capítulo 19

4183 Words
—¡Alex, ya suéltame! ¿Estás loco o qué? —Lo miro confundida. Él ni se inmuta y me saca a la fuerza del lugar hacia un pequeño jardín que hay afuera. —¿Por qué ese idiota de Franco te estaba tocando? —escupe con rabia y sin anestesia. ¡Oh, rayos! Nos vió... Me quedo de hielo frente a él. —¿Qué? —Confundida, fingo no entender a que se refiere. —¡¿Desde cuándo dejas que ese tipo te toque?! —Se impacienta y alza la voz. Niego lentamente, estoy aturdida con este repentino interrogatorio. —¡Los vi, Amanda! vi como él te abrazaba y te tocaba la espalda con demasiada confianza. ¡Dios! no esperaba que Alex nos descubriera. No tengo ninguna excusa para darle. He quedado en evidencia delante de él y solo me limito a guardar silencio, incapaz de articular palabra alguna. Alex me observa con cara interrogativa, y busca en mis ojos la respuesta que me niego a pronunciar. Agacho la mirada avergonzada. —Amanda... —demanda insistente. Le responde un suspiro de frustración que se me escapa. —¿Acaso tú... estás con él? —pregunta con temor. Vuelvo a mirarle a los ojos resignada y él lo comprende de inmediato. Se agarra la cabeza con las manos como desesperado y la echa hacia atrás cerrando los ojos. —¡Noooo, Amanda! ¡¿Qué hiciste?! ¡Sabía que ese tipo quería algo contigo! Con una mano en la cabeza y la otra en la cintura me mira incrédulo, es incapaz de asimilar la verdad que acaba de explotar en su cara. Me siento una completa extraña ante él. —¡Estás loca! —No, no estoy loca, Alex —arrastro las tímidas palabras que salen de mi boca. —¿Y se puede saber hace cuanto que estás con él? —Casi un año... —¡¿Qué?! ¡Un año! Tú realmente te volviste loca. —Alex... —No, Amanda. Me has estado mintiendo todo este tiempo. Desde Septiembre del año pasado que estás con ese tipo. Osea, cuando estabamos terminando el liceo ¡¿Te das cuenta de todo el tiempo que ha pasado?! —¡Ya, baja la voz, por favor! si no te lo conté es precisamente por esto. ¡Mira como te pones! —¡Porque ese tipo no te conviene! te lo he dicho tantas veces, Amanda —exclama hastiado—. Es mucho mayor que tú, se está burlando de ti... —Al ver que no reacciono, grita haciendo grandes gestos con las manos—: ¡Abre los ojos, mujer! >, pienso con ironía. —Tú no sabes nada, Alex. —¿Y tú sí? ¿Hace cuanto que lo conoces? —articula desafiante y sus ojos me reprochan—. ¿Vas a salir con esas tonterías de que está enamorado de ti? ¿Qué habló con tus padres y se van a casar? —se burla con ironía. El silencio se hace pesado entre los dos. Me incomoda que me mire como si yo fuera la estúpida mas grande del mundo y me duelen sus palabras, pero no tengo defensa ante él. —Alex, por favor, trata de comprenderme. —Que quieres que comprenda, Amanda. Si casi llevan un año de relación y siguen a escondidas. ¿Qué quieres que piense de eso? Para mi está muy claro, eres tú la que no comprende. Al menos ya no me grita... Pasan unos minutos en silencio, sin que ninguno logre decir media palabra. —¿Estás, enamorada de él...? ¿Es eso? —pregunta con una mezcla de recelo y tristeza. Sólo me atrevo a asentir—. ¡Eres tan ingenua! —¡Ya, Alex, basta! ¡deja de recriminarme! Es mi vida, no la tuya. —Quiero que abras los ojos de una vez y te des cuenta de que ese hombre te está usando. —Tú no conoces a Franco. —¡Ay, por favor! —Me da la espalda con su risa irónica que ya me está cansando—. Vas a volver llorando arrepentida, te lo aseguro. —Ese será mi problema, no el tuyo, Alex. —Estás ciega, incapaz de... Sin esperar que termine la frase lo paro en seco. —¡Ya basta! No te metas en mi vida, ¡Yo no tengo porqué darte explicaciones! Me mira desilusionado y hace un