—Por favor, no lo tomes de ese modo, Dominic. Y respecto a tu pregunta, sí, soy la chica que duerme con su jefe —Dominic la observó con total seriedad y su mano en el volante se apretó hasta que los nudillos se tornaron blancos—. Jefe que dijo que la quiere y al cual ella también quiere. No pongas eso en duda por nada, Dom.
Dominic siguió conduciendo en silencio, sin decir nada más. Sus ojos permanecían fijos en la carretera, pero la tensión en su mandíbula delataba la tormenta interna que estaba librando. Nina, por su parte, suspiró y también guardó silencio mientras recordaba lo sucedido con Gabriel. Tuvo que aceptar, con una punzada de culpa, que había fallado al aceptar la ayuda de él y no la de Dominic, quien se la había estado ofreciendo insistentemente durante días. Tenía razón en estar molesto; ella misma se sentía incongruente, aceptando migajas de seguridad de un amigo cuando el hombre que amaba estaba dispuesto a darle el mundo entero.
Con calma y una fuerza contenida, Dominic la ayudó a llegar a la habitación después de llevarla en brazos desde el auto hasta su piso. Nina se aferró a su pecho, hundiendo el rostro en el hueco de su cuello y dejando que la calidez de su cuerpo eliminara el frío miedo de horas atrás, cuando estaba siendo golpeada en el suelo de su departamento. En sus brazos, el mundo exterior parecía una pesadilla lejana, aunque las marcas en su piel dijeran lo contrario.
—¿Necesitas algo? —le cuestionó él al depositarla con una delicadeza extrema sobre la cama.
Nina lo observó a los ojos y allí vio una mezcla dolorosa de preocupación, miedo, enojo y mucha incertidumbre. Se sintió muy mal; la conciencia le pesaba más que los golpes físicos. Sabía que ella era la causante de todo ese caos emocional en el hombre que la trataba como a una reina.
—¿No vas a hablarme? —le cuestionó ella, mientras acariciaba su rostro con su mano buena, buscando reconectarlo con ella.
—Me alegra mucho que estés bien —Dominic hizo un gesto culpable ante la palabra "bien", bajando la mirada un segundo—. Me asusté mucho cuando llamaron del hospital. Sentí que el aire se me escapaba —confesó con la voz ronca.
—Todo está bien... Bueno, estoy aquí. No te preocupes —intentó consolarlo ella.
Dominic hizo un gesto de disconformidad, sus ojos recorriendo las manchas amoratadas en su rostro.
—Estás lastimada, Nina. No estás del todo bien. No me pidas que no me preocupe cuando alguien se atrevió a ponerte una mano encima.
—Estoy aquí contigo, Dom. Es lo que importa ahora —sentenció ella con calma, tratando de cerrar la brecha que el incidente de Gabriel había abierto.
—Te prepararé algo ligero para que cenes. Necesitas fuerzas para los medicamentos.
Él intentó salir de la habitación, pero Nina lo detuvo tomando su mano con urgencia.
—No tengo hambre, Dom. Me gustaría tomar un baño y dormir. Siento que el polvo de ese lugar todavía está sobre mí.
Dominic asintió sin protestar. La ayudó a desvestirse, retirando cada prenda con un respeto que rayaba en lo sagrado. Luego la llevó al baño, donde preparó la bañera con agua tibia y sales para desinflamar. La dejó allí, sumergida, mientras él permanecía cerca, vigilante.
El cuidado con el que Dominic la trató la hizo sentir importante y, al mismo tiempo, una mala persona. Él estaba allí cuidando de ella con devoción, mientras ella, hacía apenas un rato, lo había lastimado con su decisión de priorizar a Gabriel. Y no solo eso... se obligó a desechar los pensamientos sobre Oliver y el mensaje de amenaza. Ya era suficiente con la situación tensa que vivía con Dominic; no podía permitirse que el miedo al padre destruyera el refugio que encontraba en él.
