Nubes y lluvia

1516 Words
La tormenta llegaba. Nyra lo sabía por la forma en que las nubes se amontonaban sobre Eclipria como depredadores acorralando a su presa. Una semana antes de la luna llena. Un huracán que prometía tragarse el verano entero. Desde la ventana de su habitación, sus ojos azul grisáceo siguieron el movimiento oscuro del cielo mientras acariciaba a Bruma, su Huskie, que había trepado a su regazo. El perro emitió un sonido suave, casi de protesta, como si también sintiera la perturbación en el aire. —Lo sé, bebé. A mí tampoco me gustan —susurró. Detestaba los días nublados. Siempre los había detestado. Pero en Eclipria, en esa ciudad que palpitaba con hogueras y hechizos, nadie parecía importarle el clima. La gente salía a las calles para las festividades de Xim, la celebración que comenzaría en dos días. La misma que le fascinaba más que su propio cumpleaños. Veintitrés años. Mañana. Un escalofrío le recorrió la espalda que nada tenía que ver con la lluvia que comenzaba a golpear los cristales. Se incorporó, dejando a Bruma en la cama, y caminó hacia el tocador. Su reflejo le devolvió la mirada: piel bronceada, melena azabache que caía como seda oscura, ojos que parecían guardar secretos. Los pómulos rosados, la nariz fina, los labios gruesos. El hoyuelo en la barbilla que Amy juraba que anunciaba belleza y armonía. Nyra no sabía si era cierto. Lo que sí sabía era lo que veía cuando se miraba: los ojos de su madre, Elena. Ojos que nunca había visto en vida, porque Elena había muerto dándole a luz. Porque ella la había matado. Su padre se lo recordaba cada vez que se le presentaba la oportunidad. Se vistió con un pijama cómodo, intentando desterrar esos pensamientos, cuando el móvil vibró en la mesita de noche. Una llamada de Amy. —Hola, amiga —contestó, instalándose en la cama. La voz de Amy explotó por el auricular, con ese entusiasmo que la caracterizaba. —¿Escuchaste? Diego y yo decidimos que no te quedarás sola este verano cuando vayas a Limber. Punto. No hay negociación. Nyra no pudo evitar sonreír. —No soy fiestera, Amy. Sabes bien que... —Que eres una ratona de biblioteca, sí, lo sabemos. Pero precisamente por eso necesitas salir de esos libros. Además, si nos acompañas, lo harás queramos o no. —Pausa dramática—. Diego ya está empacando. No tienes opción. —¿De verdad se quedarían conmigo durante todo el viaje? —¿Qué crees? —Amy bajó la voz, aunque su tono seguía siendo travieso—. Alguien tiene que cuidar que no termines en la biblioteca de Limber durante la luna de miel de la ciudad. Nyra rió, genuinamente. —Te quiero, Amy. —Yo a ti. Ahora, ¿ya está el Dr. Sexy por ahí? —¿Jacob? Aún es temprano. Llega cuando oscurece. —Dale mi teléfono, por Dios. —risa maliciosa—. Ese hombre tiene unos ojos que... —Eres incorregible —Nyra rió de nuevo, pero sintió el calor subir por su cuello. —Perfectamente dicho. Bueno, ya voy a aparcar. Te llamo mañana. Besitos, hermosa. Nyra colgó y se recostó en la cama. Sus dos mejores amigos, su salvación desde la infancia, pasarían días con ella en Limber. Era lo único que la sostenía en ese momento. Lo único. Miró el reloj. Las seis de la tarde. Jacob llegaría pronto. La impaciencia que sintió fue sorprendente. Toc. Toc. Nyra se incorporó. La puerta se abrió lentamente. Jacob era todo lo opuesto a ella: rubio, con los ojos oscuros y dulces que contrastaban con su sonrisa suave. Mayor, también. Treinta años. Cinco llevaba cuidando su diabetes como si fuera su responsabilidad personal. Como si ella le importara más allá de lo profesional. —Buenas noches, Nyra —dijo, entrando con su maletín n***o característico. —Hola, Jacob. —Ella se sentó en la cama, extendiéndole el brazo sin que él tuviera que pedirlo. Era un ritual—. Llegaste temprano. —Me adelanté al tráfico. —Dejó la maleta sobre la mesa, observándola con esa intensidad que últimamente la perturbaba—. ¿Cómo te has encontrado hoy? —Bien. Perfectamente bien. Él comenzó a sacar el medidor de tensión, pero sus dedos se movían lentamente, como si tuviera algo más importante en mente que los números. Pasó el cable alrededor de su brazo, pero cuando un mechón azabache se deslizó por su sien, su mano se movió instintivamente para