gesto de desprecio. Da media vuelta y se va casi corriendo. —Alex... ¡Alex, espera! No se detiene ante mi llamado. —¡Rayos! —Un gran suspiro de frustración sale de mi boca. No puedo creer que esté pasando esto. La fiesta sigue alegre al interior y yo lo único que quiero en este momento es desaparecer. Vaya manera de terminar este día, que debería ser maravilloso de principio a fin. Me quedo un rato afuera inhalando y exhalando para calmar la tormenta que hay en mi interior. Adentro hay varios invitados cantando en el karaoke que se ha organizado. Me animo para regresar antes de que mis padres comiencen a extrañarme. Voy hasta la barra a beber otro jugo y Cristina se acerca a mi lado a conversar. Hace mucho que no me veía y desea saber que es de mi vida y me invita para que la visite más seguido en la oficina. Conversar con ella me ayuda a distraerme un poco. A mi alrededor, no hay señales de Franco, mucho menos de Alex. Estoy segura que mi amigo se fue muy enojado. Jamás pensé que reaccionaría tan mal. Cristina me invita a acercarnos al escenario junto a unas amigas, pero rechazo su invitación. Están coreando las canciones que se escuchan en el karaoke y riendo a carcajadas de cada desafinado que sube a cantar. Yo me quedo bebiendo mi jugo, dándole la espalda al divertido espectáculo y pensando que en estos momentos podría estar compartiendo con mi amigo. —¿Dónde estabas? Te busqué por todos lados. —Franco acaba de llegar y se sienta a mi lado. —Estaba afuera... —Respondo esquivando su mirada. De reojo veo que no pasa desapercibido para él. Me analiza con detención y se acerca discretamente para susurrar: —¿Te pasa algo? Te ves triste. —No puedo hablar aquí...—Le dirijo una mirada significativa y el asiente con la cabeza. —Está bien, me cuentas después. —De pronto se pone de pie y dice—: Bueno, tendré que hacer algo para cambiar esa carita. No me gusta verte así. Se aleja no sé a donde, y tampoco presto mucha atención. Estoy preocupada y paso varios minutos pensando en como voy a solucionar las cosas con Alex. Debe estar tan desilusionado de mí, es que me lo advirtió y yo no... —Que... esa melodía... ¡la reconozco!—. Me giro de inmediato hacia el escenario. ¡No puede ser! Me echo a reír excitada y me llevo una mano a la boca para disimular. Mi corazón está gritando de felicidad. Franco se ha subido al escenario y se dispone a cantar la canción que me dedicó Do I wanna know de Arctic Monkeys. Cuando se escucha su voz, las mujeres comienzan a gritar como si fuera un artista famoso. Y para ser sincera, estoy a punto de hacerlo también. Todos se giran para ver que pasa con tanto alboroto. Me siento atraída por él y busco un lugar más cercano al escenario, encuentro uno al lado de Cristina que me sonríe con amabilidad cuando me ve. La voz de Franco es grave y melodiosa. Se ha sacado la chaqueta lo que permite ver como su camisa se ajusta perfectamente a la forma de su cuerpo amplio y masculino. Este hombre derrocha masculinidad por cada poro de su cuerpo. Con un tono grave y sensual, igual que sus movimientos, canta como si llevara la vida en ello. Se desata la histeria, casi colectiva, de varias de las presentes. Una de las amigas de Cristina le pregunta quien es el bombón que se ha subido a cantar. Le responde que es el nuevo socio de papá. Es una de las pocas que conserva la compostura. Las demás se deshacen en elogios pero él sólo tiene ojos para mí. La letra es tan precisa y su melodía tan sensual, que siento que fue creada especialmente para mí, como si el mismo Franco hubiera puesto su esencia en ella. Me parece que me voy a las nubes y más arriba, hasta las estrellas. Me