El hotel no era una simple cadena de lujo; era un santuario de cristal diseñado para que los pecados cometidos tras sus puertas permanecieran en el más absoluto anonimato. Mientras subían en el ascensor, Nina evitó mirar su propio reflejo en los espejos dorados. No quería reconocer a la mujer que vestía ese trozo de seda azul medianoche. Quería creer que era una extraña, una actriz interpretando un papel para salvar la vida de su hermana.
Dominic Kasper mantenía una mano posesiva sobre la parte baja de su espalda. Su tacto era firme, cargado de una arrogancia que Nina confundió con seguridad. Él no la miraba con ternura; la miraba como un coleccionista observa una pieza que acaba de adquirir en una subasta difícil.
—Estás tensa, Nina —dijo él cuando las puertas se abrieron en el piso de la suite presidencial. Su voz era profunda, con esa madurez que inspira una confianza peligrosa—. Relájate. El cheque está en tu bolso. El trato está hecho.
Él abrió la puerta de la suite con la tarjeta magnética. El aire en el interior olía a sándalo y a una limpieza impersonal que la hizo estremecer. Nina entró, sus tacones resonando sobre el suelo de madera noble, sintiéndose pequeña ante la opulencia del lugar. Las luces de Nueva York se filtraban por los ventanales de piso a techo, creando un mapa de neón sobre la cama de sábanas blancas y perfectas.
—Necesito... un momento —susurró ella, señalando el baño.
Él asintió, sirviéndose un trago de un decantador de cristal.
—No tardes. El tiempo es el activo más valioso que tengo, y he pagado una fortuna por el tuyo.
En el baño, Nina se apoyó contra la puerta cerrada. Sus manos temblaban tanto que tuvo que sujetarlas contra su pecho. Abrió el bolso y sacó el papel. El nombre Dominic Kasper relucía bajo la luz blanca. Cincuenta mil dólares. El precio de su alma. El precio de la respiración de Alina. Se lavó la cara con agua fría, cuidando de no arruinar el maquillaje, y se miró al espejo.
—Hazlo por ella —se lo ordenó en un susurro—. Solo es una noche. Después de esto, nunca tendrás que volver a verlo.
Cuando salió, Dominic ya se había quitado la chaqueta y la corbata. Estaba sentado en el borde de la cama, esperándola con una mirada que ya no ocultaba el hambre. No hubo romance, no hubo palabras dulces. Fue una transacción coreografiada por el poder. Él la tomó con una eficiencia que rayaba en lo cruel, recordándole con cada movimiento que él era el dueño del contrato. Nina cerró los ojos y se imaginó en cualquier otro lugar: en el parque con Alina, en el despacho de contabilidad, en un mundo donde el dinero no dictara quién vivía y quién moría. Dejó que él hiciera lo que quisiera con su cuerpo, desconectando su mente de la piel que él reclamaba.
A medida que las horas pasaban, Nina sintió el peso de la humillación, pero también el alivio gélido de saber que la agonía de buscar fondos se había terminado.
El despertar fue brusco. La luz del sol golpeaba sus ojos con una agresividad innecesaria. Nina se incorporó de golpe en la inmensa cama, sintiendo el frío de las sábanas en el lado vacío. Él se había ido. No había nota, no había rastro de su presencia más allá del olor a tabaco caro y el desorden de las almohadas.
Nina sintió una punzada de náuseas, pero la reprimió. Se vistió con prisa, sus manos aún torpes, y buscó desesperadamente su bolso. Allí estaba el cheque. Lo apretó contra su pecho, sintiendo que era lo único que la mantenía en pie.
Fue entonces cuando su móvil empezó a vibrar sobre la mesita de noche. El corazón le dio un vuelco al leer "Hospital Saint Jude".
—¿Dígame? —respondió, con la voz ronca.
—Señorita Valenti, tiene que venir de inmediato —la voz de la enfermera sonaba cargada de una urgencia que Nina conocía demasiado bien—. Su hermana ha tenido una recaída severa hace una hora. El Dr. Aris dice que no podemos esperar más. La cirugía de emergencia tiene que ser hoy mismo.
