Al volverme hacia la izquierda, vi el muelle, el puerto. Eché a correr hacia él,
asombrado de ver aquel cúmulo de barcos de madera amarrados. Pero más allá
del muelle contemplé un espectáculo prodigioso: grandes galeones de madera,
con sus velas hinchadas por el viento y sus airosos remos agitándose en el agua mientras se deslizaban hacia el mar abierto.
El tráfico marítimo era incesante; las grandes barcazas de madera navegaban
a escasa distancia unas de otras, entrando y saliendo de la boca de Venecia,
mientras otras embarcaciones no menos airosas e inverosímiles permanecían
amarradas mientras descargaban las abundantes mercancías que transportaban.
Mis compañeros me condujeron al Arsenal, donde me deleité al contemplar a
hombres corrientes y vulgares que construían unos barcos increíbles. A partir de
aquel día acudí con frecuencia al Arsenal, para observar el ingenioso proceso
mediante el cual unos seres humanos construían unas embarcaciones tan
gigantescas que parecía imposible que no se hundieran en el agua.
De vez en cuando vislumbré unas imágenes de ríos helados, de barcazas y
chalanas, de hombres rudos que apestaban a grasa animal y cuero rancio. Sin
embargo, estos ingratos retazos del mundo invernal del que yo provenía no
tardaron en disiparse.
Quizá de no haberme encontrado en Venecia, todo habría sido muy distinto.
Durante los años que pasé en Venecia, jamás me cansé de visitar el Arsenal,
de admirar cómo construían los barcos. Unas palabras amables y unas monedas
me facilitaban el acceso a él, donde gozaba contemplando cómo construían esas
fantásticas estructuras formadas por cuadernas, paneles de madera y esbeltos
mástiles. El primer día recorrimos apresuradamente estos astilleros, donde los
trabajadores obraban auténticos milagros, pero fue suficiente.
Sí, esto era Venecia, el lugar que lograría borrar de mi mente, al menos
durante un tiempo, el confuso tormento de una existencia anterior, un amasijo de
todas las verdades que yo no podía afrontar.
De no tratarse de Venecia, mi maestro jamás habría estado allí. Ni me habría
explicado un mes más tarde todo cuanto le ofrecía cada ciudad italiana, cuánto le
agradaba contemplar a Miguel Ángel, el gran escultor, mientras trabajaba en
Florencia, y la frecuencia con que acudía para escuchar a los grandes maestros y
eruditos en Roma.
—Pero Venecia posee un arte antiquísimo —dijo mi maestro como si hablara
consigo mismo, mientras tomaba el pincel para pintar un panel de inmensas
proporciones—. Venecia constituye en sí misma una obra de arte, una metrópoli
repleta de increíbles templos domésticos construidos uno junto a otro como una
colmena, cuyas necesidades son atendidas por una población tan industriosa
como las abejas. Contempla nuestros soberbios palacios, que de por sí merecen
una visita a esta ciudad.
Con el tiempo, mi maestro me instruyó en la historia de Venecia, al igual que a los otros aprendices, explicándome con detalle la naturaleza de la República,
que, aunque despótica en sus decisiones y ferozmente hostil hacia los forasteros,
no dejaba de ser una ciudad de hombres «iguales». Florencia, Milán y Roma
eran unas ciudades que habían caído bajo el poder de pequeños grupos formados
por familias e individuos poderosos, mientras que Venecia, a pesar de sus
defectos, seguía siendo gobernada por sus senadores, sus poderosos mercaderes
y su Consejo de los Diez.
Aquel primer día nació en mí un amor por Venecia que perduraría siempre.
Era una ciudad que se me antojaba carente de lacras, un lugar acogedor incluso
para los astutos y bien vestidos mendigos que recorrían sus calles y plazas, un
centro de prosperidad, vehemente pasión y riqueza apabullante.
En la sastrería me vistieron como a un príncipe, con prendas tan elegantes
como las que lucían mis nuevos amigos.
Riccardo incluso me cedió su espada. Todos mis compañeros eran de noble
cuna.
—Olvida todo cuanto te ha ocurrido antes —me aconsejó Riccardo—.
Nuestro maestro es nuestro señor, y nosotros somos sus príncipes, su corte real.
Ahora eres rico y nada puede perjudicarte.
—No somos meros aprendices en el sentido corriente del término —me
explicó Albinus—. El maestro nos enviará a la Universidad de Padua. Nos lo ha
prometido. Recibimos lecciones de música, danza y modales, al igual que un
tutor nos instruye en ciencias y literatura. Tú mismo podrás comprobar que los
jóvenes que regresan a visitarnos son unos caballeros de fortuna. Giuliano se ha
convertido en un próspero abogado, y uno de los otros muchachos ha abierto una
consulta de médico en Torcello, una pequeña isla de la laguna de Venecia.
—Todos disponen de sus propios recursos económicos cuando abandonan la
casa del maestro —añadió Albinus—. El maestro, al igual que todos los
venecianos, desprecia a los que no trabajan. Nosotros somos tan ricos como los
nobles holgazanes de otros países que no hacen nada sino gozar del mundo como
si fuera una bandeja de comida.