olvido de todo y sólo somos él y yo... y los gritos de la demás. Cuando termina la canción aplauden eufóricas, algunas hasta se levantan de su asiento pidiendo otra canción. —¡Preséntame a tu jefe, Cristina! —Le pide una de sus amigas con sonrisa provocativa. Son las secretarias de los socios de papá. —Ale, tú estás casada. —¡No importa! Con gusto me separo para casarme con ese bombón. —¡Preséntamelo a mí! yo estoy soltera —pide otra. —¡Ni crean que haré de cupido con ustedes! No tengo tanta confianza con él, y además, parece que tiene novia. —¿Cómo lo sabes? ¿La ha llevado al trabajo? —No, pero todos los días llama a una tal "cariño". La escuchan curiosas y yo me río para mis adentros. >. —Cuando habla con ella —prosigue Cristina—, su rostro se transforma, se ilumina. Yo creo que está enamorado porque no tiene ojos para nadie más. Hasta le mandó hacer una joya exclusiva. —¿Te la mostró? —No, sólo escuché cuando llamó para preguntar si estaba lista. Instintivamente llevo la mano a mi collar sonriendo complacida. Las palabras que ha dicho Cristina me llenan de felicidad. Desde que Franco ha llegado a mi vida todo es más hermoso. Las experiencias que vivo a su lado son satisfactorias y el amor me muestra su mejor cara. Me siento afortunada, a pesar de todo. Vale la pena estar a su lado. Y no soy la única que piensa igual, las amigas de Cristina están asombradas escuchando, como si él fuera un espécimen raro. Y al mismo tiempo, me incómoda que ella cuente tantos detalles e intervengo en la conversación: —Cristina, no creo que sea buena idea revelar los secretos de tu jefe. —Sí, lo sé, Amanda. Siempre soy discreta, pero cuento esto para calmar a este par de locas. —Las mira con reproche y yo suelto una carcajada involuntaria—. Estoy segura que irán detrás de él y no van a parar hasta meterse en su cama. —Las apunta con un dedo amenazante. Ellas en lugar de ofenderse se ríen maliciosamente. Las mujeres de hoy están más liberales, no me gustaría que ninguna de ellas ocupara mi lugar. Se me retuercen las entrañas tan sólo pensarlo. —¿Tú sabes quien es esa mujer misteriosa, Amanda? —insiste la amiga soltera. —Sofía... —amenaza Cristina. —¿Yo? —respondo inocente—. No. ¿Por qué iba a saberlo? Además, si lo supiera no diría nada. Cristina me mira y asiente satisfecha con mi respuesta. —¡Qué desilusión! Era obvio que un bombón como él no estaría soltero —se lamenta Sofía. —Afortunada la mujer que está con ese hombre y todas aquellas que han podido saborear ese bombón. —¡Ale, contrólate! ¿Qué va a pensar Amanda? Te recuerdo que es la hija del dueño —le advierte Cristina. —¡Uy! ¡lo siento, Amanda! Tú no dirás nada ¿cierto? —Las tres mujeres me miran preocupadas. —No, claro que no. Tranquila. —¡Oh, muchas gracias! Eres muy amable. Nosotras somos así, siempre estamos bromeando, pero nada es en serio. Cristina rueda los ojos y menea la cabeza. Decido quedarme con ellas así las vigilo de cerca, y debo admitir que me divierto bastante escuchando sus chistes en doble sentido y los graciosos comentarios que hacen de los invitados que suben a cantar. Conozco a la mayoría y varios están relacionados directamente conmigo, pero no puedo evitar reírme junto con ellas de los defectos que encuentran en ellos. Es la primera vez que me siento malvada. Cristina al parecer sigue preocupada, se acerca a mi oído y me dice con discreción: —Lamento que tengas que escuchar tantas tonterías. —Tranquila, Cristina. —Apoyo una mano en su brazo y le sonrío con amabilidad—. No me molesta. Me he divertido mucho con ustedes y no le diré nada a mi padre. —¡Qué alivio! Estaba preocupada. Y sobre lo que dije de don Franco... yo