Recuerdo la primera vez que vi a Alex; fue en el jardín de niños. Eran los primeros días y yo aún no lograba hacer amiguitas con quien jugar. Pasaba el tiempo observando en silencio como todos jugaban. Y no me atrevía a acercarme. Hasta que un día un niño me dijo, —Oye, niña. ¿Juguemos?—. Dos ojos redondos me miraban, con su cabecita llena de rulos y pecas en su rostro. Traía una pelota en sus manos. Desde ese día no nos separamos más. Alex me llevaba a todos lados de la mano y me defendía cuando alguien me molestaba. Siempre ha sido como un hermano mayor y nuestros padres se hicieron amigos gracias a nuestra amistad.
Amigas he tenido pero muy pocas, siempre le he dado la preferencia a él, y como acostumbro a ser una chica más bien solitaria, nunca me ocupé de cultivar una amistad con una mujer. Alex era suficiente para mí. En la adolescencia, Alex se encargó de espantar a cualquier chico que se me acercaba. Se tomó su papel de hermano mayor (postizo) muy en serio. Ya después nadie se atrevía a acercarse por su culpa y cuando quería estar con un chico que me gustaba debía ser a escondidas. Nunca iba mas allá de un par de besos porque Alex siempre me descubría. A él le debo todos estos años de soltería. Nunca me molestó su actitud, todo lo contrario, me parecía tan tierno de su parte que siempre me protegiera. Tampoco sentí algo lo suficientemente fuerte por alguien, así que, dejaba que se entrometiera. Su amistad y aprobación eran más importantes para mí. Eso, hasta que conocí a Franco... Las cosas cambiaron. Ya no me parece tierna su actitud y menos que opine sobre mi vida amorosa. Aún así, Alex sigue siendo importante para mí. No como Franco, claro está, que rápidamente se ganó un lugar muy importante en mi corazón.
¡No desecharé tantos años de amistad. Estoy decidida a hablar con Alex sí o sí y no me iré de aquí hasta conseguirlo!, me repito mentalmente frente a su puerta y luego presiono el timbre con coraje.
—¡Amanda!, adelante, pasa.
—Hola, tía. Gracias... ¿Está Alex?
Titubea por unos segundos y me mira en silencio.
—¿Sabe Alex que vendrías hoy?
—No, no sabe. Pero yo necesito hablar con él.
Se cruza de brazos analizando la situación, hasta que decide.
—Está bien, te dejaré subir. Alex ha estado muy deprimido estas semanas y ya no quiero verlo así. Arreglen sus problemas por favor.
Mi corazón se enconje cuando escucho sus palabras y asiento decidida y esperanzada.
—Sí, tía. Por eso estoy aquí.
—Me alegra saberlo. Sube, está en su pieza.
Al llegar a su puerta suelto todo el aire que venía reteniendo y toco suavemente... Alex viene a abrir y se queda sorprendido cuando me ve.
—Hola... —saludo.
La comisura de su boca hace un minúsculo movimiento hacia arriba, casi imperceptible, pero se da la vuelta dándome la espalda y dice:
—Pasa...
Entro con mucha cautela y sin hacer ruido. Está ordenando sus cosas sobre el escritorio. Lo miro por unos segundos intentando ganar coraje para hablar con él.
—¿Estás ocupado?
—No, ya estaba terminado de estudiar... —habla sin mirarme, los segundos pasan con toda calma.
¡Uf! Qué difícil es esto. No sé como comenzar y Alex no me ayuda mucho que digamos. Actúa como si yo no estuviera presente, cierro la puerta detrás de mí.
—Alex..
Deja lo que estaba haciendo y me mira... ¡Al fin! Sus facciones están relajadas y espera a que hable. De a poco voy domando a la bestia.
—Hasta cuando me seguirás castigando. Yo sé que me equivoqué, créeme si te digo que yo luché contra mis sentimientos, pero fue más fuerte que yo. El amor es así, te enamoras y nadie puede evitarlo... ni siquiera uno mismo.
—Sí, Amanda. Yo sé... he estado pensando y, creo que exageré... como tu amigo necesitas mi apoyo y mi consejo, y no que te recrimine por lo que haces y lo que sientes.
Le sonrío benevolente y me acerco a él con los brazos extendidos. Acepta mi abrazo de reconciliación y nos quedamos así unos segundos.
—Ya, Alex. Me estás asfixiando —bromeo.
—Tonta. —Me tira un mechón con suavidad.
—¿Por qué no salimos un rato a divertirnos? —le propongo
—Sí, buena idea. Déjame terminar aquí y vamos.
