De pronto se encendía una lámpara. Los hombres se sentaban en un corro a
mi alrededor con sus sucios rostros y sus manazas con las que se apresuraban a
retirar un mechón de pelo que me caía sobre la frente o me daban unos
golpecitos en el hombro para despabilarme. Yo me volvía hacia la pared.
Había un sonido que me hacía compañía. Un sonido que me acompañaría
hasta el fin de mis días. El murmullo del agua. La oía lamiendo el muro en el exterior. Podía adivinar cuándo pasaba un barco por los crujidos de los pilotes de
madera; apoyaba la cabeza contra la piedra y sentía que la casa se mecía en el
agua, no como si estuviera construida junto a ella sino dentro del agua, como así
era, por supuesto.
En una ocasión soñé con mi hogar, pero no recuerdo qué. Me desperté
gritando, y desde las sombras brotaron unas palabras de consuelo, unas voces
tiernas y sentimentales.
Pensé que anhelaba estar solo, pero no era así. Cuando me encerraban
durante varios días y noches en una habitación a oscuras sin agua ni un
mendrugo de pan, me ponía a gritar y a aporrear los muros, pero no acudía nadie.
Por fin caía dormido y, al rato, cuando alguien abría la puerta de golpe, me
despertaba sobresaltado. Entonces me incorporaba y me tapaba los ojos, pues
aquella lámpara representaba una amenaza. La cabeza me dolía.
De pronto percibí un perfume suave e insinuante, una mezcla del fragante
olor de la leña al arder en un invierno nevoso y de flores trituradas y aceite
aromático.
Sentí el tacto de algo duro, hecho de madera o metal, pero el objeto se movía
como si fuera orgánico. Por fin abrí los ojos y vi un hombre que me abrazaba, y
esas cosas que parecían de piedra o de metal eran sus dedos. El hombre me miró
preocupado con unos ojos azules y amables.
—Amadeo —dijo.
Iba ataviado de terciopelo rojo y era imponentemente alto. Tenía el pelo
rubio y lo llevaba peinado con raya al medio, un peinado que le daba cierto aire
de santo, en una melena que le rozaba los hombros y se desparramaba sobre su
capa, formando unos lustrosos bucles. Tenía la frente lisa, sin la menor arruga, y
unas cejas altas de color dorado oscuro que conferían a su rostro una expresión
franca y decidida. Sus párpados estaban orlados por unas pestañas de color
dorado oscuro como sus cejas, que se curvaban hacia arriba. Cuando sonreía, sus
labios adquirían de pronto un tono rosa pálido que resaltaba su perfilada forma.
Yo le reconocí. Le hablé. Jamás había contemplado esos prodigios en el
rostro de otra persona.
Él me miró, sonriendo. No observé ni sombra de vello sobre su labio
superior ni en su barbilla. Tenía la nariz fina y delicada, pero lo bastante grande
para guardar la debida proporción con el resto de sus atractivas facciones.
—No soy Jesucristo, hijo mío —comentó—, sino alguien que porta su propia
salvación. Abrázame.
—Me muero, maestro —respondí, no recuerdo en qué idioma, pero él comprendió mis palabras.
—No, pequeño, no te mueres. Te acogeré bajo mi protección y, si los astros
nos son propicios, jamás morirás.
—Pero tú eres Jesucristo. ¡Te reconozco!
Él denegó con la cabeza y luego, en un gesto muy común y humano, bajó los
ojos y sonrió. Cuando sus labios carnosos se entreabrieron, vi unos dientes
blanquísimos de un ser humano. El hombre me tomó por las axilas, me alzó y
me besó en el cuello, lo cual me provocó un intenso escalofrío. Cerré los ojos y
sentí sus labios sobre mis párpados.
—Duerme mientras te llevo a casa —me murmuró al oído.
Cuando me desperté, comprobé que nos hallábamos en un baño de
gigantescas dimensiones. Ningún veneciano había poseído jamás un baño
semejante; eso lo sé por todo lo que contemplé más tarde. Pero ¿qué sabía yo
sobre las costumbres de aquel lugar? Esto era un auténtico palacio; yo había
visto muchos palacios.
Me levanté del nido de terciopelo sobre el que yacía, formado por su capa
roja, si no recuerdo mal. A mi derecha vi un gigantesco lecho rodeado por una
cortina y, más allá, una bañera ovalada. El agua manaba de una concha sostenida
por unos ángeles y de la amplia superficie se alzaba una nube de vapor. De
pronto mi maestro se levantó de la bañera y apareció enmarcado por el vapor,
mostrando su pecho desnudo y sus tetillas levemente rosadas. Tenía el pelo
estirado hacia atrás, más espeso y hermoso que antes.