no acostumbro a ventilar las intimidades de mis jefes. —Lo sé, Cristina. Te conozco. Por eso me llamó la atención que dieras tantos detalles. —Lo creí necesario, don Franco es un hombre muy atractivo y sé como son mis amigas. Serían capaz de llegar hasta la misma oficina, con tal de encontrar una oportunidad con él y comprometerían mi trabajo. Si saben que él esta interesado en otra mujer desistirán. No llegan tan lejos, son locas, pero no bobas. —Entiendo, tampoco diré nada de eso. ¡Creo que amo a esta mujer! Está cuidando de mis intereses sin saberlo. Si supiera que aquella mujer que Franco llama "cariño" soy yo, se iría de espaldas con silla y todo, al más puro estilo de Condorito. —Gracias, Amanda. —Suspira aliviada—. Me has quitado un peso de encima. Eres como tu madre. Igual de sencilla y bondadosa. —Me sonríe con afecto y gratitud. Poco a poco los invitados se van retirando. Me despido de Cristina y sus amigas y busco a mi primo para volver a casa. No lo encuentro y voy con mamá que está hablando con Franco. —Mamá ¿Y mi primo? No lo encuentro. Franco me mira discretamente bebiendo un sorbo de su copa. —Se tuvo que ir antes. El pequeño se quedó dormido. —¿Y ahora con quién me voy? —En el auto de tu padre estamos llenos. Tendrías que esperar que se fueran todos y hacer dos viajes. Antes no se puede, debemos despedir a los invitados. Resoplo agotada y asiento resignada. No me queda de otra, porque irme en bus vestida así ¡Ni pensarlo! —Yo la puedo llevar —Franco nos interrumpe y ambas giramos en su dirección. Aprovecha la ocasión, ¡Viejo zorro! —¿De verdad, Franco? ¿No te molesta? —pregunta mamá. —Por supuesto que no. Hay espacio en mi auto. —¿Qué dices tú, Amanda? Ambos me observan esperando mi respuesta, por supuesto que no desaprovecharé la ocasión para estar con él. —Sí, está bien para mí. —Pues entonces yo la llevo, señorita. —Me guiña un ojo sonriendo. —¡Muy bien! me quedo mas tranquila si va contigo, Franco. Si supiera mi madre que me deja en las manos del lobo feroz... y que caperucita quiere ser devorada. —¿Nos vamos? —sugiere él. —Sí. ¿Me esperas un momento? Le avisaré a papá y nos vamos. —Por supuesto. Le doy un beso a mamá y luego voy a despedirme de mi padre. No sé de donde saca tanto tema para hablar con sus invitados. —Papá, ya me voy. —¿Con quién te vas? Tu primo ya se fue. —Franco se ofreció a llevarme. Me mira con recelo y luego asiente. —Bueno, nos vemos en casa. En el estacionamiento, Franco abre mi puerta para que pueda subir y después se sube él. Al poco andar se desvía de la ruta a casa. —¿A dónde vamos? Este no es el camino a casa. —Discúlpame, preciosa. Te llevo a la mía. Quiero que me cuentes porqué estabas triste y de paso estar a solas contigo. Estoy loco por besarte. Río complacida. Yo también deseo estar a solas con él. —¿Y si mis padres regresan a casa y se dan cuenta que no he llegado? —No te preocupes, cariño. Será solo un momento. Además, tus padres estarán un buen rato ocupados en la fiesta. —Está bien "bombón". —¿Bombón? —me mira de reojo extrañado. Le sorprende que lo llame así. —Sí, es tu nuevo apodo... causaste furor entre las mujeres con tu intervención. Se echa a reír y ladea la cabeza como avergonzado. El vehículo se llena de ese dulce sonido que es su risa. Las mariposas excitadas revolotean por todas partes de mi cuerpo. Qué mariposas tan indecentes. —Sí, me di cuenta. Creo que no fue una buena idea. Me quedo en silencio deliberadamente y Franco comienza a dar pequeñas miradas hacia mí. Está sondeando mi reacción, y al ver que sigo callada, deja de sonreír y dice con seriedad: —Sólo deseaba animarte. Ni siquiera lo pensé antes de