—¡Súper! —Me siento en su cama, mientras el va de allá para acá ordenando cuadernos, libros y guías de estudio. Cada vez falta menos para rendir las pruebas de admisión, y el estrés va en aumento.
—¿Y Franco?
La pregunta de Alex me toma por sorpresa. Estoy segura que no le interesan los detalles de nuestro romance, así que me limito a responder sólo lo que me pregunta.
—Eh... en el trabajo.
—¿Y se ven todos los días?
—No, cuando podemos. Trabaja harto en la oficina así que...
—Claro... —No me mira al hablar, está incómodo ordenando sus cosas—. Haré un esfuerzo para aceptar a tu "noviecito".
—No es tan difícil. Te agradará.
—Ya veremos... —replica escéptico—. Lo importante es que te cuides, Amanda. Y que tu primera vez no sea con él —me aconseja mientras está de espaldas guardando los libros en la repisa.
Ups, huelo a problemas.
Estoy a punto de decirle que con quien más si no es con él. Y que no tiene derecho a entrometerse en mi sexualidad, pero prefiero callarme y evitar discusiones.
Alex capta enseguida mi silencio repentino y se gira bruscamente. Sus ojos son verdaderos rayos x escaneando mi semblante. Está buscando algún gesto que le diga que no debe preocuparse al respecto y al notar que no le demuestro ninguno, suelta una risa nerviosa como si se tratara de una broma de mi parte, pero al ver que yo continuo seria, su risa se borra instantáneamente.
Después de un año de relación, ¿Que esperaba?
—Espera... no me digas que, ¿Tú y él...?
Muevo la cabeza afirmativamente y su rostro se desfigura en una mueca de dolor. Sus ojos toman un brillo extraño. Me levanto preocupada y me acerco a él.
—¿Alex, qué te pasa?
Cierra los ojos apretando la mandíbula con fuerza y niega con la cabeza. Lo miro pasmada por su reacción, pero me sorprende más cuando suelta:
—¡Ándate!
¿Qué? Esto tiene que ser una broma.
—¿Perdón? ¿Me estás pidiendo que me vaya?
Hace un gesto afirmativo con la cabeza, ni siquiera es capaz de hablar. Lo contemplo confundida.
—Alex, ¿Tanto te afecta?
Sin responder, se dirige a la puerta y la abre para que yo salga. ¡Alucino!
—Amanda, ándate —intenta sonar calmado, pero logro distinguir la impaciencia en su voz.
Me niego a irme de esta manera, dejando las cosas así. Lo observo desde mi lugar sin la mas mínima intención de avanzar. Alex está tan incómodo que da un giro dándome la espalda. Aguanta la presión con dificultad. Pone una mano en su cintura y suelta el aire contenido con los ojos clavados en el techo.
—¡Amanda, ándate! —ordena.
No me atrevo a decir ni media palabra. Salgo de su habitación y apenas pongo un pie afuera, cierra la puerta detrás de mí. Alex últimamente se comporta de una manera tan extraña. Afectada y desconcertada por su comportamiento, apoyo la cabeza en la puerta y cierro los ojos para intentar calmarme antes de bajar. De repente escucho como unos leves sollozos dentro de la habitación, —¿Está llorando?—. Apoyo mi oreja en la puerta para escuchar mejor. No sé si este método funciona, pero de todas maneras lo intento. Se escucha un poco mas claro; Sí, son sollozos. —¡Ah, no! No pienso irme dejandolo en este estado—. Entro sin avisar y lo que veo a continuación me parte el corazón. Alex está sentado en el suelo con la cabeza entre las rodillas. Cuando me siente entrar se sorbe los mocos intentando disimular, pero ya es tarde.
—Amanda, te dije que te fueras.
—No, ni creas que te dejaré en este estado. —Me acerco hasta él y me arrodillo a su lado con cautela. No quiero alterarlo—. Alex, por favor dime que te pasa. Estás llorando, ¿Realmente te afecta tanto mi relación con Franco? —¡Nada!, sin respuesta alguna. No ha levantado la cabeza de entre las rodillas—. No me iré de aquí hasta que me digas de una buena vez que te pasa.
Alex se levanta y camina hacia la ventana, sin decir nada. ¡Su mutismo me mata! Quisiera sacudirlo para que hable de una vez por todas.
—Alex... —insisto amenazante. Se gira hacia mí y me enfrenta. Sabe que no me rendiré. Con pesar puedo advertir el tono rojizo en sus mejillas y en sus ojos.
—¿Aún no lo entiendes...? —reprocha dolido.
—No, tú sabes que yo no sé leer entre líneas y debes hablarme claro. De otra manera jamás voy adivinar lo que te pasa.
Silencio del otro lado. Tendré que sonsacarle las palabras.
