Los braseros exhalaban un aroma a incienso; de las lámparas de cobre emanaba
un humo perfumado. Sobre el lecho yacían unos mullidos almohadones, un
jardín de seda estampada y bordada, raso con dibujos de flores y adornos de
pasamanería, suntuoso brocado. El maestro corrió las cortinas rojas del lecho. La
luz les daba un aspecto transparente. Rojo y más rojo. Era su color favorito,
según me dijo, al igual que el mío era el azul.
El maestro me hizo el amor en un lenguaje universal, pletórico de imágenes.
—El fuego arranca unos reflejos ambarinos a tus ojos castaños —murmuró
—. Son grandes y relucientes como dos espejos en los que me contemplo,
aunque no puedo penetrar los misterios que encierran; tus ojos son los portales
de un alma noble.
Yo estaba perdido en el gélido azul de sus ojos y el delicado y reluciente
coral de sus labios.
Tendido a mi lado, mi maestro me besó y acarició con suavidad el cabello,
procurando no tirarme de los rizos, provocándome un delicioso cosquilleo en el
cuero cabelludo y la entrepierna. Al deslizar sus pulgares, duros y fríos, sobre
mis mejillas, labios y mandíbula, se tensaron todos los músculos de mi rostro.
Luego hizo que volviera la cabeza hacia un lado y el otro mientras depositaba
con avidez y ternura unos besos en el pabellón de mis orejas.
Yo era demasiado joven para haber tenido sueños eróticos que me
provocaran una eyaculación. Me pregunto si lo que yo sentía era más intenso que
lo que experimentan las mujeres. Creí que aquel placer se prolongaría
eternamente. El sentirme atrapado en sus manos, incapaz de huir, se convirtió en
un delicioso tormento que me llevó al éxtasis mientras me revolvía y estremecía
una y otra vez.
Más tarde mi maestro me enseñó algunas palabras de la nueva lengua, la
palabra que describía las baldosas duras y frías del suelo de mármol de Carrara,
la palabra que describía los cortinajes de seda tejida, los nombres de los «peces»,
«tortugas» y «elefantes» bordados en los almohadones, y la palabra que
significaba león, que aparecía bordado en punto de cruz en la gruesa colcha.
Mientras yo le escuchaba arrobado, pendiente de todos los detalles, tanto
importantes como insignificantes, mi maestro me explicó la procedencia de las
perlas que estaban cosidas en mi camisa; me dijo que se originaban en las ostras
y que unos chicos se sumergían en el mar para traer esos blancos y preciados
tesoros a la superficie, transportándolos en la boca. Las esmeraldas procedían de
unas minas en la tierra. Muchos hombres estaban dispuestos a matar por ellas.
Los diamantes, ¡ah!, fíjate en esos diamantes. Mi maestro se quitó una sortija del dedo y me la colocó en el mío, acariciándome con las yemas de los dedos
mientras me la encajaba. «Los diamantes son la luz blanca de Dios», me dijo.
Los diamantes son puros.
Dios. ¿Qué Dios? Sentí una conmoción tan violenta como una descarga
eléctrica y tuve la impresión de que la escena que me rodeaba estaba a punto de
desvanecerse.
El maestro me observó mientras hablaba. Me pareció oír lo que decía con
toda nitidez, aunque él ni siquiera había movido los labios ni emitido sonido
alguno. Mi agitación fue en aumento. Dios, no me hagas pensar en Dios. Sé mi Dios.
—Dame tu boca, dame tus brazos —musité. Mi pasión le causó tanto
asombro como excitación.
Rió suavemente mientras respondía a mi súplica con más besos tiernos y
fragantes. Sentí su cálido aliento sobre mis partes íntimas como un delicado y
sibilante torrente.
—Amadeo, Amadeo, Amadeo —murmuró.
—¿Qué significa ese nombre, maestro? —pregunté—. ¿Por qué me lo has
puesto?
Creo que oí a mi antiguo yo en esa voz, pero quizá se tratara sólo de este
nuevo príncipe adornado y envuelto en joyas y sedas que había elegido esta voz
respetuosa pero enérgica.
—Amado por Dios —repuso él.
Yo no soportaba oír hablar de esto. Dios, el Dios inevitable. Me sentí presa
de angustia y pavor.
El maestro me tomó la mano y apuntó con mi índice hacia un niño con unas
alitas que aparecía bordado en brillantes cuentas sobre un almohadón un tanto
raído que yacía junto a nosotros.
—Amadeo —pronunció—, amado por el Dios del amor.
Al descubrir el reloj que emitía su constante tictac entre el montón de ropa
que yacía junto al lecho, mi maestro lo tomó y observó con una sonrisa de gozo.
No había visto muchos relojes como éste. ¡Qué maravilla! Eran lo
suficientemente costosos para ser dignos de un rey o una reina.
—Tendrás todo cuanto desees —prometió.
—¿Por qué?
Mi maestro lanzó de nuevo una carcajada.
