Después de la tela hubo un pequeño descanso en la meditación y Onpo se movió un punto de su habitual postura para dar descanso a sus músculos. No se levantó del sitio, pero su acompañante pudo apreciar cómo momentáneamente pasaba por el mundo de los simples mortales y se instalaba en la tierra. Abrió un poco los ojos, lo justo para percibir que el sol ya había pasado por su cenit y había comenzado a declinar hacía largo rato. Movió los brazos y estiró los dedos de las manos repetidas veces. Giró el tronco sobre sí mismo y buscó a tientas unas tablillas de madera y un punzón y se lo puso encima en disposición de escribir sobre ella. Tenzin lo observó con atención y, una vez más, trató de descifrar las palabras grabadas por aquella mano. El anciano escribía pequeño y con caracteres confusos,

