El rostro de un chico, las mejillas, los labios, los ojos, sí, el espeso cabello
dorado rojizo. Dios santo, era yo...; no era una tela sino un espejo. Era Amadeo.
Riccardo aplicó los últimos toques para refinar la expresión, para conferir mayor
profundidad a la mirada y modificar un poco los labios de forma que parecía que
me disponía a hablar. ¿Qué magia era esa que hacía que apareciera un muchacho de la nada, con una expresión de lo más natural, inclinado hacia un costado, con
el ceño fruncido y unos mechones cayéndole sobre la oreja? Se me antojó a un
tiempo blasfema y hermosa esta figura fluida, desenvuelta, carnal.
Riccardo leyó las palabras en griego mientras las escribía. Luego arrojó el
pincel.
—Un cuadro muy distinto de lo que imagina nuestro maestro —dijo,
recogiendo los dibujos.
Los jóvenes me mostraron toda la casa, el palazzo, como lo llamaban,
enseñándome a pronunciar esta palabra.
Todo el lugar estaba repleto de cuadros —en las paredes, en los techos, en
los paneles de madera y en unas pilas de lienzos—, unos inmensos cuadros de
edificios en ruinas, columnas rotas, prados sin fin, lejanas montañas y un infinito
río de gente con el rostro acalorado, una lujuriante masa de pelo y unas elegantes
ropas invariablemente arrugadas y agitadas por el viento.
Era como las grandes bandejas de fruta y entremeses que depositaron ante
mí. Un desorden caótico, una abundancia exagerada, un gigantesco amasijo de
colores y formas. Como el vino, demasiado dulce y ligero.
Era como el panorama de la ciudad que se divisaba desde las ventanas
cuando las abrían. Vi las pequeñas embarcaciones, las góndolas, reluciendo bajo
el sol mientras navegaban por las aguas verduscas de los canales; unos hombres
ataviados con suntuosas capas escarlata y oro se apresuraban por el muelle.
Nos montamos en unas góndolas y comenzamos a deslizarnos ágil y
silenciosamente por entre las fachadas de los edificios; cada gigantesca vivienda
era tan magnífica como la catedral, con sus arcos ojivales, sus ventanas como
flores de loto y su deslumbrante piedra blanca.
Incluso los edificios más antiguos y destartalados, no excesivamente ornados
pero de unas proporciones monstruosas, estaban pintados de variados colores: un
rosa tan intenso que parecía provenir de los pétalos de la flor, un verde tan denso
que parecía haber sido elaborado con las propias aguas opacas del canal.
Por fin llegamos a San Marcos, deslizándonos entre las largas y fantásticas
arcadas que se erguían a ambos lados de la plaza. Al contemplar los centenares
de personas que desfilaban ante las distantes y doradas cúpulas de la iglesia, tuve
la impresión de hallarme en el propio cielo.
Unas cúpulas doradas, unas cúpulas doradas.
Alguien me había contado alguna vez una historia sobre cúpulas doradas, y
creí recordar haberlas visto en un viejo grabado. Unas cúpulas sagradas,
destruidas, envueltas en llamas, de una iglesia violada, como yo mismo había sido violado. Las ruinas desaparecieron de pronto, arrasadas por el súbito
estallido de todos los objetos íntegros y palpitantes que me rodeaban. ¿Cómo era
posible que todo hubiera brotado de unas cenizas invernales? ¿Cómo era posible
que yo hubiera perecido entre nieve y hogueras para renacer de nuevo aquí, bajo
este sol que acariciaba mi piel?
Su cálida y dulce luz bañaba a los mendigos y a los comerciantes e iluminaba
a los príncipes que pasaban seguidos por unos pajes que portaban sus largas y
vistosas colas de terciopelo, los libreros que exhibían sus libros bajo unas
marquesinas escarlata, los juglares que tocaban por un puñado de monedas.