—Por ese cabello rojizo que tienes —respondió acariciándome el pelo—; por
estos ojos castaños profundos y bondadosos; por esta piel blanca como la leche
recién ordeñada; por estos labios indistinguibles de unos pétalos de rosa.
Bien entrada la noche, mi maestro me relató historias sobre Eros y Afrodita;
me arrulló con su voz cantarina mientras me refería la fantástica tragedia de
Psique, amada por Eros, a la cual le estaba prohibido contemplar la luz del día.
Avancé junto a él a través de los gélidos corredores. Mi maestro hundió los
dedos en mis hombros mientras me mostraba las bellas estatuas de mármol
blanco de sus dioses, diosas, amantes: Dafne, cuyos airosos brazos se habían
convertido en ramas de laurel mientras el dios Apolo se esforzaba en alcanzarla;
Leda, impotente en las garras del poderoso cisne.
El maestro guió mis manos sobre los contornos de mármol, los rostros
finamente cincelados y pulidos, las tensas pantorrillas de piernas nubiles, las
frías cavernas de labios entreabiertos. Luego aplicó mis manos sobre su rostro.
Parecía una estatua viviente, más maravillosamente esculpida que todas las
demás. Cuando me alzó en el aire con sus poderosas manos, sentí el intenso
calor que emanaba, una cálida oleada de dulces suspiros y palabras susurradas.
Al término de la semana, yo no recordaba una palabra de mi lengua materna.
Desde la plaza, rodeado por un tumulto de injurias, contemplé la procesión
del gran consejo de Venecia a lo largo del Molo; asistí a una misa cantada en el
altar mayor de la basílica de San Marcos; contemplé los barcos cuando
abandonaban las relucientes olas del Adriático; observé a los pintores que
mezclaban los colores con sus pinceles en unos potes de barro para obtener una
variada y maravillosa gama de tonalidades: carmesí, bermellón, carmín, cereza,
cerúleo, turquesa, verde cromo, amarillo ocre, ocre oscuro, purpúreo, citrino,
sepia, el maravilloso violeta llamado Caput mortuum y una laca espesa llamada
sangre de dragón.
Me convertí en un experto en danza y esgrima. Mi compañero favorito era
Riccardo. No tardé en darme cuenta de que yo era el alumno más dotado en esas
artes después de Riccardo, superior incluso a Albinus, que había ocupado el
segundo lugar hasta que aparecí yo, aunque no manifestaba la menor inquina hacia mí.
Esos jóvenes eran como hermanos para mí.
Me llevaron a casa de la hermosa e incomparable cortesana llamada Bianca
Solderini, una mujer grácil y encantadora, con una cabellera ondulada al estilo
Botticelli, unos ojos grises almendrados y un marcado y generoso sentido del
humor. Yo me convertí en el jovencito de moda en su casa, a la que acudía con
frecuencia y donde me codeaba con bellas muchachas y hombres que pasaban
horas allí leyendo poemas, hablando sobre las interminables guerras extranjeras,
sobre los últimos pintores y sobre cuáles habían recibido el encargo de pintar una
obra importante o el retrato de un personaje destacado.
Bianca poseía una voz atiplada e infantil que encajaba con su rostro juvenil y
su naricilla respingona. Su boca se asemejaba a un c*****o de rosa. Sin embargo,
era inteligente e indomable. Rechazaba de modo implacable a cualquier
pretendiente demasiado posesivo; le gustaba que su casa estuviera llena de gente
a todas horas. Cualquier persona bien vestida, o que portara una espada, era
admitida automáticamente. Casi nadie, salvo los hombres empeñados en
poseerla, tenía vedada la entrada en su casa.
A casa de Bianca acudían numerosos visitantes de Francia y Alemania, y
todas las personas que la frecuentaban, tanto extranjeras como nacionales, se
mostraban intrigados a propósito de nuestro maestro, Marius, un hombre
misterioso, aunque éste nos había ordenado que no respondiéramos a preguntas
baladíes sobre él, y que cuando alguien nos preguntara si pensaba casarse, pintar
el retrato de tal persona o tal otra o si estaría en casa en una determinada fecha
para ir a visitarlo, nos limitáramos a responder con una sonrisa.
A veces me quedaba dormido sobre los cojines de un diván en casa de
Bianca,
o uno de los lechos, escuchando las voces tenues de los nobles, sumido en
mis ensoñaciones, arrullado por la música.
En muy raras ocasiones, el maestro aparecía por allí para recogernos a
Riccardo y a mí; su llegada provocaba siempre un pequeño revuelo en el portego
o salón principal. Nunca se sentaba, sino que permanecía de pie sin quitarse la
capa de los hombros ni la capucha de la cabeza. Pero sonreía y respondía con
amabilidad a las preguntas que le hacían, y a veces regalaba uno de los pequeños retratos de Bianca que había pintado.
Me parece contemplar ahora esos diminutos retratos de Bianca que el
maestro regalaba, todos ellos engarzados con piedras preciosas.
