—Jamás pensaría eso —aclaró el padre de Hang—, desde que tengo memoria he visto cómo los adivinos resolvían estos asuntos. He de decir que nunca erraron ni dejaron su trabajo a medias. —Lo haremos con las tortugas —añadió después el vidente—, pero necesitaré otro candil. Hang se levantó con urgencia y salió a buscar otra luminaria. Regresó con tal rapidez que el adivino todavía andaba buscando en el baúl algo que, al parecer, no acababa de encontrar. —¡Enciéndelo, muchacho! —gruñó el augur—, necesito luz y llama. Y nada más hacer esto extrajo del arcón un caparazón de tortuga y lo examinó con detenimiento. «¡Perfecto, está perfecto! No tiene ni una mancha», dijo con aire triunfalista. Acto seguido acercó el caparazón al fuego y lo sostuvo con mano temblorosa hasta que este comenzó a cr

