Menos mal que hoy me depilé.
Es lo primero que se me viene a la mente cuando Franco entra en mi cama, ahora bajo las cobijas. Y a pesar de que sigue vestido, el contacto con su cuerpo grande y fornido me hace sentir tan intimidada, pequeña, como una avecilla que ha caído en las garras de una fiera. Estoy totalmente expuesta ante él; frágil... inocente... intacta. Me estrecha entre sus brazos e inevitablemente comienzo a temblar por las miles de emociones que me embargan en estos momentos. Es que jamás creí enamorarme así de un hombre mayor, porque esa es mi realidad: estoy completamente enamorada de él.
—¿Tienes miedo...? Estás temblando.
No consigo responder. No quiero que piense que estoy arrepentida y luego se marche de mi lado harto de mis indecisiones.
¿Sería capaz de hacerme algo así?
—Amanda... —Coge mi barbilla para que lo mire a los ojos, los suyos buscan con inquietud una respuesta dentro de los míos. —¿Tienes miedo de mí?
—Noo —le aclaro meneando frenéticamente la cabeza—. Estoy feliz de que estés aquí conmigo, pero también me siento nerviosa y... un poco intimidada por ti. Es la primera vez que...
—Lo sé, tranquila —susurra con suavidad para calmarme. Con su mano me insta a apoyar mi cabeza sobre su pecho para poder besar la cima de mi cabeza y acariciar mi cabello varias veces—. A pesar de que estoy loco por estar contigo no te forzaré esta noche. Me quedaré contigo hasta que te duermas.
No esperaba menos de él. Su respeto tiene tanto valor para mí, y en un acto de confianza lo rodeo con uno de mis brazos y me aferro a su costado esperando que Morfeo venga a buscarme, pero ¿Quién puede dormir en estas circunstancias? Por mucho que evitemos estar juntos, lo cierto es que nuestros cuerpos reaccionan a esta íntima cercanía y pronto el ambiente se vuelve eléctrico, intenso. Franco no necesita decirme nada porque su cuerpo ardiente habla por él y su corazón galopante grita su deseo sin cesar. El mío se une a esos enardecidos latidos con la misma intensidad o tal vez más.
Levanto la vista y sus ojos se apoderan inmediatamente de los míos. Lo que veo en ellos me deja sin aliento; su pasión me impacta de lleno y se arremolina en mi vientre. Franco desprende un aura varonil, de hombre experimentado y maduro que me cautiva por completo. Cada vez es más potente la atracción que ejerce sobre mí, igual que el Sol atrae a los planetas a su orbita y los hace girar a su alrededor, así estoy yo a su merced, girando entorno a él.
Somos el maestro y la aprendiz. La experiencia y la ingenuidad personificados.
Y no deseo aprender con ningún otro hombre lo que significa amar.
Se acerca lentamente a mi boca y se apodera de ella. Sus besos me saben a miel mezclado con fuego y su lengua inicia una danza excitante que incita mi pasión. Mi cama se llena de su intenso fuego que se mezcla con su aroma y sus suaves caricias van haciendo de mí una sinfonía vibrante en todo mi ser. Desliza su mano con delicadeza, y sabe muy bien como tocarme y despertar una exquisita oleada de placer que me recorre entera y me hace desear cada vez más. Se adueña de mis caderas, de mi cintura y de mi espalda, encendiendo todo a su paso y yo me arqueo involuntariamente ofreciéndome a él por entero. El fuego que nos une se enciende más que nunca, somos como dos volcanes a punto de hacer erupción. Se deshace de la ropa que estorba, y el contacto piel con piel es deleitoso, aumenta mi deseo por él. Acaricio su cuerpo y su cabello tímidamente mientras él sigue besando y acariciando el resto de mi piel que le faltó conquistar. Las caricias se vuelven cada vez más íntimas y exploran cada rincón de mi cuerpo y llegan a lugares recónditos e inexplorados. Su expertiz me lleva a niveles de placer que jamás imaginé llegaría a experimentar. Estoy cada vez más ansiosa por liberar esta tensión y me aferro desesperada a su cuello ahogando todos mis suspiros contra su piel. Es una súplica para que me libere de este delicioso tormento.
—Espera un momento, cariño. Aún no estás lista —me responde en un susurro ronco que hace vibrar mi corazón.
¿Acaso se puede experimentar más placer? Este momento se está convirtiendo en el más intenso de mi vida.
