mi nombre? —Porque te conozco mejor de lo que te conoces a ti misma. —sus colmillos rozaron su piel—. ¿Tu padre nunca te dijo qué hacía en esos laboratorios? ¿Nunca te mostró los cuerpos? —¿Qué? No... No sé de qué estás hablando. —Las lágrimas corrían por sus mejillas. —Mentirosa. —Presionó su cuerpo contra el de ella, su ingle se pegó contra su cadera—. Pero está bien. Me encanta que mientas. Me encanta tu miedo. Ella forcejeó. Inútilmente. —¿Qué quieres de mí? ¿Dinero? —preguntó desesperada—. ¿Es extorsión? Mi padre pagará... Dorian rió. Un sonido oscuro que hizo eco en la habitación. —No quiero tu dinero, hermosa. Quiero que sufras. Quiero que entiendas lo que mi gente sufrió en manos de Cyrus Kael. —se inclinó y sus labios se ubicaron peligrosamente cerca de los suyos—. Y cuando haya terminado contigo, me suplicarás que te mate. —¿Mi padre? ¿Dónde está mi padre? —sollozó ella. —Lo tengo. —su sonrisa fue la de un depredador—. Está bien... por ahora. Pero eso depende de ti, pequeña. Las lágrimas cayeron sin control. Ella estaba completamente atrapada, completamente vulnerable. Y Dorian estaba completamente perdido.
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