—Hola, pequeña —en cuanto llego a su lado, papá me saluda con una sonrisa afectuosa.
—Hola, papá —respondo y me inclino para darle un besito en la mejilla.
—Salude a mi invitado. —Con un gesto de su mano me indica al hombre que está a su lado.
En cuanto mis ojos se posan en él, enmudezco de la impresión..., es... ¡es un hombre muy apuesto! La masculinidad hecha persona. Lo miró en completo silencio, como una especie de boba que perdió la capacidad de comunicación. Es inevitable detallar cada parte de su rostro y recorro con lentitud cada una de sus facciones: el tono de su piel me recuerda la calidez de un ocaso, su frente es amplia y límpida, sus oscuras cejas arqueadas enmarcan una mirada profunda con un toque risueño como si sonriera con ellos, su nariz alargada y afilada combina con el contorno definido y anguloso de su rostro, y la barba espesa, perfectamente perfilada, lo hacen ver increíblemente varonil. Su boca está dibujando una pequeña sonrisa, seguramente le divierte mi reacción. Ni siquiera soy consciente de cuanto tiempo he pasado en este estado de profunda admiración.
—Franco, ella es mi hija Amanda.
Enseguida, Franco se levanta de su silla y mis ojos se elevan varios centímetros siguiendo aquel rostro cautivador. Su sonrisa se ensancha y puedo apreciarla en todo su esplendor. Su belleza incrementa considerablemente. ¡Qué combinación tan perfecta y armoniosa!
—Hola, Amanda. Un placer. —me saluda con cortesía y extiende su mano con elegancia para estrecharla con la mía.
—Hola, igualmente... —respondo correspondiendo su saludo. Mi mano, pequeña y frágil, se pierde entre sus dedos suaves y cálidos. Su contacto me provoca una agradable sensación de confort envolvente. Hasta su temperatura corporal es perfecta.
—Estás helada, ¿tienes frío, Amanda?
Qué maravilloso suena mi nombre en su voz grave y modulada.
—¡Oh, no! —exclamo avergonzada—, suelo tenerlas frías todo el tiempo...
Su mirada analítica e impertubable me cohíbe y decido arrancar a la cocina.
—Con permiso, iré ayudar a mamá.
—Adelante. —Asiente y vuelve a tomar su lugar.
—¿Qué te pasó? ¿ Quedaste impresionada?—me pregunta mamá divertida cuando me ve llegar a su lado con una sonrisa alelada.
—¡Mucho! —exclamo con evidente excitación, sigo impresionada con la visita de Franco—. No imaginaba que el socio de papá sería tan atractivo.
Con una sonrisa, mamá toma uno de los platos preparados y responde:
—Cierra la boca, que vas a babear los platos. Toma, llévalo a la mesa.
Como era de esperar, papá y Franco conversan durante la cena del trabajo y de los proyectos que tienen en mente. Dominando el tema como un profesional, Franco aporta sus ideas con entusiasmo bajo la atenta mirada de mi padre, que parece estar en un estado de éxtasis. Yo me limito a comer en silencio al lado de mamá, y de vez en cuando me permito dar pequeñas miraditas a Franco frente a nosotras, y poder examinar su comportamiento y actitud. Nunca había visto a un hombre como él. El sonido de su voz es grave y sus gestos le acompañan como si todo su ser se sincronizara para desprender un aura varonil y magnética. Inevitablemente se me escapa un suspiro. Estoy disfrutando de esta cena, normalmente muero de aburrimiento con las cenas de papá, y mi placer aumenta con el panorama audiovisual que tengo frente a mí.
—Mi intención, Franco —interviene papá—, es delegar el mando a una persona más proactiva y preparada, así como tú. Yo ya estoy viejo y cansado y deseo pasar más tiempo con mi familia. No tengo la energía ni los conocimientos para competir con las nuevas empresas y jóvenes profesionales cada vez más capacitados. El rubro se ha vuelto muy competitivo.
—Estoy encantado de poder aportar con mis conocimientos, Enrique —responde con seriedad y profesionalismo—. Incluso, me gustaría ampliar los servicios y no limitarnos solamente a contabilidad. Sino, brindar asesoría tributaria y contable. Captar nuevos clientes, contratar más personal y convertirnos en una de las empresa más destacadas de Altamira.
Papá le sonríe altamente complacido.
—Y tendrás toda mi aprobación para proceder como creas más conveniente.
Franco hace una pausa con los cubiertos para inclinar levemente la cabeza en señal de respeto y aprobación a las palabras de papá.
—Aprecio tu confianza, querido amigo. No te defraudaré.
—Me gustaría que organizaramos los proyectos y todos los por menores aquí en casa. Estaremos más cómodos que en la oficina.
—Por supuesto, es una excelente idea. Podemos pedirle a tu hija Amanda que nos ayude, así estaría preparada para tomar tu lugar en el futuro.
En cuanto escucho mi nombre levanto la vista de inmediato. No estoy acostumbrada a que los invitados de papá me incluyan en sus conversaciones y tardo unos segundos comprender que se está refiriendo a mí. Franco me observa en silencio, espera mi respuesta con esa sonrisa que me tiene hipnotizada y comienzo a balbucear una respuesta:
—...Eh... ¿Yo...?
Él asiente afirmativo. Debo parecerle una chica bastante tonta, incapaz de comprender una simple y sencilla pregunta. Meneo frenéticamente la cabeza en negación.
—Eso es imposible —articulo con dificultad—. Soy pésima con los números.
Y al contrario de lo que puedo llegar pensar, Franco no me mira con desilusión como si yo fuera una boba. Mas bien parece analizarme con interés y hasta me atrevería a decir con admiración. Sus ojos son tan penetrantes que me cuesta resistirlos.
—Amanda tiene más desarrollado su lado artístico —acota mamá rescantándome del abrumador escrutinio de este hombre—. Le gusta dibujar y ese tipo de cosas.
—Pues entonces, podría estudiar una carrera relacionada con el arte, como Diseño Gráfico, Arquitectura o Dibujo Técnico. Así aprovechamos su talento —Franco vuelve a fijar la atención en mí y me guiña un ojo.
Una estúpida sonrisa se forma en mi boca, una que no puedo disimular por más que lo intento. Bajo la cabeza avergonzada. Ese guiño ha tenido el poder de desestabilizarme.
En el transcurso de la cena, Franco continúa buscándome con la mirada en cada oportunidad, y en cuanto coincide con mis ojos me sonríe. Mi boca pareciera tener voluntad propia, está presta a corresponder cada una de sus sonrisas sin reprimirse ni un poquito. Es la primera vez que disfruto tanto de una reunión de papá, sobre todo de una sonrisa y una mirada profunda que me traspasa.
De pronto mi celular que tengo escondido en el bolsillo de mi vestido comienza a vibrar. Doy un vistazo discretamente... es Alex. Le respondo con un mensaje rápido y que no me descubra papá porque no soporta esa falta de respeto.
Alex dice:
¿Qué haces?
Amanda dice:
Aburrida en una
reunión de papá.
Alex me responde con muchas caritas divertidas.
La verdad es que estoy TODO menos aburrida. El tiempo ha pasado volando con la visita de Franco. En el momento que debe marcharse me desilusiono, pero no dura mucho cuando recuerdo que desde ahora lo veré más seguido. Sé que es un disparate solo pensar en fijarse en un hombre mayor, sobre todo porque es el socio y amigo de mi padre. Pero no me está prohibido poder admirar tanta belleza, ¡Eso sí sería un pecado!
Franco viene hasta mí para despedirse y yo me seco la mano para que no esté sudorosa cuando la estreche con la suya. Me pilla totalmente desprevenida cuando acerca su rostro para darme un beso y posa dulcemente su mano sobre mi otra mejilla cubriéndola casi por completo. El contacto me hace alucinar, se siente tan suave y cálido. El aroma de su perfume penetra en mis sentidos, lo aspiro como una droga adictiva, placentera. Luego, se separa de mí rozándome con su barba provocando que mi boca se abra de manera involuntaria. ¿Pero qué es lo que me pasa? Estoy totalmente embobada con este breve acercamiento, que dura lo suficiente para hacerme vibrar. Eso ha sido realmente intenso.
Después de cinco minutos de su partida, mis padres se van a la sala de estar sin dejar de hablar de Franco y de lo felices que están con sus proyectos. Mi padre, con toda la paciencia del mundo, le explica algunas cosas que mamá no entendió y yo me quedo en la cocina cumpliendo con mi deber: lavando los platos. Precisamente hoy, no me desagrada para nada cumplir con mi tarea. Franco me ha dejado con una agradable sensación, y una sonrisa imposible de borrar de mis labios. Mi mente, igual que un disco rayado, evoca cada uno de los momentos vividos junto a ese hombre que ha despertado un extraño sentimiento dentro de mí. Aún puedo sentir el contacto suave y cálido de sus manos, junto a su barba rozando mi mejilla. Sonrío cuando recuerdo aquel guiño seductor, y cierro los ojos al sentir su aroma, todavía baila una estela sobre mi hombro. Y lo que más me tiene cautivada, es la expresión de su rostro mirándome con insistencia y su sonrisa, ¡Qué hermosa sonrisa!
He terminado mi trabajo sin darme cuenta de como avancé. Mis padres siguen en la sala disfrutando de la mutua compañía, me acerco a ellos para darle un beso de buenas noches a cada uno y subo a mi cuarto a descansar. Después de lavarme los dientes y ponerme el pijama, me dejo caer sobre mi cama. Más calmada y con la mirada perdida en el techo, no dejo de pensar en este hombre magnético que ha despertado mi interés. Lo que me sorprende porque nadie ha conseguido llamar tanto mi atención como lo acaba de hacer él. Tiene algo que me atrae, que va más allá de su belleza física, es su modo varonil, y la expresión de sus ojos al mirarme y sonreír. Para mí, el carácter de un hombre tiene mucha más importancia que su belleza física.
La belleza física es efímera, pero tu esencia te acompaña todos los días de tu vida.
Tampoco es como si me fuera a enamorar de Franco. Jamás podría fijarme en un hombre tan mayor, doce años mayor, aunque sea increíblemente guapo. No es de mi gusto, y casi nadie lo es. Soy bastante exigente en materia de hombres, debe ser por los insistentes consejos de papá de enfocarme solamente en mis estudios y que los hombres que me sobrepasen por más de tres años en adelante, jamás deben ser una opción para mí, ¡jamás! Que ellos solo buscan aprovecharse de chiquillas ingenuas e inexpertas, tal como le sucedió a una de sus hermanas. Tiene un trauma con ello y le aterra que me suceda lo mismo.
La notificación de un mensaje en mi celular me saca de mi trance reflexivo... es Alex.
Alex dice:
¿Que tal la cena?
¿Aún te estás aburriendo?
Amanda dice:
XD no, ya terminó
No fue tan aburrido
después de todo...
Alex dice:
¿A que se debe?
Odias las reuniones de tu papá.
Amanda dice:
Su nuevo socio era muy simpático...
Alex dice:
Así que simpático, eh...
Amanda dice:
Sí, ahora duérmete
que estoy cansada.
Alex dice:
Ok, te hablo mañana entonces... chao.
Amanda dice:
Chau, descansa <3
Dejo mi celular en la mesita de noche, apago la lámpara y me acomodo entre las cobijas. Hoy fue un día largo y agotador. Pero la visita de la tarde me ha dejado con una agradable sensación. Mis ojos se cierran, y poco a poco voy perdiendo la conciencia, inevitablemente me entrego en los brazos de Franco...
¡DIGO!
¡De Morfeo, Morfeo!

Buscame en f*******: como Vanne DiazRosas.