Es por Alina
El zumbido de las luces fluorescentes de la oficina de contabilidad parecía sincronizarse con el latido sordo en las sienes de Nina Valenti. Frente a ella, la pantalla de la computadora mostraba filas interminables de activos y pasivos, pero sus ojos solo podían enfocarse en una cifra: el saldo de su cuenta bancaria personal. Era un número rojo, parpadeante y cruel.
—Lo siento, Nina. Las políticas de la empresa han cambiado —dijo el Sr. Miller, el jefe de recursos humanos, sin levantar la vista de su café—. Con la llegada del nuevo presidente de la junta, todos los préstamos a empleados han quedado congelados hasta nueva orden. No hay excepciones.
—Alina entrará en cirugía la próxima semana, Sr. Miller —suplicó Nina, apretando los bordes de su falda gris de oficina. Su voz era un hilo a punto de romperse—. He trabajado aquí tres años. Nunca he llegado tarde, he hecho horas extras sin cobrar... Solo necesito un adelanto.
—Y te lo agradecemos, pero mi firma ya no vale nada en ese documento. —Él finalmente la miró con una mezcla de lástima y hastío—. Espera a que el nuevo presidente tome posesión. Quizás él sea más flexible.
Nina salió de la oficina sintiendo que las paredes del pasillo se cerraban sobre ella. "¿Esperar?". Alina no tenía tiempo. Los pulmones de su hermana menor eran como bolsas de papel viejo que se desintegraban día a día.
Al llegar a su cubículo, Mayka, su compañera y única amiga, la estaba esperando con una expresión sombría. Mayka sabía lo que era luchar en el barro; ella misma lo hacía de noche para poder pagar sus deudas de día.
—Dijo que no, ¿verdad? —susurró Mayka, inclinándose sobre el escritorio de Nina.
Nina solo pudo asentir, sintiendo que si abría la boca, estallaría en sollozos.
—Escucha —Mayka deslizó una pequeña tarjeta de color n***o mate sobre el teclado de Nina. No tenía nombre, solo una dirección en el Meatpacking District y una hora—. El Velo de Obsidiana. No es un club normal. Allí no van chicos a bailar; van hombres que tienen tanto dinero que han olvidado lo que es el valor de las cosas. Hombres que pagan una fortuna solo por una cena, una conversación... y lo que venga después.
—Mayka, yo no puedo... —Nina miró la tarjeta como si fuera una brasa ardiendo.
—Alina se está muriendo, Nina. Y tú eres hermosa. No dejes que ese cuerpo se desperdicie en este cubículo gris mientras tu hermana se apaga. Una noche allí puede darte más de lo que este lugar te pagará en cinco años.
Esa noche, el pequeño apartamento de Nina olía a humedad y soledad . Alina dormía en el hospital, su situación no la dejaba salir de allí, debía permanecer conectada a un concentrador de oxígeno.
Nina se paró frente al espejo del baño, observando a la mujer que le devolvía la mirada.
Se deshizo de la coleta tirante y el maquillaje invisible de oficina. Se soltó el cabello oscuro, que cayó en ondas sobre sus hombros. Buscó en el fondo de su armario un vestido que había comprado en una oferta años atrás y que nunca tuvo el valor de usar: una pieza de seda color medianoche, con una espalda descubierta que terminaba justo donde empezaba el peligro, y un escote que desafiaba la gravedad.
Se pintó los labios de un rojo tan intenso que parecía sangre fresca.
"Es por Alina", se repitió mientras sus dedos temblorosos abrochaban sus tacones más altos. "Solo es dinero. Solo es una noche".
Nina se sentó en la barra del Velo de Obsidiana, pidiendo un trago que no pensaba probar. Sentía todas las miradas sobre su piel, manos invisibles que la recorrían. Entonces, lo sintió. Una presencia que hizo que el vello de su nuca se erizara.
—No pareces pertenecer a este lugar —dijo una voz profunda, madura y cargada de una autoridad natural.
Nina giró la cabeza. El hombre que estaba a su lado era la personificación del poder. Tendría unos cincuenta años, con algunas canas plateadas en las sienes que solo añadían a su atractivo magnético. Sus ojos eran oscuros, depredadores, y la recorrían con un descaro que la hizo sentir desnuda.
—¿Y usted sí pertenece? —respondió ella, intentando que su voz no temblara. No sabía quién era, pero su traje de sastre y su reloj de oro gritaban que podía comprar el club entero si quisiera.
El hombre sonrió, una expresión que no llegó a sus ojos.
—Yo soy el dueño de todo lo que veo. Mi nombre es Dominic Kasper.
Para Nina, el nombre no significó nada en ese momento. Solo era un nombre más de un hombre rico en un club para pecadores qué usaba su dinero para conseguir lo que se le antojaba.
—Mucho gusto, Dominic —mintió ella, ocultando su verdadera identidad bajo el maquillaje pesado.
Después de dos tragos y una conversación donde él la envolvió en una red de halagos inteligentes, él fue directo al grano.
—Tienes un precio en los ojos. Dime la cifra. No estoy aquí para perder el tiempo.
Nina tragó saliva. Sus manos sudaban. Recordó la factura del hospital, el coste de la cirugía de Alina y el postoperatorio.
—Cincuenta mil dólares —soltó, esperando que él se riera en su cara por la cifra tan elevada.
El hombre la observó en silencio, recorriendo el contorno de su cuello con la mirada, bajando hacia su pecho. Luego, soltó una carcajada baja, cargada de una suficiencia que la hizo estremecer.
—Barato para una pieza de arte como tú. Acepto.
Sacó una chequera de su bolsillo interior, firmó un cheque con una caligrafía impecable y lo deslizó por la barra hacia ella. El nombre en el cheque coincidía con lo que él había dicho: Dominic Kasper. Nina lo tomó con dedos temblorosos y lo guardó en su cartera como si fuera un tesoro sagrado.
—Vamos al hotel, Nina. He comprado tu tiempo, y tengo la intención de no desperdiciar ni un segundo de mi inversión.
Mientras lo seguía hacia la salida, su mente gritaba una sola cosa: "Alina se va a salvar". No sabía que el hombre que caminaba frente a ella no solo le estaba mintiendo sobre su identidad, sino que estaba a punto de destruir lo poco que le quedaba de fe en el mundo.