El baño fue un acto puro de cuidado. Él tomó la esponja y talló su espalda con una delicadeza infinita, recorriendo el área de sus golpes con tanta suavidad que Nina sintió cómo se le derretía el corazón. No había deseo, ni lujuria; solo una devoción silenciosa que la rompía por dentro. En cada caricia de la toalla, Dominic parecía pedir perdón por no haber estado allí para protegerla, aunque no fuera su culpa.
Dominic la ayudó a salir de la bañera y la envolvió en una toalla suave, secándola con la misma atención que si fuera una joya valiosa que temiera romper. Nina lo observaba en silencio, notando cómo él evitaba mirarla directamente a los ojos, concentrado en sus movimientos, como si temiera que su propio enojo pudiera lastimarla más. Una vez vestida con una de sus camisas de seda, él la cargó de nuevo hasta la cama y le entregó los medicamentos.
—Duerme un poco —susurró él, acomodando las sábanas con esmero—. Mi madre llamó hace un momento y le prometí devolverle la llamada. Iré al despacho a responderle y a terminar unos pendientes que no pueden esperar.
Nina asintió, sintiendo el peso de los analgésicos comenzando a nublar sus sentidos. Pero cuando él se fue, el sueño no llegó de inmediato. Se quedó mirando el techo, procesando la frialdad calculadora de Oliver y la calidez protectora de Dominic. Se sentía atrapada entre dos fuegos: la lealtad a su pasado y el amor que la arrastraba hacia un futuro que no sabía si merecía.
En el despacho, Dominic cerró la puerta y exhaló un suspiro cargado de agotamiento. El teléfono vibró de nuevo.
—Hola, mamá —dijo, forzando una voz tranquila.
—Dominic, hijo, te fuiste tan de prisa... Me dejaste muy preocupada. ¿Qué sucedió? ¿Es algo grave? —La voz de Mariam sonaba genuinamente angustiada.
Dominic cerró los ojos, frotándose la sien. No podía decirle la verdad, no todavía. No quería que su madre supiera que Nina había sido atacada. No quería preocuparla más.
—Todo está bien, mamá. Fue un problema de seguridad en uno de los departamentos de la empresa, tuve que ir personalmente a resolverlo. Ya está todo bajo control, no te preocupes.
—Me alegra oírlo. Pero tu cara... parecías ver un fantasma.
—Solo fue el estrés del momento. Descansa, mañana iré a verte y tomaremos ese café que quedó pendiente. Te quiero.
Colgó y se quedó mirando el vacío. La imagen de Gabriel en el hospital, actuando con esa propiedad sobre Nina, le quemaba la sangre. Intentó concentrarse en los correos electrónicos, pero las palabras bailaban frente a sus ojos.
A mitad de la madrugada, la oscuridad de la habitación se volvió opresiva. Nina se agitó entre las sábanas, atrapada en una pesadilla donde las sombras de los hombres que la atacaron tenían el rostro de Oliver Kasper. Despertó de golpe con el corazón martilleando en sus costillas y el estómago dándole una vuelta violenta.
Se llevó la mano a la boca y corrió hacia el baño como pudo. El sabor amargo de la bilis y el terror la obligó a arrodillarse frente al inodoro. Vomitó hasta que no quedó nada más que espasmos dolorosos. Se quedó un momento en el suelo frío, temblando.
Se levantó con dificultad, se lavó la cara y los dientes con desesperación, tratando de borrar el sabor de la enfermedad y el miedo de su boca. Se miró al espejo, observando sus propios ojos llenos de rabia.
—Ten calma —se susurró a sí misma, con voz temblorosa—. Ten calma, Nina. No dejes que él gane. No dejes que Oliver te haga tener miedo. Tú eres más fuerte que sus amenazas.
Respiró hondo varias veces hasta que el temblor de sus manos disminuyó. Al volver a la habitación, suspiró al notar que Dominic no estaba a su lado. El vacío en la cama la hizo sentir una soledad punzante que no pudo soportar. Necesitaba su presencia, necesitaba convencerse de que él seguía estando allí con ella.