Todas las mercancías existentes en el ancho y diabólico mundo aparecían
expuestas en los comercios y los mercadillos: objetos de cristal como yo jamás
había visto, copas de todos los colores imaginables y unas figurillas que
representaban animales y seres humanos; unos maravillosos rosarios con cuentas
de cristal; unos espléndidos encajes que mostraban unos delicados y airosos
diseños, inclusive unas escenas inmaculadamente blancas de las torres de la
iglesia y casitas con puertas y ventanas; unas plumas inmensas pertenecientes a
aves que yo desconocía; otras especies exóticas que se agitaban dentro de sus
jaulas doradas; suntuosas alfombras, exquisitamente tejidas, que me recordaron a
los poderosos turcos y su capital, de la que había logrado huir. No obstante,
¿quién podía resistirse a esas alfombras? Puesto que la ley les prohibía
representar a seres humanos, los musulmanes dibujaban flores, arabescos, grecas
y otros complejos diseños con tintes de vivos colores y admirable precisión.
Había aceite para lámparas, cirios, velas, incienso, un variado surtido de
rutilantes joyas de una belleza indescriptible y magníficos objetos salidos de los
talleres de los orfebres en oro y plata, nuevos y antiguos. Había comercios
dedicados exclusivamente a las especias. En otros vendían toda clase de
medicinas y remedios. Había estatuas de bronce, cabezas de león, linternas,
armas. Había comerciantes de tejidos que vendían sedas orientales, las lanas de
mejor calidad teñidas con unos tintes prodigiosos, algodón y lino, increíbles
bordados y cintas de todos los colores del arco iris.
Los hombres y las mujeres de este lugar tenían aspecto de ser inmensamente
ricos; en las hosterías comían pastelitos de carne, bebían vino tinto y remataban
el festín con tartas rellenas de nata.
Los libreros ofrecían libros que se habían publicado hacía poco, sobre los
que los otros aprendices me hablaron con todo detalle, ensalzando el maravilloso
invento de la prensa, que permitía que hombres en todo el mundo adquirieran
libros que no sólo contenían letras y palabras, sino ilustraciones. En Venecia existían docenas de pequeñas imprentas y editoriales donde las
prensas trabajaban día y noche para producir libros en griego y en latín, y en la
lengua vernácula, esa lengua suave y melodiosa en la que hablaban los
aprendices entre sí.
Dejaron que me detuviera para deleitarme contemplando esas maravillas,
esas máquinas que confeccionaban las páginas de los libros.
Sin embargo, Riccardo y sus compañeros tenían varias tareas que cumplir,
entre ellas adquirir para nuestro maestro todas las litografías y los grabados de
pintores alemanes que pudieran hallar, unas litografías realizadas por las nuevas
imprentas de antiguas obras de arte de Memling, Van Eyck o El Bosco. Nuestro
maestro las coleccionaba. Esas litografías acercaban el norte al sur. Nuestro
maestro era un entusiasta aficionado a estos inventos. Le complacía que en
nuestra ciudad existiera más de un centenar de imprentas, poder desprenderse de
sus burdas copias de Livio y de Virgilio y poseer los textos recientemente
corregidos. ¡Cuántas novedades para asimilarlas en un solo día!
No menos importante que la literatura o los cuadros del universo era el tema
de mi atuendo. Debíamos rogar a los sastres que dejaran lo que tuvieran entre
manos para que confeccionaran para mí unas prendas que se ajustaran a los
pequeños bocetos en yeso que había hecho nuestro maestro.
Asimismo, los aprendices debían llevar a los bancos unas letras de crédito
escritas a mano. Yo debía disponer de dinero, al igual que todo el mundo. Jamás
había manejado dinero.
El dinero era bonito: las monedas de oro y plata florentinas, los florines
alemanes, los groschens bohemios, las vistosas y antiguas monedas de oro
acuñadas bajo los gobernantes de Venecia llamados Dogos, las exóticas monedas
de la Constantinopla antigua.
Los aprendices me entregaron un pequeño talego repleto de monedas, el cual
me sujeté al cinturón, al igual que hicieron ellos con los suyos.
Uno de los jóvenes me compró un pequeño y extraordinario objeto: un reloj.
