—Yo... Yo, me he ganado una beca para la universidad —. Masculló débilmente, su mirada fija en el piso y su cabeza gacha eran la prueba de cuan asustado estaba. De pronto, a causa de las fuertes emociones su aroma se desprendía sin poder controlarlo. Ahora su miedo se impregnaba en el ambiente.
— Ya deja el miedo de lado Manuel, son tus últimos minutos en casa y estás apestando el ambiente con tu olor— arrugó su nariz con notable fastidio—. Puedes irte, yo no te voy a detener. Sabes perfectamente que me importa una mierda lo que te pueda pasar. ¿Lo sabes, cierto? —De manera amenazante el hombre se incorporó levantándose de la cama con brusquedad—. Pero hay cosas que no pueden cambiar, cosas, que no cambiarán jamás—. Alzó una de sus cejas con sorna mientras le taladraba con la mirada—. En vacaciones y fines de semana largos te quiero acá, por tu bien espero a que acabes mis ordenes.
— ¿Y si me rehúso a obedecer tus ordenes? ¡Ya soy mayor de edad, nada me ata a esta casa, no volveré a este puto infierno!—Alzó la mirada enfrentando la del mayor. Sus ojos oscuros reflejaban desición.
—El día que no cumplas, será el día en que te buscaré y te aseguro que será el peor día de tu vida. No tientes tú suerte, tampoco mi limitada paciencia—, le cogió de los brazos con violencia—. Ya sabes, no creo sea necesario repetir las instrucciones una vez más. Eres bastante astuto cuándo te lo propones—. Su comentario soez culminó en una burlesca carcajada. Soltó los brazos del chico y se sentó en la cama mientras vulgarmente se acariciaba la entrepierna—. Eso sí, antes de que te vayas podrías hacerme un poco de cariñito. Ya sabes, dicen que una buena mamada ayuda a lidiar con el estrés—. Mantenía aquella mirada de superioridad que tanto irritaba al menor.
Manuel se mantuvo quieto, procesaba lentamente cada palabra dicha por el mayor. Desvío la mirada y apretó los ojos con fuerza, se sentía tan jodidamente humillado, denigrado y sin valor. Pedro mantenía su socarrona sonrisa y sin despegar la mirada del alfa menor fue retirando su cinturón para luego desabotonar su pantalón, terminando por bajar la cremallera.
Resignado, el chico avanzó hasta la cama. Sin decir nada se colocó en cuclillas acomodándose entre las piernas del mayor. En ningún momento alzó la mirada, sus movimientos eran rígidos y mecánicos como si de una máquina programada se tratara.
—Tu puta boca es tan jodidamente caliente—. Mencionó entre gruñidos—. Pero estamos apurados, Teo puede llegar en cualquier momento. Vamos a tener que apurar el trámite.
Las lágrimas se desbordaban por la cuenca de sus ojos, las nauseas que lo invadían en ese momento lograban revolver su estómago. Por suerte pasarían meses antes de que ese hombre volviera a poner sus sucias manos sobre él, podría descansar de sus abusos y quizás, con suerte, reponerse psicologicamente.
Pedro, hubiese podido continuar todo el día de ese modo, profanando la boca del chico al cual vio crecer, hijo de la mujer a la cual supuestamente amaba. Sin embargo, sentía un deseo incontralable por ese alfa fallado. Por años esperó a que se presentara como omega, por que anhelaba encajar sus colmillos en el cuello del chico y reclamarlo como suyo. Grande fue su decepción cuando el Manuel se presentó como un alfa. Disgustado apartó al muchacho y arregló con prisa sus pantalones de vestir, para luego arrojar un par de billetes sobre la cama.
—Ahí está tu propina por ser tan servicial— ríe socarronamente para luego darle algunas palmadas en la espalda—, ahora toma tus porquerías y lárgate de mi casa. Iré a fumar un cigarrillo, cuando termine no quiero encontrar siquiera un rastro tuyo—. Salió de la habitación y azotó con brusquedad la puerta al cerrarla.
Manuel se levantó rápidamente del piso y corrió al baño encerrándose en este. Se arrodilló junto al retrete e hizo arcadas hasta lograr vomitar. Sentía un asco inmenso y el estómago se le revolvía, sin mencionar que la mandíbula le dolía demasiado y su garganta se sentía irritada. Siempre era lo mismo, en cada encuentro buscaba la forma de lastimarlo, como si el solo hecho de forzarlo y humillarlo no fuera suficiente.
Se levantó del piso y con desesperación lavó sus dientes, acción que repitió una y otra vez hasta que sus encías sangraron. Lavó su rostro, se ordenó un poco el cabello con las manos y salió del baño, hace muchos años que no se atrevía a observar su reflejo en un espejo, sentía asco y vergüenza de si mismo. Se encontraba feo y por demás desagradable, sus compañeros del instituto a diario se encargaban de recordarte cuan patético era.
Cogió el dinero de la cama, después de todo se lo ganó con creces y no estaba en la posición de regodearse. Observó por última vez la que por diecisiocho años fue su habitación, se echó el bolso al hombro y abandonó con prisa las instalaciones. Para su buena fortuna no se cruzó con Mateo, no creía tener la entereza para mirarlo a los ojos y decirle adiós, sin dudas terminaría derrumbándose. Estaba seguro que si el moreno le cuestionaba se quebraría frente a él. Por nada del mundo permitiría que se enterase de tan horrible aberración.
Una vez en la calle recibió un mensaje de Pedro, con un escueto "buen viaje, cachorro". Alzó su rostro al cielo y sonrió, una sonrisa pequeña, pero cargada de frustración y rabia contenida. Cerró los ojos y respiró profundo, inhalando el aire fresco de la tarde. Era libre, al menos por un par de meses lo sería. Ya más calmada y empapado de un potente sentimiento de libertad se alejó de su hogar, dejando años de dolor atrás, con la esperanza de ser feliz latente en su maltrecho corazón.