—Hace mucho tiempo que estoy deseando este momento, y ahora que te tengo entre mis brazos quiero disfrutar de ti sin apuros.
Su boca sigue saboreando cada parte de mí. Mi piel está altamente receptiva recibiendo cada mimo tierno y fogoso a la vez. Esa dualidad que muestra me fascina, me enloquece. Inesperadamente, sus brazos fuertes me rodean en un abrazo casi doloroso. Está como poseído por una intensa pasión y quisiera apoderarse inmediatamente de mí. Los movimientos de sus caderas se vuelven más exigentes e impacientes, en un deseo frustrado porque el roce íntimo de nuestros cuerpos no logran saciar nuestro anhelo.
—Me vuelves loco, Amanda —me susurra nuevamente—. Te deseo... te deseo tanto, como nunca he deseado a nadie.
Se acomoda entre mis piernas y poco a poco aumenta la presión exigiendo más entrega. Me tenso al instante y le prohibo el paso al misterio que guarda mi cuerpo. Su exigencia, aunque dulce y delicada, se vuelve dolorosa para alguien inexperta como yo. Franco me tranquiliza con sus dulces palabras:
—Tranquila, cariño. No seré brusco contigo.
Acaricia el contorno de mi rostro para tranquilizarme. Puedo apreciar el frenesí de su pecho en un sube y baja sin control. Me parece que su deseo es de fuerza tal, que quisiera salir en una fuerte explosión, pero él lo retiene y lo domina dentro de sí. Solamente la experiencia le ha dado ese nivel de autocontrol que demuestra delante de mí. Aprovecho la pausa para respirar y acostumbrarme a la sensación invasiva de su cuerpo. Tengo miedo de no poder soportar el dolor. Consciente de mis temores, Franco me guía poco a poco. Entre caricias y susurros tiernos me va indicando los pasos a una unión completa, de mente, cuerpo y alma. Cuando logramos unirnos por entero, mi corazón comienza a latir tan rápido como nunca antes había latido. Una mezcla de dolor y placer aumentan mi respiración y la vuelve frenética. Me debato entre el parar o continuar y clavo mis uñas en su espalda provocándole un ronco gemido de satisfacción. Se queda quieto, observándome con su intensa mirada y espera a que me tranquilice un poco antes de continuar. Aprecio su pecho desnudo sobre mí, parece tan fuerte y delicado a la vez, lo que aumenta mi placer. Se inclina para llenar de besos mi cuello y mi oreja, las sensaciones placenteras que me causa su boca vuelven a relajarme y a olvidarme del dolor. Instintivamente, me aferro a su espalda ansiosa por recibir más y más de él. Es como una especie de frenesí que no puedo contener, me domina y me envuelve el deseo que siento por Franco y aumenta a proporciones extraordinarias. Su cuerpo inicia una danza dulce y sensual, y a medida que mi cuerpo se adapta al ritmo del suyo, aumenta el compás convirtiéndola en una danza erótica llena de satisfacción y placer. De mi boca se escapan gemidos que encuentran eco en la suya, se funden y se mezclan en una melodía estimulante.
Mi cuerpo se ha adaptado rápidamente al suyo, convirtiéndose en un solo cuerpo que siente, un corazón que ama, que se entrega sin reservas.
—Franco... —Se me escapa su nombre enloquecida de placer.
—Eres mía... —me responde con ternura—, solo mía.
Ya con el éxtasis en el punto más alto, y enloquecidos los dos, estallamos juntos, henchidos de placer. Al instante, soy abducida en una espiral placentera, como si me transportara a otra dimensión. Es una sensación maravillosa y por mi cuerpo comienzan a recorrer miles de espamos vibrantes liberando placer en cada palpitar, que se van apagando lentamente. Franco se deja caer a mi lado, y en silencio aguardamos que nuestras respiraciones vayan encontrando su ritmo normal.
Son un poco más de las tres de la madrugada. Franco no me ha soltado y me mantiene aferrada a su costado como si fuera una extensión de él. Acaricia mi cabeza con dulzura y mete sus dedos entre mis cabellos para poder dibujar suaves circulos en la parte superior de mi cabeza. Yo hago lo mismo sobre su pecho fuerte y cálido. Hemos pasado de la vehemente pasión a una calma apacible, grata. Las sábanas están esparcidas por el suelo, no siento frío aferrada a su costado, el calor que emana su piel, es suficiente en estos momentos.
