En la casa había bandejas de comida por doquier: suculentos racimos de uva,
melones maduros y cortados en rodajas, listos para comer, y un delicioso pan de
miga fina preparado con el aceite de la mejor calidad. A mí me gustaba comer
olivas negras acompañadas por unas lonchas de queso fresco y puerros recién
recogidos del huerto. Un criado me servía leche fresca en una jarra de plata.
El maestro no comía nada, todo el mundo lo sabía. Además, se ausentaba
siempre de casa durante el día. Jamás nos referíamos al maestro de forma
irrespetuosa. El maestro era capaz de adivinar nuestro pensamiento. Sabía
distinguir entre el bien y el mal, y no tardaba en descubrir una mentira. Los
aprendices eran buenos chicos. A veces alguien comentaba en voz baja que el
maestro había expulsado a uno de ellos de la casa, pero nadie hablaba en tono
superficial sobre él, nadie comentaba el hecho de que yo durmiera en el lecho
del maestro.
Hacia el mediodía comíamos todos juntos, por lo general pollo asado,
costillas de cordero lechal y unas jugosas rodajas de carne de buey.
Durante la jornada acudían tres o cuatro profesores para instruir a diversos y
reducidos grupos de aprendices. Algunos hacían sus tareas mientras otros
estudiaban.
Yo pasaba con toda naturalidad de la clase de latín a la de griego. En
ocasiones hojeaba los sonetos eróticos o leía lo que podía mientras Riccardo me
echaba una mano leyendo algo cómicamente y provocando la hilaridad entre
nuestros compañeros, mientras los profesores aguardaban a que las risas cesaran.
Hice grandes progresos en este ambiente grato y tolerante. Aprendí con
rapidez y era capaz de responder a todas las preguntas que formulaba el maestro,
ofreciendo algunos comentarios de mi propia cosecha.
El maestro se dedicaba a pintar cuatro de siete noches a la semana, por lo
general pasada la medianoche hasta que desaparecía al alba. No dejaba que nada
interrumpiera esas sesiones.
Trepaba por el andamio con asombrosa agilidad, como un enorme mono
blanco, y, tras dejar caer su capa al suelo, tomaba el pincel de manos del chico
que lo sostenía y se ponía a pintar con tal furia que nos manchaba a todos de
pintura mientras le contemplábamos fascinados. Bajo su toque genial, a las
pocas horas cobraban vida grandes paisajes; plasmaba grupos de seres humanos
con todo detalle.
El maestro tarareaba en voz alta mientras trabajaba; anunciaba los nombres de los grandes escritores o héroes cuyos retratos pintaba de memoria o utilizando
su imaginación. Nos hablaba sobre los colores y las líneas que empleaba, los
efectos de perspectiva mediante los cuales emplazaba a los grupos de personas
que pintaba en unos jardines, estancias, palacios y salones reales.
A los aprendices dejaba sólo la tarea de ultimar por la mañana algunos
pequeños detalles, como el colorido de los cortinajes, las alas, los amplios
espacios de carne humana a los que el maestro se aplicaba de nuevo por la noche
para añadir los muebles de una sala mientras la pintura al óleo era aún dúctil, el
suelo reluciente de unos palacios que después de sus últimos toques parecían de
mármol auténtico bajo los rollizos pies de sus filósofos y sus santos.
El trabajo nos unía a mí y a mis compañeros de forma natural y espontánea.
En el palacio había docenas de telas y muros por terminar de pintar, los cuales
ofrecían un aspecto tan real que parecían puertas de acceso a otro mundo.
Gaetano, uno de los aprendices más jóvenes, era el más dotado para la
pintura. Pero cualquiera de los chicos, salvo yo, podía compararse con los
aprendices de cualquier pintor de renombre, incluso con los de Bellini.
Ciertos días estaban reservados a recibir a las personas que acudían al
palacio. Bianca asumía entusiasmada la tarea, con ayuda de sus sirvientes, de
ejercer de ama y señora de la casa, de recibir a los hombres y las mujeres de las
casas nobles de Venecia que acudían para contemplar las pinturas del maestro.
Todos se quedaban maravillados de sus dotes. Al escuchar sus comentarios, me
enteré de que el maestro vendía muy pocas de sus telas, pues le gustaba llenar su
palacio con sus propias obras, y poseía sus propias versiones de los temas más
célebres, desde la escuela de Aristóteles hasta la crucifixión de Jesucristo. Un
Jesucristo humano, de pelo rizado, fuerte y musculoso; el Jesucristo de estas
personas. Un Jesucristo parecido a Cupido o a Zeus.