Por más que mis compañeros trataron de explicármelo, no alcancé a comprender
el mecanismo de aquel singular instrumento engarzado con joyas. Por fin
comprendí de qué se trataba, debajo de las filigranas y el esmalte, de su extraña
esfera de cristal decorada con gemas, había un diminuto reloj.
Lo sostuve en la mano y lo observé con incredulidad. Jamás había visto otros
relojes que los grandes y venerables instrumentos instalados en los campanarios
o muros.
—Ahora llevo el tiempo conmigo —murmuré en griego, mirando a mis amigos.
—Cuenta las horas por mí, Amadeo —repuso Riccardo.
Yo deseaba decir que este prodigioso descubrimiento significaba algo, algo
personal. Eran un mensaje para mí de un mundo que yo había olvidado rápida y
temerariamente. El tiempo ya no era el tiempo que conocíamos; el día no era día,
la noche no era noche. Yo era incapaz de expresarlo, ni en griego ni en ninguna
otra lengua, ni siquiera en mis febriles pensamientos. Me enjugué el sudor de la
frente, alcé la cabeza y achiqué los ojos para evitar que el ardiente sol italiano
me deslumbrara. Vi unos pájaros que volaban en grandes bandadas, como
pequeños trazos de plumas que se agitaban al unísono.
—Estamos en el mundo —creo que musité estúpidamente.
—¡Nos hallamos en su mismo centro, en la ciudad más grande del mundo!
— exclamó Riccardo, conduciéndome a través de la multitud—. Podrás
comprobarlo por ti mismo antes de que lleguemos al taller del sastre.
Sin embargo, antes debíamos pasar por la pastelería para comprar un
prodigioso chocolate con azúcar, unas exquisiteces dulces y jugosas cuyo
nombre yo desconocía, de color rojo y amarillo.
Uno de los chicos me enseñó un librito que contenía unas terroríficas
ilustraciones de hombres y mujeres realizando el acto carnal. Eran las historias
de Boccaccio. Riccardo dijo que me las leería, que era un libro excelente y muy
adecuado para enseñarme el italiano. También prometió enseñarme la obra de
Dante.
Otro aprendiz me explicó que Boccaccio y Dante eran florentinos, pero que
no eran malos escritores.
A nuestro maestro le entusiasmaban los libros, según me informaron mis
compañeros, y afirmaba que eran una excelente inversión. Temí que los maestros
que acudían a la casa iban a volverme loco con sus lecciones. Era la studia
humanitatis que todos debíamos aprender, que comprendía historia, gramática,
retórica, filosofía y los autores antiguos... Un cúmulo de complejas enseñanzas
cuyo significado sólo alcanzaría a comprender después de que me las repitieran
y demostraran reiteradamente.
Otra lección que yo debía aprender era que nuestro maestro nos exigía que
presentáramos siempre un aspecto impecable. Me compraron cadenas de plata,
collares con medallones y otras baratijas.
Tuvimos que regatear enérgicamente con los orfebres para que rebajaran el
precio de esos objetos. Salí luciendo una esmeralda auténtica procedente del
Nuevo Mundo y dos sortijas de rubíes que ostentaban unas inscripciones que no alcancé a leer.
Me chocaba ver mis manos adornadas con sortijas. Hasta esta misma noche
de mi vida, unos quinientos años después de esos episodios que te relato, siento
una debilidad especial por las joyas. Sólo renuncié a mi pasión por las sortijas
durante los siglos que pasé en París como penitente, cuando era uno de los Hijos
de la Noche de Satán descalzos. Fue una larga época de tinieblas. Pero dejemos
esa pesadilla para más tarde.
De momento me hallaba en Venecia, era el pupilo de Marius y participaba
con mis compañeros en unos juegos que se repetirían durante muchos años.
Los aprendices me llevaron al sastre.