Mi maestro me indicó que me acercara.
El agua me infundía respeto. Me arrodillé junto a la bañera y metí la mano en
el agua.
Con un ademán pasmosamente rápido y airoso, mi maestro me agarró y
sumergió en la cálida bañera hasta que el agua me cubrió los hombros. Luego me
inclinó la cabeza hacia atrás.
Al alzar la vista, observé que el techo azul estaba pintado con unos ángeles
de aspecto muy real provistos de unas grandes y plumosas alas. Jamás había
contemplado unos ángeles tan lustrosos y juguetones, triscando sin el menor
pudor, exhibiendo su belleza humana y sus musculosas piernas bajo unas túnicas
vaporosas, sus rizados cabellos agitados por el viento. Me pareció un tanto
exagerado, esas robustas y retozonas criaturas, esa orgía de juegos celestiales
plasmada en el techo hacia el que ascendía el vapor de la bañera, esfumándose
en una luz dorada.
Miré a mi maestro, cuyo rostro estaba ante mí. «Bésame otra vez, sí, haz que vuelva a estremecerme.» Sin embargo, él era de la misma pasta que esos ángeles
pintados en el techo, era uno de ellos, y ese cielo era un lugar pagano habitado
por dioses-soldados en el que abundaba el vino, la fruta y los placeres de la
carne. Me había equivocado de lugar.
Él echó la cabeza hacia atrás y lanzó una sonora carcajada. Tomó un puñado
de agua y la vertió sobre mi pecho. De golpe abrió la boca y durante unos
instantes vi el destello de algo nocivo y peligroso, unos dientes afilados como los
de un lobo. Pero desaparecieron de inmediato y sólo sentí sus labios sobre mi
cuello, mis hombros. Luego comenzó a succionarme una tetilla, sin hacer caso
de mis esfuerzos por detenerle.
Emití un gemido de gozo. Me sumergí de nuevo en el agua cálida sintiendo
los labios de él sobre mi pecho y mi vientre. Mi maestro me succionó la piel con
delicadeza, como si succionara la sal y el calor que emanaba, e incluso el tacto
de su frente sobre mi hombro me provocaba un cosquilleo delicioso. Le rodeé
con un brazo y cuando él halló el objeto de pecado, sentí que éste se disparaba
como una flecha; sentí el impulso, la potencia de esa flecha, y volví a gemir de
placer.
Él dejó que reposara un rato apoyado en él mientras me lavaba lentamente.
Me lavó el rostro con un esponjoso trapo. Luego me obligó a inclinar la cabeza
hacia atrás para lavarme el pelo.
Luego, cuando creyó que yo había reposado lo suficiente, empezamos a
besarnos de nuevo.
Me desperté antes del alba, apoyado en su hombro. Me incorporé y le
observé mientras se ponía la capa y se cubría la cabeza. La habitación estaba
llena de muchachos, pero muy distintos de los tristes y depauperados instructores
del burdel. Estos jóvenes que estaban congregados alrededor del lecho eran
hermosos, bien alimentados, risueños y dulces.
Iban vestidos con unas túnicas de vibrantes colores, plisadas, y la cintura
ceñida por un cinturón que les confería una gracia femenina. Todos lucían unas
espesas y lustrosas cabelleras.
Mi maestro se volvió hacia mí y en una lengua que yo comprendí
perfectamente, me dijo que yo era su único pupilo, que regresaría aquella noche
y que para entonces yo habría contemplado un mundo nuevo.
—¡Un mundo nuevo! —exclamé—. No me dejes, maestro. No deseo
conocer el mundo entero. ¡Sólo te deseo a ti!
—Amadeo —repuso, inclinándose sobre el lecho y utilizando un lenguaje
íntimo y confidencial. Tenía el pelo seco y cepillado; se había aplicado unos polvos en las manos para suavizarlas—. Me tendrás siempre. Deja que estos
chicos te den de comer y te vistan. Ahora me perteneces a mí, a Marius
Romanus.
Mi maestro se volvió hacia ellos y les dio unas órdenes en aquella lengua
dulce y melodiosa.
A juzgar por los alegres rostros de los jóvenes, cualquiera habría pensado
que les había dado oro y golosinas.
