Brandon llegó a la escuela con esa pregunta todavía trabajando en algún lugar de la cabeza.
No de forma ansiosa. De la forma en que trabajan las preguntas cuando uno ya sabe que va a responderlas y solo está esperando el momento en que la respuesta termine de tomar forma.
Se sentó en su lugar cerca de la reja. Sacó el cuaderno pero no dibujó. Miró el patio.
Por primera vez en meses no lo miraba para ignorarlo.
Lo miraba evaluando algo que todavía no se decía a sí mismo que estaba evaluando.
La condición que Isabela había descrito era específica: una conexión entre el espíritu y la persona. Tenue, había dicho. Puede ser unilateral. Algo que la persona ni siquiera sepa que existe.
Brandon recorrió el patio con la mirada.
Y se detuvo en Andrea.
No porque la hubiera buscado. Sino porque Andrea era la única persona en ese patio que tenía algo con él, aunque ese algo fuera completamente asimétrico. Ella llevaba años intentando acercarse. Eso era una conexión. Pequeña, unilateral en el sentido equivocado, pero existía.
Estaba en la escuela con él, lo que facilitaba el siguiente paso.
Y había algo en ella, en la forma en que siempre había estado disponible, en esa disposición que Brandon ahora veía de otra manera, que sin que él lo nombrara todavía ya apuntaba hacia lo que Isabela había descrito.
Andrea levantó la vista desde donde estaba y lo vio mirándola.
Brandon no apartó la mirada.
Eso era nuevo.
Andrea lo interpretó como lo que llevaba tres años esperando interpretar: que finalmente la estaba viendo. Se levantó y caminó hacia él con una naturalidad que en realidad le estaba costando más de lo que aparentaba.
—Hola —dijo cuando llegó.
—Hola —respondió Brandon.
Ella se sentó en el borde del banco, no demasiado cerca, con esa cautela de quien no quiere mover demasiado rápido algo que acaba de empezar.
Hablaron.
Brandon sostuvo la conversación de una forma que no había hecho antes. No por apertura emocional, no porque algo en él hubiera cambiado hacia Andrea de esa manera. Sino porque ahora tenía una razón para mantenerla cerca que no tenía nada que ver con lo que ella creía que estaba pasando.
Hicieron esa diferencia en cómo respondía.
Andrea lo sintió como lo que no era.
Salió de esa conversación con algo en el pecho que no cabía del todo, esa clase de felicidad nerviosa que aparece cuando algo que esperaste mucho tiempo empieza a moverse en la dirección correcta.
Brandon salió con una incomodidad que no supo nombrar exactamente.
Era pequeña. Persistente. Del tipo que uno puede ignorar si quiere y que él ignoró.
Paula los había visto desde el otro extremo del patio.
No porque estuviera buscando verlos. Estaba en su lugar, con su libro, y simplemente ocurrió en su campo visual.
Vio la cara de Andrea cuando caminó hacia Brandon. Conocía esa cara. Había visto esa cara demasiadas veces en los últimos tres años.
Luego vio la cara de Brandon.
No era la misma.
No era hostilidad, no era incomodidad, no era el cierre habitual con el que recibía a cualquiera que se acercara. Era algo más difícil de leer. Algo más calculado, aunque esa palabra tampoco era exactamente correcta.
Era la cara de alguien que está sosteniendo algo con una intención que no es la que la otra persona cree.
Paula cerró el libro sin marcarlo.
No le gustó lo que vio.
No sabía decir por qué con precisión. Solo sabía que algo en esa imagen, en la cara de Andrea y en la cara de Brandon y en la distancia entre lo que cada uno creía que estaba pasando, no estaba bien.
Lo guardó.
Por ahora solo lo guardó.