Antes de entrar al cuarto de Isabella pude escucharla sollozar, así que ellos tenían razón. ¿Por qué es tan difícil comprender a las mujeres? No entendía la actitud de esta mujer y si tan solo me explicara lo que le pasa, todo sería más diferente. —Isabella —entré al cuarto y la miré secarse las mejillas —. ¿Qué te sucede? —¿Acaso no te han enseñado a tocar la puerta antes de entrar? —respondió con gran reproche mientras se sentaba en la cama—. ¿Qué es lo que quieres? Te recuerdo que pedí que me dejaran en paz, y por lo visto te has pasado mis deseos por donde no te da el sol. —Quiero hablar contigo, sin discusiones, sin mentiras y sin gritos. Por favor, no es mucho lo que estoy pidiendo. —Ahora soy yo la que no quiere hablar y tampoco discutir, lo mejor es que nos ignoremos el uno al