Cuando concluyó esta primera y soleada aventura, esta provechosa incursión
en la escuela de mi maestro y su espléndida ciudad, mis compañeros me
peinaron, acicalaron y vistieron en los colores que el maestro había elegido para
mí: azul celeste para las medias, un terciopelo azul noche para la chaquetilla
adornada con un cinturón y un azul más pálido para la camisa bordada con
pequeñas flores de lis, el emblema de la casa real francesa, en grueso hilo de oro;
un toque de color burdeos en los ribetes y la capa de piel, pues cuando soplaba la brisa del mar en invierno, este paraíso se convertía en lo que los italianos
consideraban frío.
Al atardecer, bailé un rato con los otros sobre las baldosas de mármol al
ritmo de los laúdes que tocaban unos chicos más jóvenes, acompañados por la
frágil música del virginal, el primer instrumento de teclado que yo había visto.
Cuando los últimos rayos del crepúsculo se disiparon lánguidamente en el
canal que discurría frente a las ventanas ojivales del palacio, me paseé por el
imponente edificio, contemplando mi imagen en los numerosos espejos oscuros
que se alzaban desde el suelo de mármol hasta el techo del pasillo, el salón, la
alcoba o cualquier otra espléndida estancia en la que penetré.
Recité unas palabras nuevas al unísono con Riccardo. El gran estado de
Venecia se denominaba la Serenísima. Las embarcaciones negras que navegaban
por los canales eran góndolas. El viento que no tardaría en soplar y haría que
todos enloqueciéramos era el Siroco. La máxima autoridad de esta ciudad
mágica era el Dogo, el libro que leeríamos esta noche con el tutor era de
Cicerón, el instrumento musical que Riccardo tocaba pulsando sus cuerdas era el
laúd. El inmenso dosel que cubría el lecho del maestro se llamaba baldacchino, e
iba adornado con un ribete de oro que renovaban cada quince días.
Yo me sentía a un tiempo perplejo y entusiasmado.
No sólo tenía una espada sino también una daga, lo cual demostraba la
confianza que mi maestro había depositado en mí. Por supuesto, los demás (e
incluso yo mismo) me consideraban un corderito, pero nadie me había entregado
jamás unas armas de bronce y acero como éstas. De nuevo, la memoria me jugó
una mala pasada. Yo sabía arrojar una lanza de madera, y también... Pero ¡ay!,
ese recuerdo se esfumó de inmediato, dejándome con la sensación de que no
eran armas lo que me había sido encomendado, sino otra cosa, algo inmenso que
me exigía una entrega absoluta. Las armas me estaban vedadas.
Bien, la situación había cambiado. La muerte me había engullido y me había
arrojado en este lugar. En el palacio de mi maestro, en un salón vistosamente
adornado con escenas de batallas, mapas pintados en el techo y ventanas de
grueso cristal esmerilado, desenfundé mi espada con un sonido sibilante y la
apunté hacia el futuro. Con mi daga, después de examinar los rubíes y las
esmeraldas de su empuñadura, partí de un solo golpe una manzana.
Los otros chicos se rieron de mí, pero todos me trataban con simpatía y
amabilidad.
El maestro no tardaría en llegar. Los chicos más jóvenes, unos niños que no
nos habían acompañado, comenzaron a corretear de una habitación a otra, armados con velas, antorchas y candelabros. Yo me quedé en el umbral,
observando cómo se iluminaban en silencio todas las estancias.
En éstas apareció un hombre alto, sombrío y poco agraciado, que sostenía un
libro viejo y gastado. Su larga cabellera y su sencilla túnica de lana eran negras.
Tenía unos ojillos risueños, pero sus labios delgados y pálidos mostraban una
expresión beligerante.
Al verlo aparecer, los jóvenes aprendices protestaron.
Acto seguido se apresuraron a cerrar las ventanas para impedir que penetrara
el aire frío de la noche.
Oí cantar a unos hombres mientras conducían sus estrechas y alargadas
góndolas por el canal; las voces parecían trepar por los muros, delicadas, alegres
como cascabeles, antes de disiparse a lo lejos.
Me comí el último bocado de la jugosa manzana. Aquel día había comido
más fruta, carne, pan, pasteles y golosinas de lo que un ser humano es capaz de
ingerir. Yo no era un ser humano, sino un joven famélico.
El tutor chasqueó los dedos, se sacó una fusta del cinturón y la hizo restallar
sobre su pierna.
—Empecemos —ordenó a los chicos.
En aquel momento entró el maestro.
Todos los chicos, altos y corpulentos, delicados y viriles, corrieron hacia él y
le abrazaron mientras él examinaba los cuadros que habían pintado durante la
larga jornada.
El tutor aguardó en silencio, tras inclinarse humildemente ante el maestro.
Al cabo de unos momentos, echamos a andar a través de las galerías, el
maestro y nosotros, seguidos por el tutor. Mientras avanzaba, el maestro
extendió las manos; era un privilegio sentir el tacto de sus dedos blancos y fríos,
e incluso asir un pedazo de las largas mangas rojas que arrastraba por el suelo.
—Ven, Amadeo, acompáñanos.
Yo anhelaba tan sólo una cosa, que no tardó en ocurrir.
El maestro ordenó a los otros chicos que fueran con el tutor a aprender la
lección de Cicerón. Luego me tomó con firmeza por los hombros, con sus manos
cuidadas y de uñas relucientes, y me condujo a sus aposentos privados.
Una vez a solas, mi maestro se apresuró a cerrar la puerta de madera pintada.