III LA DOCTRINA DE CONFUCIOTenzin atravesó el umbral y al instante una voz madura y pausada se hizo audible. «¡Hang Ling-su, vamos, date prisa!», decía esta con urgencia, «no tenemos todo el tiempo del mundo». Tenzin miró a su alrededor con cierta precaución y acto seguido se detuvo. ¿Dónde estaba? Había entrado en la caitya, sí, pero esa voz no se podía asociar en modo alguno con ella. ¿Dónde estaba Mipam? Y el ruido del molino de oración de Onpo, ¿qué había pasado con él? Se dio la vuelta y se fijó en que aquellas paredes no pertenecían al monasterio y de que la puerta que daba a la calle tampoco era la de la caitya. «Venga, Hang Ling-su, no nos hagas esperar más. Tendrías que haber estado aquí el primero», volvió a insistir la voz varonil, «tú eres el principal interesado». Tenzin aguz