—¿Sigues insistiendo que Franco es una mala influencia para mí?
—¡No, Amanda! ¡No es eso!
—¡Entonces dime que es porque no te entiendo, Alex! —le suplico y me acerco a él para acorralarlo. No intenta huir esta vez y clava sus ojos directamente sobre los míos. Ellos hablan antes que su boca, pero yo no entiendo su lenguaje.
—¿Por qué lloras?
—Porque estoy enamorado de ti.
¿Qué?
—Alex, tú no... —¡Ay, no! ¡No,no,no! Esto no es verdad, tiene que ser una broma. Alex no puede estar enamorado de mí. Es mi amigo. ¡Siempre hemos sido como hermanos! Es imposible que esté enamorado de mí.
No, me niego a creerlo.
Todos los pensamientos se acumulan en mi cabeza, uno tras otro. Esta declaración es como una gran bofetada y sólo atino a contemplar a Alex petrificada. Abro y cierro la boca varias veces pero no sale ningún sonido de ella. Mis ojos comienzan a deambular en diferentes direcciones, busco la manera de asimilar todo esto, pero es totalmente inverosímil. Vuelvo a fijar mis ojos en él y niego levemente con la cabeza.
—No... eso no es verdad.
Alex suelta una risa irónica.
—¿Qué? ¿te parece tan estúpido que me enamore de ti?
—No estoy diciendo eso...
Se da media vuelta para que no vea su rostro avergonzado y se seca las lágrimas otra vez. Me siento cucaracha.
¡Estúpida, estúpida, estúpida!
¡Cómo no me di cuenta antes!
Las palabras de Franco vienen a mi memoria —Está enamorado de ti—. Las insinuaciones de mamá, los chistes que hacía papá y los demás. ¿Todos se dieron cuenta menos yo?
—Alex... yo no lo sabía... —me excuso. No me responde y sigue de espaldas—. Tú nunca dijiste nada. Siempre estabas jugando y haciendo bromas en ese sentido, no pensé que...
Se da la media vuelta y me mira fijamente para que comprenda. De pronto caigo en la cuenta.
—Tú no jugabas —adivino—. No eran juegos para ti.
—Era mi manera de decírtelo.
Cierro los ojos y un dolor intenso se apodera de mi corazón. Me siento tan idiota.
—Yo quería ser el primero en tu vida en todo. Esperé pacientemente que te dieras cuenta, pero apareció Franco y me arrebató todo. Ahora sólo tienes ojos para él.
Quisiera decirle que yo nunca le he pertenecido y que sólo lo quiero como a un amigo, un hermano. Pero sé que eso lo herirá más.
—¿Por qué nunca me lo dijiste, Alex?
—Lo intenté muchas veces, Amanda. Y no pude. Pensé que si te lo demostraba de otra manera tú te darías cuenta, pero no fue así. Estabas demasiado ocupada pensando en ti misma y en tus propios sentimientos... No todo se trata de ti ¿Sabes? No eres el centro del universo, los demás también tenemos sentimientos. Y tú deberías ser consciente de eso.
Las palabras de Alex se clavan como un puñal en mi corazón. ¿Cuándo fue que me convertí en un ser tan despreciable y egoísta? Ni siquiera me di cuenta. Y ahora me duele tanto verle en ese estado.
—Alex, perdóname por favor. No fue mi intención hacerte daño. Nuestra relación siempre fue de amistad y nunca se me pasó por la cabeza que había algo más. —Avanzo hacia él, pero retrocede y me rechaza. En mi garganta se forma una piedra dura de tragar—. Por favor, Alex. No hagas esto, tienes que entenderme.
Niega con la cabeza.
—Vete, Amanda. Ya no te quiero ver.
Mis ojos se llenan de lágrimas y doy un gran suspiro para contener el llanto que amenaza con salir. Tiemblo, conteniendo estas intensas emociones y lo vuelvo a intentar:
—Alex, por favor, no terminemos así —le suplico con un hilo de voz.
—¡No, Amanda! ¡Dije que te fueras! —se rehusa duramente y salgo a toda prisa de su habitación. Bajo las escaleras corriendo y me apresuro a llegar a la puerta. La mamá de Alex pregunta preocupada:
—¿Qué pasó?
No me detengo y sin mirarle salgo a toda velocidad porque las lágrimas inundan mi rostro sin cesar. Por suerte, al llegar a casa no me encuentro con nadie. Subo rápidamente a mi cuarto y cierro la puerta. Es todo lo que necesito para dejar salir lo que tengo acumulado dentro de mí. El dolor es tan intenso que me doblo y lloro sin consuelo.
Acabo de perder a mi único amigo, mi querido Alex.