A mí, ni me importaba no saber pintar tan bien como Riccardo y los demás
aprendices, ni tenerme que contentar la mayoría de las veces con sostener para
ellos los potes de pintura, lavar los pinceles y borrar los errores que debían
corregirse. Yo no deseaba pintar. El mero hecho de pensar en ello hacía que mis
manos se crisparan y que sintiera náuseas.
Yo prefería conversar, bromear, hacer cábalas sobre el motivo por el que el
maestro no aceptaba encargos, aunque cada día recibía numerosas cartas
invitándole a competir para obtener el encargo de pintar un mural en el Palacio
Ducal o una de las miles de iglesias que había en la isla.
Me divertía observar cómo los demás extendían los colores sobre los lienzos,
aspirar el aroma de los barnices, pigmentos y óleos.
De vez en cuando se apoderaba de mí una extraña furia, pero no debido a mi
falta de destreza. En ocasiones me atormentaba otro sentimiento, relacionado
con las posturas húmedas y tempestuosas de las figuras pintadas, con sus
relucientes mejillas sonrosadas enmarcadas por un cielo hirviente y nublado, o
las gráciles ramas de árboles sombríos.
Me parecía una locura esta exagerada representación de la naturaleza. Con el
corazón dolorido, caminaba solo y apresuradamente por entre los canales hasta
hallar una vieja iglesia, un altar dorado decorado con santos de postura rígida y
mirada recelosa, demacrados y sombríos: el legado de Bizancio, tal como
observé en San Marcos el día en que llegué. El alma me dolía profunda e
incesantemente mientras contemplaba con todo detalle esas viejas reliquias.
Cuando mis nuevos amigos daban con mi paradero, me enojaba. Permanecía
arrodillado, negándome a darme por enterado de su presencia. Me tapaba los
oídos para no oír las carcajadas de mis compañeros. ¿Cómo se atrevían a reírse
en una iglesia en la que estaba presente Cristo crucificado, moribundo,
derramando unas gotas de sangre como escarabajos negros de sus deslucidas
manos y pies?
De vez en cuando me quedaba dormido ante un antiguo altar. Había burlado
a mis compañeros. Estaba solo pero feliz tendido sobre las frías losas. Creía oír
el murmullo del agua que se deslizaba debajo del suelo.
Fui a Torcello en una góndola, para visitar la gran catedral de Santa María
Assunta, célebre por sus mosaicos que, según decían, eran tan antiguos y
espléndidos como los de San Marcos. Me deslicé sigilosamente bajo los arcos,
admirando el antiguo iconostasio de oro y los mosaicos del ábside. En lo alto, en
la curva posterior del ábside, se hallaba la Virgen, Theotokos, la portadora de
Dios. Tenía un rostro austero, casi amargo. Sobre su mejilla izquierda relucía una
lágrima. En sus manos sostenía al niño Jesús, junto con un paño, el emblema de
la Mater Dolorosa.
Yo comprendía esas imágenes, aunque hacían que se me encogiera el
corazón. Me sentía mareado, y el calor de la isla y el silencio de la catedral me
provocaron náuseas. Sin embargo, me quedé allí, me paseé por el iconostasio y
recé.
Estaba seguro de que nadie me encontraría allí. Al anochecer, me sentí
enfermo. Tenía fiebre, pero busqué un rincón de la iglesia, me tumbé en el suelo
y apoyé el rostro y las manos en las frías losas. Ante mí, al alzar la cabeza,
contemplé unas escenas aterradoras del día del Juicio, de unas almas condenadas
al infierno. «Merezco este dolor», pensé.
El maestro vino a buscarme. No recuerdo el trayecto de regreso al palacio.
Al cabo de unos minutos, o eso me pareció, me acostaron y mis compañeros me
aplicaron en la frente unas compresas frías. Me hicieron beber un poco de agua.
Alguien comentó que yo había contraído «la fiebre», a lo que otro replicó:
«Cállate.»
El maestro me veló toda la noche. Tuve una pesadilla que no logré hacer
revivir cuando desperté. Antes del alba, el maestro me besó y me arrulló en sus
brazos. Nunca me había parecido tan reconfortante el tacto frío y duro de su
cuerpo como en aquellos momentos; me abracé a su cuello y apoyé la mejilla
sobre la suya.
