—Mira, el icono.
Me sentía repleto de una miel dulce y espesa. Provenía de un frío manantial,
pero no me importó. Yo conocía ese manantial. Mi cuerpo era como una copa
que se agitaba, disolviendo todo lo amargo en su contenido, disolviéndose en un
remolino y dejando sólo la miel y un calor de ensueño.
Cuando abrí los ojos me hallaba acostado en nuestro lecho. Todo estaba
fresco. La fiebre había bajado. Me volví y me incorporé.
El maestro estaba sentado a su escritorio, leyendo lo que acababa de escribir.
Llevaba el pelo rubio sujeto con una cinta. Me pareció contemplar su rostro por
primera vez, su hermoso rostro de pronunciados pómulos y una nariz fina y
estrecha. En éstas me miró y sus labios esbozaron una prodigiosa sonrisa.
—No persigas esos recuerdos —comentó. Lo dijo como si yo hubiera
hablado en sueños—. No vayas a la iglesia de Torcello en busca de ellos. No
vayas a contemplar los mosaicos de San Marcos. Con el tiempo recordarás todos
esos episodios que te hieren.
—Temo recordar —contesté.
—Lo sé —dijo mi maestro.
—¿Cómo puedes saberlo? —le pregunté—. Lo tengo clavado en el corazón.
Ese dolor es sólo mío. —No pretendía ser descarado, pero el caso es que, al
margen de mis pocas o muchas faltas, a menudo replicaba con descaro.
—¿Dudas de mí? —preguntó mi maestro.
—Tus dotes son inconmensurables. Todos lo sabemos, aunque no hablamos
de ello; tú y yo nunca hablamos de ello.
—Entonces ¿por qué no confías en mí en lugar de las cosas que sólo
recuerdas a medias?
El maestro se levantó del escritorio y se acercó al lecho.
—¡Acompáñame! —me pidió—. Ya no tienes fiebre. Ven conmigo.
El maestro me llevó a una de las numerosas bibliotecas del palacio, una
estancia en la que los manuscritos yacían desordenados sobre las mesas y los
libros en unas pilas. Marius trabajaba rara vez en estas salas. Dejaba sus
adquisiciones allí, para que los chicos las catalogaran, y llevaba lo que precisaba
para trabajar en el escritorio instalado en nuestra habitación.
El maestro se movió entre los estantes hasta hallar un gran portafolio con
tapas de cuero amarillo, gastadas en los bordes. Acarició con sus dedos largos y
blancos un enorme pergamino. Luego lo depositó en la mesa de estudio para que
yo lo examinara. Era una pintura antigua.
Vi una inmensa iglesia con cúpulas doradas, de gran belleza y majestuosidad.
Sobre ella aparecían inscritas unas letras, que yo conocía. Pero por más que me
esforcé no logré que su significado acudiera a mi mente ni a mis labios.
—Rus de Kíev —dijo el maestro. Rus de Kíev.
Un insoportable horror hizo presa en mí. Sin poder contenerme, respondí:
—Está en ruinas, se ha quemado. Ese lugar no existe. No está vivo como
Venecia. Es un lugar en ruinas, frío, sucio y desolado. Sí, ésa es la palabra. —
Estaba mareado. Creí distinguir una ruta de escape de aquella desolación, pero
era fría y oscura, una ruta tortuosa que conducía a un mundo de eternas tinieblas
donde el único olor que emanaba de las manos, la piel y la ropa era el olor a
tierra.Me aparté de la mesa y salí precipitadamente de la habitación. Atravesé todo
el palacio a la carrera. Bajé la escalera corriendo y crucé las estancias inferiores
que daban acceso al canal. Cuando regresé, hallé al maestro solo en la alcoba.
Estaba leyendo, como de costumbre. Leía el libro que le había impresionado más
recientemente, Consolación de la filosofía, de Boecio. Cuando entré, alzó la
vista del libro.
Me detuve en el umbral, pensando en mis recuerdos dolorosos. No conseguía
atraparlos. ¡Paciencia! Se desvanecían en la nada como hojas en un callejón, las
hojas que el viento acumula sobre los tejados y a veces se deslizan por las tapias
verdes de los jardines.
—No quiero —dije de nuevo.
—Algún día lo recordarás con claridad, cuando tengas la fuerza suficiente
para sacar provecho de ello —repuso él, cerrando el libro—. Pero ahora deja que
yo te consuele.