La lluvia golpeaba como puños furiosos contra los cristales de la mansión Kael. Dorian Hale permanecía inmóvil entre los pinos, a menos de treinta metros de la fachada oeste, con los ojos clavados en la torre donde descansaba su perdición.
Diecisiete años. Diecisiete años esperando este momento.
—Aquí vienen —murmuró Lucien desde su izquierda. El vampiro era más joven que Dorian, más impulsivo, pero letal en su eficiencia.
Dorian asintió sin apartar la vista. La mansión resplandecía con sus focos azules y amarillos, una joya arquitectónica que escondía uno de los mayores horrores que Eclipria albergaba. Cyrus Kael no era simplemente rico. Era un depredador que se alimentaba de su especie.
—¿Seguro de esto? —preguntó Lucien, moviéndose inquieto a su lado—. Una vez entremos, no hay vuelta atrás.
—Vlad tampoco tenía marcha atrás —respondió Dorian, su voz destilaba una frialdad que hacía erizarse la piel—. Cuando lo descuartizaron en esos laboratorios de mierda.
Lucien apretó los puños. El odio era un arma que ambos llevaban afilada desde hace demasiado tiempo.
Un auto n***o se aproximaba al portón de entrada. Dorian enfocó su audición vampírica, una habilidad que los siglos de no-vida le habían perfeccionado. El chófer bajó con prisa, abriendo la puerta trasera para un hombre corpulento, de cabello gris y presencia que emanaba autoridad corrupta.
Cyrus Kael.
—Ese es él, verdad —murmuró Lucien—. El maldito responsable.
Dorian apenas respiraba, controlando cada músculo de su cuerpo. Jacob, el médico, salió corriendo del interior de la casa. Intercambiaron un saludo breve, tenso. Incómodo.
—¿Qué hay de ella? —preguntó Jacob, nervioso.
Cyrus escaneó el perímetro antes de responder:
—Está en su habitación. ¿Algún problema?
—Ninguno. Tu hija está bien. Estable.
Dorian sintió el cambio en el aire. La tensión entre esos dos hombres no era casual. Habían secretos. Había control.
—¿Qué piensas? —preguntó Lucien.
—Que ese médico sabe más de lo que dice. Pero eso es secundario. —Dorian giró hacia su compañero—. Necesitamos a Cyrus vivo. Él tiene los códigos de las investigaciones, las técnicas que usan contra nosotros. Y ella...
Se detuvo. Maldijo en silencio.
Del interior de la mansión escapaba un aroma que lo golpeó como una onda de choque física. Rojo. Oscuro. Adictivo. Olía a red velvet recién horneado, a lluvia sobre piel caliente, a algo tan primitivamente femenino que sus colmillos comenzaron a elongarse sin su consentimiento.
—¿Qué pasó? —preguntó Lucien, tensándose—. ¿Qué sientes?
—Una mujer —gruñó Dorian, su voz bajando a tonos que apenas eran humanos.
Sus pupilas se dilataron hasta ocupar el iris completo. La erección que presionaba contra sus pantalones era imposible de ignorar, imposible de controlar. Dorian pasó la mano sobre su entrepierna, intentando aplacarlo, pero el aroma seguía llegando en ráfagas embriagantes.
—Maldita sea —siseó, obligándose a respirar profundo—. ¿Es una sirvienta?
Lucien olfateó el aire, sus propios ojos oscureciéndose:
—No. No huele a servicio. Huele a... ley.
La comprensión golpeó a Dorian como un puño. Ese aroma procedía de la torre oeste. Del segundo piso. Donde según su inteligencia, dormía Nyra Kael.
La hija.
—Concéntrate —ordenó Dorian, aunque sus propias palabras sonaban más como una orden para sí mismo—. ¿Ya todos están en posición?
Lucien llamó por su transmisor. Las respuestas llegaron en susurros, confirmaciones de que los guerreros del clan estaban listos, ocultos, esperando la señal.
Dorian cerró los ojos, intentando borrar ese aroma de su mente. No era posible. Su cuerpo vampírico respondía a ese olor como si fuera una llamada ancestral, algo que desafiaba toda lógica, toda razón.
¿Quién era ella?
El aroma desapareció momentáneamente, quizás absorbido por la lluvia, y Dorian respiró aliviado. Debía enfocarse. Nyra Kael era un objetivo, no una obsesión. Era culpable de los crímenes de su padre, cómplice por acción u omisión. Lo sabía porque había revisado cada transacción, cada orden de compra de materiales de tortura que llevaba su firma digital como Directora de Relaciones Públicas.
Veinte minutos después, Jacob salió disparado de la mansión, apurado, peinándose con los dedos.
Lucien sonrió con malicia:
—¿Así que tampoco es pareja sentimental? Ese hombre salió de ahí como si quemara.
—No importa qué sea —respondió Dorian, aunque algo ardía en su pecho, algo parecido a los celos—. Lo que importa es que quedó sola.
—¿Cuál es el plan? —preguntó Lucien, y había hambre en su voz—. ¿Quieres que sea rápido, o quieres que demos un ejemplo?
Dorian lo miró de reojo. Sabía exactamente lo que Lucien preguntaba. Querría la diversión, la sangre, el sufrimiento.
—Tú irás por Cyrus —decidió Dorian—. Yo me ocupo de la chica.
—¿Solo para ti? —levantó una ceja.
El gruñido que salió del pecho de Dorian fue animal, posesivo:
—Completamente... solo para mí. Lucien rió.
—Vaya. El noble vampiro tiene debilidades después de todo. Bien. Yo tomo al padre. Pero después intercambiamos. Los demás también quieren su parte de justicia.
Dorian no respondió. Su mirada estaba clavada en la ventana del segundo piso, donde apenas podía distinguir una silueta dormida.
Ella.
—Avisa a todos que cuando Cyrus entre, iniciamos —ordenó a Lucien—. Y que nadie se acerque a la torre oeste. Por su propio bien.
Lucien asintió, comunicándose por el transmisor. Cuando terminó, se inclinó hacia Dorian:
—¿Sabes qué va a pasar cuando la tengas entre tus colmillos? Que todos lo veremos.
—Sí.
—¿Y no te importa?
—No.
Lucien rió de nuevo, más profundamente esta vez:
—Entonces esto va a ser épico. Hace siglos que no veo a nuestro líder perder el control.
Dorian activó su transformación. Su cuerpo se tensó, sus músculos se expandieron bajo la piel, sus sentidos se amplificaron hasta alcances sobrehumanos. Su cabello se alargó, cayendo por su espalda como un manto de seda negra. Sus colmillos se extendieron, sus ojos se tornaron completamente negros excepto por el verde oscuro de su iris.
La bestia emergiendo.
No estaba orgulloso de lo que haría esa noche. Había sido creado para proteger a los humanos, no para acecharlos. Pero Nyra y Cyrus Kael no eran humanos. Eran depredadores de su especie, mercenarios del dolor, traficantes de la inmortalidad.
Ellos habían cruzado la línea.
Y ahora, él cruzaría la suya.
A través de la lluvia, a través de la oscuridad, Dorian escuchó un sonido. El roce de una sábana. El leve suspiro de alguien despertando.
Su corazón, que llevaba siglos sin latir, aceleró.
La caza estaba por comenzar.
Y de alguna manera, de una manera que lo aterraba y lo excitaba más que cualquier venganza, Dorian sabía que esa noche su mundo cambiaría para siempre.
El aroma llegó de nuevo. Rojo. Oscuro. Adictivo.
Dorian cerró los puños.
—Hora de cobrar —susurró.
Y saltó hacia la mansión.