apartarlo de su cara. Carraspeó al darse cuenta. —Eso... eso está bien —dijo, su voz sonó más profunda—. Tu tensión está controlada. Nyra levantó una ceja. No era tonta. Sabía el efecto que causaba en los hombres. Y Jacob, por más profesional que pretendiera ser, no era la excepción. —Siempre ha sido así —dijo, intentando tranquilizarlo, pero sus ojos no se apartaron de los suyos—. Gracias a ti, Jacob. Dieta, ejercicio y cada noche tus inyecciones. ¿Qué más podría pedir? Él apretó la mandíbula ligeramente. Desvió la mirada. —Es una enfermedad caprichosa. —Pero no conmigo. —Nyra se recostó—. Soy obsesiva con tus normas. Lo sabes. Jacob guardó el medidor y sacó una ampolla y una jeringuilla. El ritual de siempre. Ella supo que esta noche dolería. Lo supo por la forma en que la miraba, como si estuviera recordando que su cercanía tenía límites. Nyra soltó una pequeña queja cuando la aguja entró. —Hoy duele. —No ha sido nada. —su sonrisa fue más cálida esta vez, aunque sus ojos siguieron siendo intensos. Minutos después, estaban en el comedor. Jacob con una cerveza, Nyra con agua. El silencio era cómodo, pero había algo flotando en el aire entre ellos. —En dos días es tu cumpleaños, ¿no? —preguntó él, rompiendo el silencio. —Mañana cumplo veintitrés. Lo celebraré en la verbena de Xim. Jacob tomó un sorbo largo de su cerveza. —Recuerda que no puedes emborracharte. Tu padre ha sido muy claro conmigo respecto a... —Jacob. —Ella levantó una mano—. No necesito beber para divertirme. —Tu padre te ha puesto bajo mi cuidado. —Eres mi médico, no mi niñera. Él se reclinó en la silla, estudiándola como si fuera un diagnóstico complicado. —Soy tu médico y tienes que obedecer. Tu salud me importa. Mi vida también, y créeme, tu padre es... —¿Qué? ¿Amenazante? —Ella se rió sin humor—. No seas cínico, Jacob. Mi padre no se preocupa por mi integridad física. A él le importa que siga viva porque la culpa me mantiene sumisa. —Se levantó, caminando hacia la ventana—. Pero eso va a cambiar. Jacob se tensó. —¿Qué quieres decir? —Me marcho de Eclipria. El silencio fue absoluto. —¿Cómo? ¿Por qué no me lo habías dicho? —Porque sabía exactamente cómo reaccionarías. —Ella se giró y sus ojos brillaron con determinación—. El director de la facultad me ofreció un proyecto en Limber. Ambicioso. Nuevo. Es una oportunidad que no puedo rechazar. Jacob se levantó bruscamente. —¿Cyrus lo sabe? —No. Y no se lo dirás. —Nyra, no puedes mantener esto en secreto con tu padre. No es así como... —Sé exactamente lo que pasaría si le dijera. —su voz fue firme, cortante—. Arruinaría la oportunidad. Me encerraría. Encontraría la forma de hacerme sentir culpable por abandonarlo. Él se acercó, su expresión se suavizó. —Mira, no estoy de acuerdo con cómo te trata. Pero aun así... deberías decírselo. —El billete ya está comprado. Me voy la próxima semana. Jacob guardó su maletín, pero sus manos temblaban ligeramente. —¿Quién te controlará allá? Soy tu médico aquí, pero... —Allá también hay médicos. —Ella lo miró directamente—. Y Jacob, si le dices algo, dejaré de hablarte. Para siempre. Él sostuvo su mirada. La amenaza era absolutamente real y ambos lo sabían. Un sonido repentino desde afuera interrumpió el momento. Un crujido. Una rama rompiéndose quizás. Ambos se giraron, sorprendidos. —¿Qué fue eso? —preguntó Nyra, acercándose a la ventana. Jacob estaba pálido. Demasiado pálido. —Quizás fue un gato —murmuró—. Olvídalo. Pero Nyra ya había abierto la ventana, asomándose a la noche lluviosa. La lluvia golpeaba su rostro, fría y punzante. No vio nada. Solo la oscuridad, los árboles mojados, las sombras. Se retiró dentro y cerró la ventana. Sin que ella lo supiera, sin que Jacob lo percibiera, unos ojos verde oscuro observaban desde entre los pinos. Ojos que no eran humanos. Ojos de un depredador que esperaba, cauteloso y hambriento, como un gato cazando a su presa. Nyra sintió algo. Un escalofrío que no tenía nada que ver con la lluvia. Una presión en su pecho que parecía advertencia y promesa al mismo tiempo. El peligro no tenía rostro. Tenía presencia. Y estaba justo afuera, en la oscuridad, esperando el momento perfecto para entrar.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD