—¿Qué?... ¿Qué pasa? —le respondo con la voz temblorosa.
—¿Te siente bien? —Alex me mira preocupado estudiando las señales silenciosas que grita mi rostro.
—No, no mucho... —Me masajeo una sien intentando calmar el dolor.
—Sí, de repente te has puesto muy roja.
—Debe ser porque le grité a Bruno. ¡Me saca de mis casillas!
—Y tienes los ojos vidriosos, a ver...—Lleva una mano a mi frente para comprobar mi temperatura—. Amanda, parece que tienes fiebre ¡estás enferma, mujer!
—Puede ser... esta mañana me levanté un poco cansada pero no hice caso.
—Vete a casa a descansar mejor.
—Sí, eso haré ¡no soporto mi cabeza!
—¿Te acompaño?
—No, no es necesario.
—Está bien... al menos deja que te acompañe a la parada.
Me siento cada vez peor y solo quiero llegar pronto a casa. Cuando al fin logro llegar a la cocina, me apoyo en el marco de la puerta.
—Hola mamá...
—Hola cariño... ¡hija! no te ves nada bien.
—¡Me siento pésimo! —le respondo en un jadeo. Se apresura a llegar a mi lado y toca mi frente.
—¡Estás ardiendo! ven, siéntate aquí.
Me ofrece una silla y va a uno de los cajones. Me encantaría decir que este calor que siento lo provoca Franco, pero no, la sensación que él provoca es placentera y lo que siento en este momento ¡es muy desagradable! Mamá saca el termómetro infrarrojo y apunta mi frente, enseguida se escucha el bip.
—¡Tienes 40 de fiebre! —exclama alarmada.
—Por eso me siento cucaracha. —Me deshago sobre la mesa haciendo un puchero.
—Te daré un analgésico para bajar la fiebre y te vas a la cama.
No opongo resistencia, apenas puedo estar sentada. Subo a mi habitación a duras penas y me siento en mi cama para quitarme la ropa. A los minutos entra mamá con una jarra de agua y analgésicos que deja sobre mi velador.
—Debes tomar mucho líquido y ponte un pijama delgado.
—¡Pero tengo frío!
—Si te abrigas mucho no te bajará la fiebre.
Guardo mi pijama de polar con gatitos y me coloco una de mis tantas camisolas de pabilo que uso en verano.
(...)
El fin de semana la pasé fatal, apenas se pasaba el efecto del analgésico regresaba la fiebre. Dormí y comí poco debido a los malestares. Mamá insistió en que bebiera mucho líquido y es casi lo único que consumí. Mi vientre, ahora más plano, me lo agradece. La junta que tenía programada con Alex la tuve que postergar hasta recuperarme y Franco, preocupado por mí, me envió mensajes todos los días para saber como me sentía, le respondí brevemente, el cansancio me impedía el movimiento más mínimo. El lunes la situación no fue distinta y mamá prefirió que me quedara en casa y agendó una visita médica. El martes por la mañana llega puntualmente el doctor, después de las preguntas de rigor y de examinarme minuciosamente me da el diagnóstico y el tratamiento:
—Tienes los típicos síntomas de una gripe causada por un virus de la influenza, por eso te sientes tan mal. —Se pone de pie y comienza a guardar sus instrumentos y yo me cubro con las cobijas otra vez.
—¿Y que debo tomar para recuperarme, doctor?
—En tu caso particular no es necesario, tu sistema inmune está haciendo un excelente trabajo, solo te recetaré antitérmicos para controlar la fiebre y atenuar los síntomas.
—¿Y cuánto tiempo estaré así?
—Entre cinco a diez días, depende de cada persona. Tú llevas cuatro días, así que por lo menos toda esta semana. —Cierra su maletín y me mira con amabilidad—. Debes permanecer en reposo, tomar harto líquido y nada de visitas porque es una enfermedad contagiosa. Puedes darte duchas cortas y secarte el cabello si lo lavas, y no te abrigues tanto para que no aumente la temperatura.
Después de "reposo" me perdí entre tanta indicación.
—Está bien, doctor.
—Te daré licencia por cinco días, más la receta para los analgésicos. Si la fiebre persiste debes consultar nuevamente. Es poco probable, tus pulmones y bronquios se escuchan bien, así que no debería haber mayor complicación. Eres joven y te recuperarás rápido. —Escribe la receta rápidamente y emite la licencia con mis datos y me los entrega.
—Gracias, doctor —agradezco con una sonrisa.
—De nada. Cuidate y adiós —se despide amablemente.
—Adiós.
Media hora más tarde, me llama Franco para saber como estoy. Sigo tirada en mi cama en estado vegetativo.
—Hola, cariño ¿cómo te sientes hoy?
—Un poco mejor. Ya no tengo tanta fiebre.
—¿Y qué te dijo el doctor?
—Que es viral, debo hacer reposo y tomar mucho líquido.
—No podrás ir a clases.
—No, me dio licencia por cinco días.
—¿Puedo visitarte?
—Nada de visitas, estoy esparciendo los bichos.
—Con las ganas que tengo de verte.
—¡Y yo a ti! pero mi estado en estos momentos es lamentable. Créeme, no te gustará verme así.
Ríe divertido.
—Me gustas de todas las maneras, incluso enferma.
—Tus palabras no me ayudan a calmar mi fiebre, me estoy sonrojando...
Ríe con más ganas.
—Está bien, no te diré nada más. Lo importante ahora es que te cuides para que te mejores pronto ¿de acuerdo, preciosa?
—De acuerdo.
—Don Franco, el Señor Molina lo está esperando.
Escucho la voz de Cristina a través del teléfono.
—Voy en seguida —responde él—. Lo siento, cariño. Tengo una reunión.
—Si, escuché a Cristina. Ya me siento mejor con tu llamado.
—Eso me alegra. Un beso grande para ti.
—Otro para ti.