—Ha sido maravilloso... —el tremular de su voz interrumpe la quietud. Levanto la mirada para ver sus ojos, están llenos de ternura y complacencia. Acomoda mis mechones detrás de mi oreja, perfila mi mejilla con una dulce caricia y me sonríe con afecto.
—También lo fue para mí.
—¿De verdad? —pregunta con inquietud— ¿No fue demasiado doloroso para ti, cariño?
—Al principio sí. Luego tú ayudaste a relajarme. Gracias por ser tan considerado en todo momento.
—Era lo mínimo que podía hacer con alguien como tú. Tenía miedo de lastimarte..., desde que te conozco me inspiras tanta ternura y protección. Yo te agradezco por permitirme ser el primer hombre en tu vida. Este será un día inolvidable para mí.
—Lo será para mí, por ser mi primera vez..., —le respondo con una sonrisa nerviosa. No puedo reprimir las dudas que me invaden—. En cambio tú, has tenido más y mejores encuentros, que mi falta de experiencia pasará prontamente al olvido.
—Amanda, hacer el amor no tiene nada que ver con la experiencia. Es lo que sientes con esa persona lo que lo convierte en especial y mágico. La experiencia llega después. Y lo que yo he sentido contigo ha sido tan intenso, que no lo he sentido con ninguna otra mujer.
Sonrío gratamente halagada por sus palabras, me hacen sentir única y especial. Franco aprovecha la cercanía para besarme por enésima vez. He perdido la cuenta de todas las veces que me ha besado esta noche, pero él parece no aburrirse.
—¿Y a que crees que se deba? —le pregunto ansiosa por conocer lo que lleva guardado en su corazón.
—No lo sé, química tal vez...
¿Amor?
Su respuesta no me deja del todo contenta, pero no seré yo quien comience hablar de sentimientos el día de hoy.
—¿O será que estamos unidos por el hilo rojo? —sonríe divertido y me guiña un ojo.
—¿Cuál hilo rojo? —Lo miro confundida pensando que quizás sea un especie de amuleto y desde ahora debamos usar un hilo rojo los dos.
—¿Nunca has escuchado esa leyenda japonesa?
—No, nunca —¡Que torpe soy! Por un momento creí que hablaba de manera literal.
—Bueno, es una leyenda que dice que cuando dos personas están destinadas a estar juntas, las une un hilo rojo invisible atado en sus meñiques. No importa la distancia, el tiempo o la edad, algún día se encontrarán y ese hilo nunca se podrá cortar.
Eso suena más como a sentimientos, ¿O no? ¿Será una especie de confesión codificada?
—Es una leyenda muy romántica, ¿tú crees en ella?
—Nunca he creído en leyendas, pero desde hoy estoy comenzando a creer seriamente.
Nos echamos a reír divertidos. Mi corazón late de tanto amor por este hombre ¿es posible sentir tanta felicidad en un solo momento y con una sola persona?
—¿Tan especial soy para ti? —insisto en llevarlo por ese camino. Franco acaricia mi cabello y me mira extrañado de mi pregunta.
—¡Por supuesto que sí! te lo he dicho en varias oportunidades, pero parece que no me crees.
"Es que necesito que seas más claro conmigo, cariño", claro que estos pensamientos me los guardo para mí. No quiero que se sienta obligado a decir que me ama, quiero que le nazca de manera espontánea y sin presiones.
—No sé, es que... pienso que un hombre como tú debe conocer mujeres mucho más hermosas que yo.
—Amanda, basta con las inseguridades —me regaña con amabilidad—. Conozco a muchas mujeres, pero ninguna es como tú, y no tiene nada que ver con la belleza. Tú me gustas tal cual como eres, me hechizaste desde el primer día que te vi. Con tu rostro dulce y tierno, parecías una chiquilla ingenua y sencilla, que se mostraba tal cual era, reservando lo mejor en algún lugar dentro de ti, y que yo estaba loco por conocer. Y no me equivoqué, eres mucho más maravillosa de lo que pensé.
