Promesa

1514 Words
El trayecto del banco al hospital fue un descenso literal a los infiernos. Nina no recordaba haber subido al taxi, ni haber pagado la carrera; solo sentía el peso muerto del cheque inútil, arrugado en su puño hasta que los bordes del papel le lastimaron la palma. El aire de Nueva York, usualmente eléctrico y vibrante, se había vuelto espeso como el lodo, asfixiándola. Cada semáforo en rojo era una puñalada de tiempo perdido; cada bocina de la ciudad, un grito de burla hacia su desgracia. La humillación le quemaba la piel como ácido; sentía que todos los transeúntes podían ver, a través de la seda de su vestido azul, la costra de la vergüenza que la cubría tras haber entregado su cuerpo a cambio de nada. ​Cuando las puertas automáticas del Saint Jude se abrieron con un siseo neumático, el olor a antiséptico y enfermedad la golpeó con la fuerza de un mazo. Nina corrió, ignorando las miradas de los pacientes en urgencias. Sus tacones golpeaban el linóleo con un ritmo frenético que gritaba desesperación, un eco de su corazón desbocado. ​Al llegar al mostrador de la unidad de cuidados intensivos, sus manos temblorosas se apoyaron en el frío granito. ​—¡Mi hermana! —exclamó. Su voz no era más que un graznido roto, una súplica lanzada al vacío—. Alina Valenti ¿Cómo está? ​La recepcionista, una mujer de mirada cansada que ya había visto demasiadas tragedias esa mañana, no tuvo que consultar la pantalla. El código azul de la última hora había dejado una marca en el turno. Antes de que pudiera responder, una mano firme y conocida se posó sobre el hombro de Nina. ​—Nina, mírame —era la voz de Gabriel Aris. ​El Dr. Gabriel Aris no era solo el cardiólogo asignado al caso de Alina; era el hombre que, durante los últimos dos años, se había convertido en el único pilar de cordura para Nina. Gabriel la observó con una mezcla de profesionalismo herido y un afecto que luchaba por no desbordarse. Su bata blanca estaba impecable, pero sus ojos delataban una fatiga que iba más allá de lo físico. ​—Gabriel, dime que no es cierto —susurró ella, girándose hacia él. Sus piernas flaquearon y él la sostuvo con fuerza por los codos. ​—Ven conmigo, hablemos en privado —dijo él, guiándola hacia una pequeña sala de espera vacía, lejos de los oídos curiosos. ​—¡No quiero privacidad, Gabriel! ¡Quiero soluciones! —Nina estalló, la adrenalina y el pánico mezclándose con su angustia—. Tengo el dinero. Hubo un problema administrativo en el banco, un error estúpido, pero se solucionará mañana. Solo... solo llévala al quirófano ahora. ​Gabriel cerró la puerta de la sala y se quedó allí, bloqueando la salida, no como un obstáculo, sino como un escudo. Ver a Nina así, con el vestido arrugado y el cabello desordenado, le partía el alma. Él conocía cada sacrificio que ella había hecho; sospechaba, por la mirada de muerte en sus ojos, que el precio de ese supuesto dinero había sido demasiado alto. ​—Nina, escúchame con atención —Gabriel se acercó y la tomó de las manos. Las de ella estaban gélidas—. Sufrió un paro cardíaco. Fue un episodio súbito. Tres minutos, Nina. Su corazón dejó de latir por tres minutos completos antes de que lográramos recuperarla. ​—¿Tres minutos? —repitió ella, la cifra golpeándola como una sentencia—. Eso es mucho tiempo, ¿verdad? ​—Es un tiempo crítico, pero logramos reanimarla antes de que el daño fuera irreversible —explicó Gabriel con una suavidad que Nina sintió que no merecía—. Sin embargo, su cuerpo ha entrado en un estado de defensa. Está en coma. Su cerebro está "aturdido", intentando sanar de la hipoxia. Ahora mismo, Alina está conectada a un ventilador mecánico. Sus funciones son mínimas, Nina. No pudimos operar porque su corazón no habría resistido ni el primer gramo de anestesia. ​Nina sintió que las paredes de la habitación se cerraban sobre ella. Se dejó caer en una de las sillas de plástico, ocultando el rostro entre sus manos. Los sollozos que había contenido desde que salió del banco finalmente estallaron, un sonido animal, gutural, que llenó el pequeño espacio. ​Gabriel se arrodilló frente a ella, rompiendo toda barrera médico-paciente. La