Mientras éste me tomaba las medidas y hacía que me probara unas prendas,
los chicos me relataron unas historias sobre los venecianos ricos que acudían a
nuestro maestro para que les cediera una pequeña obra suya. En cuanto a nuestro
maestro, pretextando que no gozaba de una situación holgada, solía negarse a
vender sus tesoros, pero de vez en cuando pintaba el retrato de una mujer o un
hombre que le había llamado la atención. En esos retratos, la persona aparecía
casi siempre representada como un objeto mitológico: dioses, diosas, ángeles y
santos. Los jóvenes mencionaron unos nombres que yo conocía y otros de los
que jamás había oído hablar. Al parecer, los ecos de todas las cosas sagradas
habían sido engullidos por las nuevas tendencias que invadían este país.
En ocasiones percibía un recuerdo vago, pero la memoria me jugaba malas
pasadas. No sabía con certeza si los santos y los dioses eran la misma entidad.
¿No existía un código que yo debía observar fielmente que dictaba que todo eso
no eran sino unas mentiras destinadas a confundir a la gente? No tenía las ideas
claras a este respecto, y me asombraba la dicha que observaba a mi alrededor.
Me parecía imposible que aquellos rostros sencillos y transparentes ocultaran
maldad. Era inverosímil. Sin embargo, yo recelaba de todo tipo de placeres. Me
sentía desconcertado cuando era incapaz de ceder, y abrumado cuando me
rendía. Durante los días sucesivos me rendí cada vez con mayor facilidad.
Esa jornada de iniciación fue sólo uno de cientos, no, de miles de días que
siguieron; no sé cuándo empecé a comprender con claridad lo que mis jóvenes
compañeros decían, pero ese momento llegó, y no tardó mucho. No recuerdo
haber conservado durante mucho tiempo mi ingenuidad.
Durante esa primera expedición, todo me pareció mágico. El firmamento
exhibía un espléndido azul cobalto, y la brisa del mar era húmeda y refrescante.
En lo alto aparecían unas nubes como las que yo había visto maravillosamente
pintadas en los cuadros del palacio, lo cual me demostró por primera vez que los cuadros de mi maestro no eran mentira.
Cuando visitamos, gracias a un permiso especial, la capilla del Dogo, San
Marcos, me quedé pasmado al contemplar aquel esplendor, con sus muros
recubiertos de abigarrados ornamentos de oro. Sin embargo, me impresionó
también hallarme literalmente sepultado en luz y en unos tesoros increíbles, y
me quedé perplejo al comprobar que la capilla estaba repleta de austeras y
sombrías figuras de santos que yo conocía.
Éstos no constituían un misterio para mí, lesas figuras de ojos almendrados
que residían entre estos muros, severos en sus largas túnicas, con las manos
unidas invariablemente en actitud de oración. Yo conocía sus halos, la existencia
de los diminutos orificios practicados en el oro para hacer que emitieran un
brillo mágico. Conocía el juicio de esos barbudos patriarcas que me miraban
impasibles cada vez que me detenía, fascinado, para contemplarlos, incapaz de
seguir adelante.
En éstas caí al suelo, mareado. Los jóvenes aprendices me sacaron de la
iglesia. El barullo de la plaza se alzó sobre mí como si yo estuviera a punto de
exhalar mi último suspiro. Quise tranquilizar a mis amigos, diciéndoles que
había sido inevitable, que ellos no tenían la culpa.
Los aprendices estaban trastornados. Yo no podía explicarles lo sucedido.
Conmocionado, empapado en sudor y tendido como un pelele a los pies de una
columna, escuché aturdido mientras me explicaban en griego que esta iglesia
sólo era una parte de todo cuanto había contemplado. ¿Por qué me había
aterrorizado de ese modo? Era muy antigua, sí, y bizantina, como gran parte de
Venecia.
—Nuestros barcos llevan comerciando con Bizancio desde hace siglos —me
informaron mis compañeros.
Yo traté de asimilarlo.
Lo único que comprendí con claridad en medio de mi dolor fue que este
lugar no constituía un castigo que me había sido impuesto. Me había visto
obligado a abandonarlo con la misma facilidad con que me habían devuelto a él.
A los jóvenes de voz dulce y manos suaves que me rodeaban, que me ofrecieron
un vaso de vino fresco y fruta para reanimarme, este lugar no les infundía terror
alguno.