—¡Lo tengo! ¡Tengo el dinero! —gritó Nina, saliendo de la habitación mientras se abrochaba el último botón del vestido—. Voy para allá. Haré el depósito en cuanto abra el banco.
Corrió por el pasillo del hotel, bajó por el ascensor sintiendo que cada segundo era un minuto que le robaba a Alina. Al llegar a la calle, el aire frío de la mañana le abofeteó el rostro. Nueva York seguía su ritmo indiferente, ajeno a su desesperación. Tomó el primer taxi que vio y le dio la dirección de la sucursal bancaria más cercana a su oficina.
—Por favor, corra —le suplicó al conductor.
Llegó al banco cinco minutos antes de que abrieran. Se quedó allí, de pie en la acera, abrazándose a sí misma, con el cabello aún revuelto de la noche anterior y el maquillaje corrido bajo los ojos. Parecía una mujer que acababa de sobrevivir a un naufragio, y en cierto modo, así era.
Cuando las puertas se abrieron, Nina fue la primera en entrar. Prácticamente se abalanzó sobre el mostrador de una de las cajeras.
—Buenos días, quiero depositar este cheque y realizar una transferencia inmediata al hospital Saint Jude —dijo, extendiendo el papel con manos que no dejaban de temblar.
La cajera, una mujer de mediana edad con gafas de lectura, tomó el cheque y la miró de arriba abajo con una desaprobación evidente. La apariencia de Nina no gritaba "cincuenta mil dólares", gritaba "mala noche".
—Un momento, señorita —dijo la mujer, empezando a teclear en su sistema.
Nina observaba los dedos de la cajera moverse. Cada "clic" del teclado era un golpe en su pecho. Miraba el reloj de la pared. Diez minutos para las nueve. Alina debía estar ya en la sala de pre-operatorio.
La cajera frunció el ceño. Se ajustó las gafas y volvió a teclear. Luego, llamó a un supervisor. Nina sintió que el suelo empezaba a temblar bajo sus pies.
—¿Hay algún problema? —preguntó Nina, su voz subiendo de tono—. El cheque es legítimo. El Sr. Kasper me lo dio personalmente anoche.
El supervisor, un hombre de rostro severo, se acercó al mostrador. Miró el cheque y luego miró la pantalla. Suspiró, una exhalación que sonó a sentencia.
—Señorita Valenti —dijo el supervisor, con una voz desprovista de cualquier empatía—, este cheque no puede ser procesado.
—¿Qué? ¿Por qué no? —Nina se inclinó sobre el cristal, golpeándolo con los nudillos.
—La cuenta de la que procede este cheque está bloqueada por falta de fondos suficientes para cubrir esta cantidad —explicó el hombre—. De hecho, ha tenido múltiples intentos de cobro fallidos en las últimas veinticuatro horas. El titular de esta cuenta ha emitido órdenes de pago sin respaldo.
El mundo se volvió blanco para Nina. Sus oídos empezaron a pitar, amortiguando el ruido ambiente del banco.
—No... eso es imposible —balbuceó—. Él me dijo... me dio su palabra….
—Lo siento, señorita. No hay nada que podamos hacer. El cheque no tiene valor. Es solo papel.
Nina tomó el cheque que el supervisor le devolvía. El nombre Dominic Kasper parecía ahora una burla cruel, una bofetada grabada con tinta negra. La cifra de cincuenta mil dólares se burlaba de ella desde el papel. Se dio cuenta de que no solo la habían usado; la habían estafado de la manera más ruin posible. Había vendido la última parte de sí misma que le pertenecía a cambio de una mentira.
Su teléfono volvió a sonar. Era el hospital. Con dedos entumecidos, Nina contestó, sabiendo que la oscuridad finalmente la había alcanzado.
—¿Señorita Valenti? No hemos recibido la confirmación del depósito... Su hermana acaba de entrar en paro cardíaco.
El cheque cayó de las manos de Nina, flotando lentamente hasta el suelo de granito del banco. Se quedó allí, en medio del vestíbulo, rodeada de gente con vidas normales, mientras el eco de la voz de la enfermera le decía que el tiempo se había agotado y que el hombre llamado Dominic Kasper acababa de matarla a ella y a su hermana.