rodeó con sus brazos, permitiendo que ella llorara sobre su hombro. Él apoyó su frente contra la de ella, cerrando los ojos con fuerza. ​—No estás sola, Nina. Me tienes a mí. Lo sabes, ¿verdad? —le susurró Gabriel, su voz vibrando con una emoción contenida—. Haré que vigilen cada latido de su corazón las veinticuatro horas. Usaré cada recurso de este hospital, legal o no, para que Alina despierte. Pero necesito que tú sigas en pie. Si tú te derrumbas, ella no tiene a nadie. ​Nina se separó un poco, mirando a Gabriel. En su rostro vio una devoción que en cualquier otro momento la habría asustado. Gabriel Aris la amaba, o estaba peligrosamente cerca de hacerlo, y esa era otra carga que ella no sabía si podía llevar. ​—¿Por qué eres tan bueno conmigo, Gabriel? —preguntó ella, limpiándose las lágrimas con el dorso de la mano. ​—Porque eres la mujer más fuerte que he conocido —respondió él sin dudarlo—. Y porque nadie merece llevar el peso del mundo sobre sus hombros como tú lo haces. Quédate aquí, descansa diez minutos. Yo iré a revisar sus niveles de nuevo y te llevaré a verla. ​Cuando Gabriel salió, Nina se quedó sola con sus fantasmas. La rabia, que hasta entonces había sido un zumbido de fondo, empezó a ganar volumen. El dolor era demasiado pesado para cargarlo, así que su mente, en un mecanismo de defensa desesperado, empezó a transmutarlo en algo más afilado: odio puro. ​Minutos después, Gabriel regresó y la guio a la habitación de la UCI. El sonido fue lo primero que la golpeó: el bip-bip rítmico de los monitores, el siseo mecánico del respirador forzando aire en los pulmones de Alina. Su pequeña hermana de quince años parecía una muñeca de porcelana rota, rodeada de cables y tubos. ​Nina se sentó en la silla junto a la cama y tomó la mano de Alina. Estaba fría, una frialdad que parecía emanar del mismo centro de la tierra. ​—Lo siento tanto —susurró Nina contra la sábana blanca—. Te fallé, Alina. Me dejé engañar por un espejismo mientras tú te hundías en la oscuridad. ​Gabriel observaba desde la puerta, con el corazón encogido. Sabía que Nina estaba en el límite. ​—Ella te escucha, Nina —dijo Gabriel suavemente—. Háblale. Tu voz puede ser lo único que puede guiarla de vuelta. ​Pero Nina ya no quería hablar de esperanza. Su mente estaba en otro lugar, en un hotel de lujo, viendo a Dominic Kasper sonreír mientras le entregaba un cheque que era una sentencia de muerte. Recordó cómo él la había tocado, cómo la había mirado con esa mezcla de lascivia y superioridad, sabiendo perfectamente que el papel que le entregaba no valía nada. Se había aprovechado de su agonía por puro deporte. ​Nina se incorporó lentamente. El llanto había cesado. Sus ojos, antes nublados por las lágrimas, ahora brillaban con una claridad gélida que hizo que Gabriel diera un paso atrás por instinto. ​—Gabriel —dijo ella sin apartar la vista de su hermana—, gracias por todo lo que has hecho. De verdad. ​—Nina, te ves... diferente. Por favor, no hagas nada estúpido. Si necesitas dinero, yo… ​—Ya no se trata solo de dinero, Gabriel —lo interrumpió ella. Su voz era plana, sin emoción, lo que la hacía aún más aterradora—. Se trata de una deuda que el dinero no puede pagar. ​Nina sacó el cheque arrugado de su bolso. El apellido Kasper destacaba bajo la luz fluorescente de la unidad de críticos. En ese momento, la Nina que temía a las facturas y pedía prórrogas fue enterrada viva. El vacío fue llenado por una determinación absoluta. ​—Dominic Kasper —susurró para sí misma, ignorando la presencia de Gabriel—. Crees que Alina es un daño colateral. Crees que soy una mujer insignificante que se ahogará en su propia miseria. No tienes idea del error que cometiste al burlarte de mí. ​Se volvió hacia la cama de Alina y le apretó la mano con una promesa silenciosa. ​—Voy a cobrarte este cheque, Dominic. Pero no me pagarás con dólares. Me pagarás con tu nombre, con tu orgullo y con cada gramo de poder que ostentas. Voy a entrar en tu imperio, voy a convertirme en tu sombra y me aseguraré de que cuando caigas, no quede nada de ti para ser recordado.
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