—Amadeo, Amadeo —canturrearon mientras se arremolinaban a mi
alrededor. Me contuvieron para impedir que siguiera a mi maestro. Me hablaban
en griego, rápidamente y con fluidez, aunque me costaba un poco entenderlos.
No obstante, comprendí lo que decían.
Ven con nosotros, eres uno de los nuestros, nos portaremos bien contigo,
tenemos órdenes de tratarte muy bien. Me vistieron apresuradamente con
prendas suyas, discutiendo entre ellos sobre qué túnica me sentaba mejor,
protestando porque esas medias estaban deslucidas, aunque era un atuendo
provisional. Cálzale estas zapatillas; ponle esta chaquetilla, a Riccardo le queda
muy estrecha. A mí me parecían unas prendas dignas de un rey.
—Te amamos —dijo Albinus, el segundo en orden jerárquico después de
Riccardo, un joven rubio de ojos verde pálido cuya belleza contrastaba con la de
Riccardo. En los otros no me fijé, pero estos dos constituían un festín para los
ojos.
—Sí, te amamos —apostilló Riccardo, apartándose el pelo n***o de la frente
y guiñando el ojo. Tenía la piel más suave que los demás y unos ojos negros
como el azabache. Me tomó de la mano y observé que tenía los dedos largos y
finos. Aquí todo el mundo tenía unos dedos finos muy hermosos. Tenían unos
dedos como los míos, los cuales destacaban entre los de mis compatriotas, pero
en aquellos momentos no pensé en eso.
De pronto se me ocurrió la extraña posibilidad de que yo, ese pálido
jovencito, el que había provocado aquella situación, el de los dedos finos y
largos, había sido conducido a la tierra a la que pertenecía. Sin embargo, eso era
inverosímil. Me dolía la cabeza. Vi unas imágenes efímeras y silenciosas de los
fornidos jinetes que me habían capturado, de la hedionda bodega del barco en el
que me habían trasladado a Constantinopla, de los individuos delgados y de
ademanes bruscos que se habían hecho cargo de mí allí.
Dios mío, ¿por qué me amaron aquellos hombres? ¿Con qué fin? ¿Por qué
me amas tú, Marius Romanus?
Mi maestro sonrió al despedirse con la mano desde la puerta. Se había enfundado la capucha, un marco escarlata que ponía de realce sus hermosos
pómulos y perfilados labios.
Mis ojos se llenaron de lágrimas.
Una bruma blanca envolvió a mi maestro cuando la puerta se cerró tras él. La
noche se desvanecía, pero las velas seguían ardiendo.
Entramos en una espaciosa estancia, donde vi unos potes de pintura y unos
recipientes de barro que contenían unos pinceles. Unos grandes lienzos
cuadrados aguardaban que alguien les aplicara pintura.
Aquellos chicos no elaboraban sus colores con la yema de un huevo al estilo
tradicional. Mezclaban los hermosos pigmentos directamente con los óleos de
color ámbar. Los potecitos contenían unas grandes y relucientes masas de color
dispuestas para que yo las utilizara. Tomé el pincel que me entregaron los
jóvenes. Contemplé la tela inmaculadamente sobre la que debía pintar.
—No creado por manos humanas —comenté. Pero ¿qué significaban esas
palabras? Alcé el pincel y comencé a esbozar al hombre rubio que me había
rescatado de las tinieblas y la escualidez. Introduje el pincel en los potes de
pintura crema, rosa y blanco, aplicando esos colores al lienzo perfectamente
tensado, pero no fui capaz de pintar un cuadro.
—¡No creado por manos humanas! —musité. Dejé caer el pincel y me cubrí
el rostro con las manos.
Busqué las palabras en griego. Cuando las pronuncié, varios de los jóvenes
asintieron, pero no captaron el significado. ¿Cómo podía explicarles aquella
catástrofe? Me miré los dedos. ¿Qué había sido de...? Pero ahí concluían mis
recuerdos y lo único que me quedaba era Amadeo.
—No puedo hacerlo —dije contemplando el lienzo, aquel amasijo absurdo
de colores—. Quizá podría pintar sobre madera en lugar de tela.
Los muchachos me observaron sin comprender a qué me refería.
Mi maestro, el rubio de ojos azules, no era el Señor encarnado en un mortal,
pero era mi señor. Y yo no podía hacer lo que se suponía que debía hacer.
Para tranquilizarme, para distraerme, los muchachos tomaron sus pinceles y,
al poco rato, me asombraron con las imágenes que pintaban en un abrir y cerrar
de ojos.