Salió de la habitación y caminó por el pasillo silencioso hasta encontrarlo en la oficina. Allí lo vio, envuelto en la luz de la lámpara de escritorio, con el rostro cansado y la mirada perdida en unos papeles. Lucía tan vulnerable en su soledad que Nina sintió una oleada de ternura que borró cualquier rastro de la discusión anterior.
—Dom... —murmuró ella desde la puerta.
Él levantó la vista y, al instante, su expresión se suavizó, borrando la dureza del trabajo. Se puso de pie rápidamente y fue hacia ella, rodeando su cintura con cuidado de no presionar sus heridas.
—¿Te duele algo? ¿Te sientes mal? Deberías estar descansando, Nina.
—Me duele que no estés allí —confesó ella, pegando la frente a su pecho, buscando el latido de su corazón—. ¿Sigues molesto por lo de Gabriel?
Dominic soltó un suspiro largo, rindiéndose ante la cercanía de ella. La cargó suavemente y la llevó de vuelta a la habitación. Una vez sentados en la cama, apoyados contra el cabecero, habló con esa calma profunda que a ella siempre la desarmaba.
—No estoy molesto, Nina. Estoy... asustado. Me dolió que aceptaras su ayuda porque siento que me excluyes de tu vida. Siento que confías en él para las cosas importantes y a mí me dejas solo la superficie, la parte bonita. Me hace sentir que no me crees capaz de ser tu apoyo real.
Nina tomó su mano, entrelazando sus dedos con fuerza.
—No es eso, Dom. Acepté porque Gabriel buscará opciones que yo pueda pagar con mi salario. Tus opciones son... lujosas, inalcanzables para mí. No quiero ser una carga, ni quiero que mi seguridad dependa de tu chequera. No quiero perder la poca independencia que me queda.
Dominic negó con la cabeza, acercándola más a él hasta que sus respiraciones se mezclaron.
—Nina, no busco que seas dependiente de mí, busco que estés segura. No es una cuestión de dinero, es una cuestión de paz. No quiero volver a recibir una llamada diciendo que estás en urgencias porque el barrio donde vives no tiene seguridad. Si no quieres aceptar una de mis casas, entonces quédate aquí. Este es tu hogar si quieres que lo sea.
Nina suspiró, sabiendo que mudarse con él sería dar un paso hacia un abismo del que no habría retorno cuando la verdad saliera a la luz. Todavía era muy pronto.
—Es muy pronto para vivir juntos, Dom. Necesito mi espacio, no quiero sentir que soy tu adquisición. Pero... —hizo una pausa al ver la sombra de tristeza en sus ojos—... para que estés tranquilo, aceptaré una de tus opciones de mudanza. Con una condición: déjame pagar la mitad. Hasta que pueda cubrirlo todo yo sola, y cuando llegue ese momento, lo aceptarás sin quejarte. Es mi única oferta.
Dominic sonrió de lado, sintiendo cómo el nudo de tensión en su pecho finalmente se soltaba. Se sintió aliviado de no tener que pelear más contra su terquedad. La rodeó con sus brazos, escondiendo el rostro en su cuello, aspirando el aroma a lavanda y jabón.
—Trato hecho, ojitos lindos. Lo acepto —susurró él con una sinceridad que le erizó la piel—. Solo... no vuelvas a asustarme así, Nina. No tienes idea de lo que sentí hoy. Te quiero demasiado y no soportaría volver a verte lastimada. Ver esas marcas en tu piel me quema por dentro. Prométeme que de ahora en adelante, me dejarás cuidarte.
Nina cerró los ojos, aferrándose a él como si fuera su único salvavidas en medio de un naufragio. En el silencio de la noche, las promesas de Dominic se sintieron como un escudo inquebrantable. Sin embargo, en el fondo de su mente, la sombra de Oliver Kasper seguía allí, acechando en la oscuridad, recordándole que el amor podía ser la salvación, pero también el arma más letal en la guerra que apenas comenzaba.