El maestro me administró un caldo caliente que sabía a especias. Después de
besarme, volvió a acercar el cuenco de caldo a mis labios. Sentí que un fuego
sanador me recorría el cuerpo.
Sin embargo, cuando el maestro regresó aquella noche, me había vuelto a
subir la fiebre. No tuve ningún sueño, pero permanecí en un estado de
duermevela; tuve la sensación de atravesar un siniestro pasillo incapaz de hallar
un lugar cálido y limpio. Tenía tierra bajo las uñas. De pronto vi moverse una
pala y un montón de tierra; temí que esa tierra me sepultara, y rompí a llorar.
Riccardo también permaneció a mi lado, sosteniéndome la mano,
asegurándome que pronto anochecería y el maestro regresaría a casa.
—Amadeo —dijo el maestro, tomándome en brazos como si yo fuera una
criatura.
En mi mente se agolparon numerosas preguntas. ¿Acaso iba a morir? ¿Dónde
me llevaba el maestro? Yo iba envuelto en terciopelo y pieles y él me
transportaba en brazos, pero ¿adonde?
Nos encontrábamos en una iglesia en Venecia, entre pinturas de nuestra
época. Ardían las velas de rigor. Unos hombres rezaban. El maestro me sostuvo
en sus brazos y me dijo que contemplara el gigantesco altar que había ante
nosotros.
Los ojos me escocían debido a la fiebre, pero le obedecí. Al alzar la cabeza,
vi una virgen sobre el altar, coronada por su amado hijo, Cristo Rey.
—Observa la dulzura de su rostro, la naturalidad de su expresión —murmuró
el maestro—. Aparece sentada en esta iglesia una mujer corriente y vulgar.
Observa a los ángeles, esos niños alegres agrupados alrededor de las columnas
debajo de la virgen. Fíjate en la serenidad y dulzura de sus sonrisas. Esto es el
cielo, Amadeo. Es la bondad.
Medio dormido, contemplé la pintura sobre el altar.
—Observa al apóstol que murmura unas palabras al oído de la figura que
está a su lado, con la naturalidad de cualquier asistente a una ceremonia. Mira,
arriba está Dios Padre, contemplando la escena con satisfacción.
Traté de formular unas preguntas, protestar que esa combinación de lo carnal
y lo beatífico era inverosímil, pero no hallé unas palabras elocuentes para
expresarlo. La desnudez de los ángeles resultaba encantadora e inocente, pero no
creía en ella. Era una mentira urdida por Venecia, por Occidente, una mentira
urdida por el mismo diablo.
—Amadeo —continuó el maestro—, no existe la bondad en el sufrimiento y
la crueldad; no existe una bondad que arraigue en el dolor de niños inocentes.
Del amor de Dios brota siempre la belleza. Mira esos colores, Amadeo, son los
colores creados por Dios.
A salvo en sus brazos, con los pies colgando en el aire y los brazos en torno a
su cuello, dejé que los detalles del inmenso altar se grabaran en mi memoria.
Repasé una y otra vez todos los pequeños toques que me deleitaban.
Señalé con el dedo el león, sentado apaciblemente a los pies de san Marcos.
Fíjate, las páginas del libro de san Marcos se mueven a medida que las pasa. Y el
león se ve tan pacífico, domesticado y simpático como un perro instalado junto
al fuego.
—Esto es el cielo, Amadeo —dijo él—. Cualquiera que sea el pasado que
llevas clavado en el alma, olvídalo.
Yo sonreí y, lentamente, mientras observaba los santos, hilera tras hilera de
santos, empecé a reírme suavemente al oído del maestro, como si le hiciera una
confidencia.
—Todos están hablando, murmurando, charlando entre sí como si fueran
unos senadores venecianos.
El maestro respondió con una breve y tenue carcajada.
—Yo creo que los senadores son más decorosos, Amadeo. Nunca los he visto
en una actitud tan desenvuelta, pero, como he dicho, esto es el cielo.
—Ah, maestro, mira a ese santo que sostiene un icono, un precioso icono.
Debo decirte, maestro... —Pero no terminé la frase. La fiebre había aumentado y
estaba empapado en sudor. Los ojos me escocían y no veía con claridad—. Estoy
en unas tierras extrañas, maestro. Echo a correr. Tengo que depositarlo entre los
árboles.
¿Cómo iba a saber él a lo que yo me refería, la desesperada huida a través de
los desolados páramos con el sagrado fardo que me habían encomendado, un
fardo que debía desenvolver y depositar entre los árboles?