Tenzin pasó la siguiente semana sumido en sus propios pensamientos. No hablaba, no sonreía y tampoco ponía interés en los mantras recitados en comunidad. Movía los labios con agilidad y soltura, pero el imperceptible murmullo que salía de entre sus dientes apenas si daba para refrescar sus propios oídos. Tenía pocas energías, y su cerebro, ocupado en tareas de gran enjundia, no encontraba modo de que su dueño cumpliera justa y tasadamente como le correspondía. Su piel transpiraba ansiedad, pero no la misma que siente el enfermo ni el ofendido, sino la que sufre el que está en busca de la espiritualidad. Una ansiedad queda y permanente, agazapada y sigilosa, presente siempre aunque no se la vea en parte alguna. Una sensación, en definitiva, propietaria de la voluntad de una persona. —Mipam