subir —explica con mucha cautela. ¡Como me gusta pincharle! Espera mi respuesta un tanto preocupado mirando por el rabillo del ojo varias veces—. Amanda, ¿Te enojaste? Decido no hacerle sufrir más. No quiero que piense que soy veleidosa. —¿Enojarme por ser guapo y sexy? Claro que no. No hay mujer que se resista a ti. —Le regalo una hermosa y sincera sonrisa. —Tú has sido la única que se ha resistido. —confiesa con diversión y luego alza una ceja presuntuoso—. Pero yo soy perseverante cuando se trata de conseguir lo que deseo. —No tengo dudas de ello y en el trabajo eres igual. Me responde con un asentimiento de cabeza y añade: —Me alegra saber que no eres de esas mujeres celosas. —Suspira aliviado. ¿Con cuántas mujeres celosa habrá estado que reacciona de esa manera? —Mientras tú no me des motivos no seré celosa. Además, no puedo prohibirles a las demás que te admiren. —Entonces... ¿Te gustó? —espera mi respuesta expectante. —¡Mucho! Me hiciste llegar al cielo y estoy segura que no fui la única. —Me conformo con que te haya gustado a ti. —Su sonrisa ahora es amplia y sincera. Me mira brevemente y guiña un ojo satisfecho. —Debo decir que estoy muy sorprendida por lo bien que lo haces. ¿Estudiaste canto o algo así? Tu voz es hermosa y afinada. —No, nunca. Es mi talento oculto. ¿Otro más? Es un hombre de sorpresas... muy satisfactorias sorpresas. —Algunas de las mujeres deseaban conocerte. —¿Qué? —exclama alarmado. —No te preocupes. Cristina se encargó de ellas. —¡Uf! Que alivio. No me gusta lidiar con ese tipo de mujeres. Cristina es una muy buena secretaría en la que se puede confiar. —Totalmente. Ella es siempre discreta. Hemos llegado a la casa de Franco. Me bajo del auto a penas se estaciona. Nunca me cansaré de admirar este bello lugar, lleno de naturaleza y flores. El interior de la casa está perfectamente ordenada. Franco me invita a pasar a la sala. —¿Deseas tomar algo? —ofrece. —No, gracias. Tomé varios jugos en la fiesta. —Amanda, antes que lo olvide, quiero que tengas esto... —Saca dos llaves de su bolsillo, una roja y otra azul. —¿Y eso? —Son las llaves de la casa. Quería dártelas hace días, pero no había tenido la ocasión. La azul es del portón de entrada y la roja de la puerta principal. Las tomo de su mano algo indecisa y confundida. —¿Por qué me las das? No entiendo. —Nada en especial. Pensé que, tal vez, te gustaría venir a dibujar el jardín o los alrededores. Sé cuanto disfrutas con ello así que, eres libre de venir cuando quieras. La mayor parte del tiempo está solo, excepto los lunes y viernes en la mañana, que es cuando viene la persona que hace el aseo. —Que lindo gesto de tu parte. Gracias por la confianza. —Le sonrío agradecida y él viene hasta mí para abrazarme por la cintura. -A ver, ahora cuéntame porqué estabas triste en la fiesta. Me dejaste bastante preocupado. -Su tono es tan dulce, que me provoca comérmelo. Franco se preocupa hasta el más mínimo detalle de mí. ¿No es eso encantador? Me enamora más de él. -Alex se enteró que estamos juntos. -le suelto sin rodeos. Franco me contempla divertido. -¿Y cómo se enteró? -Nos vio bailando. Toma un mechón de mis cabellos despreocupado y juguetea enrollandolo en su dedo. -¿No te preocupa? -No, en lo absoluto. Todo lo contrario, me complace. Pero viendo tu cara parece que no se lo tomó muy bien. -¡Para nada! reaccionó muy mal. -Por supuesto, porque está enamorado de ti. -¡No, Franco! ¡Nada que ver! -Me suelto de sus brazos molesta y me apoyo sobre el bahuit caoba unos metros mas allá. -Está bien, no insistiré con ese tema. Ya te darás cuenta por ti misma Suspiro frustrada y lo miro irritada. -¿Te dijo cosas