Si eso no es una confesión de amor, yo no sé lo que es. Aún así, ninguno de los dos pronuncia aquellas dos palabras que parecen estar vedadas para los dos. Por el momento, es todo lo que necesito oír. Luego de besarnos, me acomodo nuevamente en su hombro y nos quedamos en silencio disfrutando uno del otro en perfecta paz. A los minutos, levanto los ojos para mirarlo otra vez y comprobar que no estoy soñando, que realmente está aquí conmigo. Mi sonrisa se borra al notar que su rostro ya no es el mismo, tiene una expresión distinta, como pensativo o quizás preocupado, sus ojos vagan por algún lugar de la habitación. Mi alarma interna se activa al instante.
—¿Qué pasa? te ves preocupado...
—No, nada, cariño... No es nada.
Sus ojos perdidos regresan a los míos y sus labios dibujan un sonrisa débil, hasta podría decir que es de arrepentimiento. Tengo una extraña sensación, la misma que sentí aquella vez en el mirador al encontrarnos con Rubén, su amigo, pero no logro descifrar que es. Pronto la guardo en la cajita del olvido, Franco disipa mis dudas con sus besos y haciéndome suya una vez más.
Unos golpes en la puerta me despiertan súbitamente. Con un ojo entreabierto veo que es mamá la que acaba de entrar.
—¡Amanda! —exclama alarmada.
—¿Mamá? —Confundida, mi cerebro también despierta y me recuerda que no estaba durmiendo sola. Al borde de un ataque de pánico, mi cabeza da un brusco giro para mirar a Franco, él ya no está. Me regresa el alma al cuerpo, es la primera vez que siento tanto alivio de no verlo. Lo último que recuerdo, es que nos vestimos y ordenamos la cama porque nos estaba dando frío.
—Hija, ¿estás bien? No me digas que tienes fiebre otra vez. —Se apresura a tocar mi frente y cerciorarse por ella misma.
—¿Yo? No, mamá ¿Por qué? ¿Qué pasa? —Aliviada, me estiro dando un gran bostezo.
—Te hablé varias veces y no respondiste ¿por qué duermes hasta esta hora?
—Como... ¿qué hora es? —pregunto confundida.
"Discúlpame, mamá, pero vengo recién bajando del planeta del placer".
—Son las tres de la tarde, Amanda.
—¡Las tres! ¡¿Cómo que son las tres?!
Mamá toma el reloj de mi mesita y lo pone frente a mis ojos para que pueda verlo bien.
—¿Segura que te siente bien? Te ves desorientada.
—Sí, mamá, no te preocupes. Pasé tantos días durmiendo que anoche no tenía sueño y me puse a leer un libro hasta la madrugada.
"Un libro bastante apasionante e instructivo, debo decir".
—Como no respondías pensé que te había pasado algo. Ya, levántate y baja a comer.
—Bueno, me ducho y voy.
Ya sola en mi habitación cierro los ojos para poder recordar mi primera vez con Franco. Su aroma está por toda mi cama lo que me causa un inmenso placer. Tomo la almohada y me abrazo a ella aspirando su perfume con todas mis fuerzas. Quiero pensar que sigo con él y justo debajo aparece un papelito doblado, no hace falta más para despertar mi curiosidad, curiosidad que es recompensada porque hay algo escrito en el.
Perdóname por no despedirme, dormías plácidamente y no quise interrumpir tu descanso. No me quedé a tu lado para no correr el riesgo de que nos encontraran tus padres. Gracias por regalarme la noche más inolvidable de mi vida. Tu pequeño cuerpo, frágil entre mis manos, es como un dulce panal a mis labios.
tuyo FC
Pds.: nunca olvides que eres única para mí.
Estoy segura que en estos momentos ganaría el premio a la sonrisa tonta. Las comisuras de mi boca me duelen porque no puedo dejar de sonreír. Literalmente me voy flotando al baño. Me deshago de la nota haciéndola mil pedacitos y desechandola por el wc. Es lamentable pero debo borrar cada vestigio de mi relación con él. Quien lo diría, estoy irremediablemente enamorada de un hombre mayor.
Bajo la ducha, las cálidas gotas que me recorren entera, me recuerdan a las suaves caricias de Franco, y aunque amanecí adolorida por la primera noche de nuestra unión, se quedará grabada en mi memoria como la noche más maravillosa de mi vida, y que ansío volver a repetir. Mi amor por él se hace aún más fuerte. Lo amo con locura, más que ayer, y con cada fibra de mi ser.
El agua me sigue recorriendo incesante, como incensante está mi mente evocando y añorando sus besos apasionados, sus delicadas caricias, y su enloquecedora pasión masculina.
—Te amo, Franco. Y te amaré por siempre.