—Es increíble el parecido que consigues plasmar de memoria en los retratos
—comentaba Bianca, acercándose para besarlo. El Maestro acogía esas
efusiones con reserva, manteniendo a Bianca a cierta distancia de su frío y duro
pecho y de su rostro, depositando Unos besos en sus mejillas que transmitían un
encanto, ternura y dulzura que, de haberla abrazado con pasión, habrían quedado
destruidos.
Yo pasaba horas leyendo con ayuda del tutor Leonardo de Padua, recitando
las palabras al unísono con él mientras trataba de captar el significado de los
textos en latín, italiano y griego. Aristóteles me gustaba tanto como Platón,
Plutarco, Livio
o Virgilio. Lo cierto era que no comprendía bien esas obras. Me limitaba a
hacer lo que deseaba el maestro, dejando que los conocimientos se acumularan
en mi mente.
No veía la razón de hablar constantemente, como hacía Aristóteles, sobre
cosas que ya estaban creadas. Las vidas de los antiguos que relataba Plutarco con
excelente ingenio constituían unas historias apasionantes, pero yo deseaba
conocer a mis coetáneos, prefería dormitar sobre el diván de Bianca que discutir
sobre los méritos de este u otro pintor. Por lo demás, estaba convencido de que
mi maestro era el mejor de todos ellos.
Este mundo estaba formado por habitaciones espaciosas, muros decorados,
una luz generosa y fragante y un desfile constante de personajes vestidos a la
última moda, a lo cual me acostumbré rápidamente, sin contemplar jamás el
dolor y la miseria que padecían los pobres de la ciudad. Incluso los libros que
leía reflejaban este nuevo ambiente en el que me movía con tal comodidad que
nada ni nadie habría sido capaz de devolverme al mundo de caos y sufrimiento
en el que había habitado antes.
Aprendí a tocar algunas canciones con el virginal. Aprendí a pulsar las
cuerdas del laúd y a cantar con voz suave, aunque sólo entonaba canciones
tristes. A mi maestro le encantaban esas canciones.
En ocasiones, mis compañeros y yo cantábamos a coro, y ofrecíamos al maestro nuestras composiciones o unas danzas que nosotros mismos habíamos
creado.
En las tardes calurosas, en lugar de dormir la siesta, jugábamos a los naipes.
Riccardo y yo fuimos algunas veces a jugar a las tabernas. En un par de
ocasiones bebimos demasiado vino. Cuando el maestro se enteró de nuestras
escapadas, se apresuró a ponerles fin. Le horrorizaba pensar que yo me había
caído borracho al Gran Canal y que unos torpes e histéricos transeúntes habían
tenido que rescatarme de sus aguas. Pese a su dominio de sí mismo, juraría que
el maestro palideció cuando le refirieron el incidente, ya que el color se
desvaneció de sus mejillas.
Riccardo recibió unos azotes. Yo me sentí avergonzado. Riccardo encajó el
castigo como un soldado, sin protestar ni lamentarse, de pie e inmóvil ante la
inmensa chimenea, de espaldas para recibir los azotes en las piernas. Más tarde,
se arrodilló y besó la sortija del maestro. Yo juré no volver a emborracharme.
Al día siguiente volví a emborracharme, pero tuve la sensatez de ir a casa de
Bianca y ocultarme debajo de su lecho, donde pude echar un sueñecito sin
peligro de que me descubrieran. Antes de la medianoche el maestro me sacó de
mi escondite. Me temí lo peor, pero sólo me acostó en mi lecho, donde caí
dormido antes de poder pedirle disculpas. Me desperté al cabo de un rato y le vi
sentado a su escritorio, escribiendo con la misma agilidad con que pintaba en un
voluminoso libro de tapas verdes que siempre ocultaba antes de salir de casa.
Durante las tardes más sofocantes del verano, cuando los otros dormían,
inclusive Riccardo, salía sigilosamente y alquilaba una góndola. Tumbado de
espaldas, contemplaba el firmamento mientras nos deslizábamos por el canal
hacia las aguas turbulentas del golfo. Al regresar, cerraba los ojos, atento a las
sofocadas voces que brotaban de las casas durante la hora de la siesta, al
murmullo de las turbias aguas sobre los cimientos podridos de los edificios, a los
gritos de las gaviotas. No me molestaban ni las cucarachas ni el hedor de los
canales.
Una tarde no regresé a casa a la hora de la lección. Me metí en una taberna
para escuchar a los músicos y a los cantantes; en otra ocasión asistí a una
representación teatral sobre un escenario provisional instalado en la plaza. Nadie
me reprochaba mis correrías. Nadie me denunciaba ante el maestro. Nadie nos
ponía exámenes ni a mí ni a mis compañeros para que demostráramos los
conocimientos que habíamos asimilado.
A veces me pasaba el día durmiendo, o hasta que me levantaba movido por
la curiosidad. Me encantaba despertarme y hallar al maestro trabajando, en su estudio o moviéndose por el andamio mientras pintaba una gigantesca tela.