muy horrendas de mí? -Ladea la cabeza interrogativo-. ¿Qué soy un monstruo perverso que se quiere aprovechar de ti? -Se acerca imitando a un animal salvaje a punto de devorarme. Por alguna razón, mi mal humor desaparece al instante y le sonrío divertida. -Algo así. -¿Qué fue lo que te dijo exactamente? -Que eras harto mayor para mí y no me convenías. Que te estabas aprovechando, y que como era posible que llevaramos tanto tiempo juntos y aún sigamos a escondidas. Que eso no era un buen indicio. -Y tú le creíste -afirma con el rostro preocupado. -No, no le creí, pero... -Dudaste. -No... no lo sé... estoy confundida -inmediatamente desvío la mirada avergonzada. No puedo ignorar que Alex tiene un poco de razón. -Amanda, yo no tengo ningún problema en contarles a todo el mundo que estoy contigo, pero he evitado hacerlo porque no creo que estés dispuesta a enfrentar la reacción de tus padres. -Toma mi barbilla suavemente para que lo mire a los ojos, no necesito más para caer rendida a su pies-. Pero si lo deseas, puedo hablar con ellos hoy mismo. Analizo en silencio la reacción de mis padres. Quizás mamá logre comprender, pero papá... él es demasiado aprehensivo conmigo y mas aún en temas de hombres. Pensará que Franco solo quiere aprovecharse de mi "inocencia" y querrá separarnos de inmediato, y hasta puede que termine la sociedad entre ellos dos. Y no, no quiero ser la causante de su fracaso laboral. -No, prefiero no arriesgarme. Es mejor que mantengamos nuetra relación en secreto. -Entonces, dile a tu "amiguito..." -Alex, Se llama Alex -lo interrumpo. -Dile a "Alex" que mantenga la boca cerrada. ¿O prefieras que se lo diga yo? -No, sé lo diré yo. Estoy segura que él no dirá nada. -Eso espero. -En un segundo, el color de sus ojos cambia. Se vuelven intensos, seductores e intimidantes. Apoya las palmas de sus manos en mis caderas y sube lentamente hasta mi cintura. El deseo se concentra en mi vientre y hace palpitar furioso a mi corazón. Susurra sus palabras mientras acaricia mi rostro con su nariz-: ¿Sabes lo encantadora que te ves con ese vestido rojo? casi me vuelvo loco cuando te vi llegar. -Pues yo sentí lo mismo cuando te subiste al escenario. Me besa suavemente y guía sus manos hasta mis piernas. Las mete por debajo del vestido y vuelve a subir, pero ahora tocando mi piel, tan sensible a él. Intento resistirme frenando sus manos con las mías, no podemos retrasarnos. -Franco... tengo que volver... -Cierro los ojos cautivada y el susurra en mi oído. —No me detengas, por favor. Estoy loco por estar contigo otra vez... —me suplica con la voz ardiente. Y no hace falta más... lo rodeo con mis brazos atrayéndolo hacia mí. Me sube al bahuit y suavemente me quita la ropa interior. -Franco... -murmuro. Mi voz suena más a una suplica para que continúe, que una petición para que se detenga. Sus besos y sus caricias encienden el fuego de nuestra pasión y lo que comenzó sobre el bahuit, Franco lo termina sobre el sillón. (...) Estas últimas semanas he intentado comunicarme con Alex sin éxito. No responde a mis llamadas menos a mis mensajes, incluso fui a su casa y se negó a recibirme. En el preuniversitario me ignora por completo en cuanto me ve. Y si coincidimos en alguna clase, se sienta al otro lado de la sala, bien lejos de mí. De verdad no entiendo su actitud. Comprendo que esté enojado por haberle mentido tanto tiempo, pero ¿A ese extremo? Sigo pensando que su actitud es exagerada e infantil. Sin embargo, no me daré por vencida y no dejaré las cosas así. Insistiré hasta que acepte hablar conmigo. Como que me llamo Amanda Fernández.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD