Es su padre

1900 Words
Sesenta días. Mil cuatrocientas cuarenta horas. Ochenta y seis mil cuatrocientos minutos de un silencio sepulcral en la habitación 402 del Saint Jude, roto únicamente por el siseo mecánico del respirador de Alina. Para Nina Valenti, el tiempo ya no era una magnitud física; era una herida abierta que se negaba a cicatrizar. ​Nina estaba sentada en su cubículo de la corporación, rodeada de carpetas de auditoría y facturas por pagar, pero su mente estaba a kilómetros de allí. Durante dos meses, sus dedos habían volado sobre el teclado en cada descanso, buscando cualquier rastro de un tal "Dominic Kasper" en los registros públicos, r************* y bases de datos financieras. Había sido como intentar atrapar el humo con las manos. Nada. El hombre parecía no existir fuera de aquel cheque sin fondos que ella guardaba en su bolso como una reliquia maldita. ​Tenía dos teorías que la mantenían despierta por las noches: o el nombre era una invención absoluta de un estafador profesional, o el hombre era tan inmensamente poderoso que había borrado sus huellas digitales con una precisión quirúrgica. ​—Nina, ¿estás ahí? Tierra llamando a la mejor contadora de este piso. ​La voz de Mayka la sacó de su trance. Nina parpadeó, enfocando la vista en su amiga, quien la observaba con una mezcla de preocupación y extrañeza. Mayka notó de inmediato que la mujer frente a ella no era la misma Nina que solía compartir risas tímidas y cafés económicos. La Nina de hoy era más delgada, sus pómulos estaban más marcados y su mirada, antes suave y temerosa, ahora era un destello de acero frío. ​—Has cambiado mucho, Nina —dijo Mayka, dejando un informe sobre su escritorio—. Estás... diferente. Más seria. Tienes una mirada que me da escalofríos, como si estuvieras planeando un atraco o un funeral. ​Nina no se inmutó. Sus dedos se detuvieron sobre el teclado, pero no apartó la vista de la pantalla. —La vida me hizo cambiar, Mayka. Ser como era antes solo logró que pudieran usarme. La ingenuidad es un lujo que ya no puedo permitirme. ​Mayka suspiró, tirando de una silla para sentarse a su lado. —Sé que lo de Alina ha sido un golpe devastador, y no pretendo entender tu dolor, pero... Nina, tienes que dejar de castigarte. No puedes vivir con ese odio consumiéndote. Deja el pasado atrás, por tu propio bien. ​Nina giró la silla lentamente, enfrentando a su amiga. Su rostro era una máscara de absoluta determinación. —No es castigo, Mayka. Es justicia. Hay algo que tengo que cobrar, y no me detendré hasta que el saldo esté en cero. Hay deudas que no se pagan con dinero, y la persona que me debe... va a descubrirlo pronto. ​Mayka, entendiendo que no había forma de penetrar ese muro de resentimiento, decidió cambiar de tema, esperando aliviar la tensión del ambiente. —Bueno, al menos hoy el ambiente en la oficina se distraerá con otra cosa. El nuevo presidente ha llegado hace menos de una hora. Estaba en el vestíbulo cuando su coche se detuvo. ​Nina volvió a teclear, restándole importancia con un gesto de la mano. —¿Y qué tal? ¿Otro ególatra con traje de tres mil dólares? ​—Es diferente a lo que imaginaba —respondió Mayka, bajando la voz—. Es joven, Nina. Muy joven para el cargo. Pero tiene una presencia... Dios, me dio miedo de solo verlo pasar. No sonrió ni una vez. Se ve extremadamente serio, como si pudiera leer tus pecados solo con mirarte. Dicen que viene a hacer una limpieza profunda en la empresa. Las cosas van a cambiar aquí, y mucho. ​Nina soltó una risa seca, carente de cualquier rastro de humor. —Los hombres de dinero son todos iguales, Mayka. Se creen mejores que el resto solo porque sus apellidos están grabados en oro sobre las placas en sus escritorios. Para ellos, somos solo hormigas que mantienen su estructura en pie. ​Mayka asintió, levantándose para volver a sus labores. —Pues espero que esta hormiga no sea pisoteada. A seguir trabajando; no quiero ser la primera víctima en la lista de Dominic Kasper. ​El nombre cayó sobre Nina como un cubo de agua helada en medio de un incendio. El aire se atascó en sus pulmones y el ruido de la oficina, el teléfono sonando, las impresoras trabajando, las voces de sus colegas, todo se desvaneció en un zumbido blanco. ​—¿Qué has dicho? —preguntó Nina, despegando la mirada del monitor con una lentitud aterradora. ​Mayka se detuvo, confundida. —¿Sobre el jefe? Que se llama Dominic Kasper. ¿Por qué...? ​Nina no escuchó el resto. El odio, ese viejo amigo que la acompañaba desde la noche del hotel, recorrió sus venas como ácido, quemando todo a su paso. Sintió el impulso de vomitar y, al mismo tiempo, de gritar hasta desgarrar sus cuerdas vocales. Dominic Kasper estaba aquí. El hombre que la usó, que la estafó, el hombre que dejó que Alina cayera en coma mientras él disfrutaba de su cuerpo, era su nuevo jefe. ​Sin decir una palabra, Nina tomó su bolso, se puso de pie con una brusquedad que hizo que su silla golpeara el cubículo vecino y salió de la estación de trabajo. Caminó hacia el baño con pasos mecánicos, ignorando las llamadas de Mayka. Al entrar, se encerró y se apoyó contra el lavabo, mirando su reflejo en el espejo. Sus pupilas estaban dilatadas, su respiración era errática. ​—Parece que el destino finalmente está a tu favor, Nina —susurró para sí misma, con una voz que no reconoció. ​Abrió su bolso y sacó el cheque arrugado. Lo alisó con cuidado sobre el mármol del lavabo. El nombre estaba allí, burlándose de ella: Dominic Kasper. El monstruo había vuelto a su cueva, y ella estaba dentro con él. ​Decidida, se retocó el labial, se alisó la falda y salió del baño. No regresó a su escritorio. Se dirigió directamente al ascensor de alta velocidad que llevaba a la planta de la Presidencia. Cada piso que subía era un escalón hacia su venganza. Al llegar, el lujo del piso 50 era insultante. Alfombras que amortiguaban cualquier sonido, paredes de madera de nogal y una recepcionista que parecía una modelo de pasarela. ​—Necesito ver al señor Kasper —dijo Nina, plantándose frente al escritorio de la asistente. ​—¿Tiene cita, señorita...? —la mujer revisó la agenda con desdén. ​—Valenti. Nina Valenti. Y no, no tengo cita, pero es un asunto de extrema urgencia. Dígale que es sobre un documento... personal. ​—Lo siento, el señor Kasper está muy ocupado con el traspaso de mando. No puede ver a nadie sin… ​—¿Qué es tan urgente que no puede esperar? —una voz gruesa y autoritaria resonó a espaldas de Nina. ​Nina se giró con el corazón en la garganta, lista para escupirle todo su odio al hombre que la había destruido. Pero al verlo, las palabras se congelaron en su boca. ​El hombre que estaba frente a ella era joven, de unos treinta años. Tenía el cabello oscuro perfectamente peinado, una mandíbula afilada y unos ojos azules tan fríos que parecían cristales de hielo. Era apuesto, sí, pero su belleza era gélida y distante. Lo más importante: no era el hombre del hotel. ​Nina se quedó en shock. Su mente trabajó a mil por hora. "¿Me mintió con el nombre?", pensó. "Usó un nombre falso para el cheque... usó el nombre de este hombre para estafarme". El desconcierto la dejó muda mientras el joven hombre la analizaba con una ceja arqueada. ​—¿Y bien? —insistió él —. Soy Dominic Kasper. Si tienes algo que decir, dilo ahora. Mi tiempo es costoso. ​Nina dio un paso atrás, sintiendo que el suelo se movía. Si este era el verdadero Dominic, entonces el hombre de la noche anterior era un impostor. Pero antes de que pudiera articular una disculpa o una pregunta, otra figura emergió de la oficina principal. ​—Entremos de una vez, hijo. Tengo algunos asuntos que atender más tarde y no quiero perder la mañana en trámites. ​Al oír esa voz, Nina sintió un golpe en el estómago. Un sudor frío le recorrió la nuca y el asco subió por su garganta como una marea. El hombre que acababa de salir era mayor, de unos cincuenta y tantos años, con sienes plateadas y esa misma sonrisa de suficiencia que Nina recordaba entre las sábanas de la suite presidencial. ​Dominic asintió hacia su padre y luego volvió a mirar a Nina con impaciencia. —Parece que tu urgencia tendrá que esperar, señorita. Mi padre y yo tenemos una reunión. ​El hombre mayor pasó al lado de Nina. No se detuvo, pero al cruzar su mirada con la de ella, le dedicó una fracción de segundo de reconocimiento. No hubo miedo en sus ojos, sino una mirada cargada de una lujuria residual y una advertencia silenciosa que hizo que a Nina se le erizara el vello de los brazos. Él no solo la recordaba; se regodeaba en lo que le había hecho. ​Los dos hombres entraron en el despacho y la puerta de madera pesada se cerró con un golpe definitivo. ​Nina se quedó de pie en medio del pasillo, con el mundo girando a su alrededor. La verdad la golpeó con la fuerza de un rayo: Ese hombre había usado la identidad de su propio hijo para engañarla. Había usado el nombre de Dominic para firmar un cheque sin fondos, sabiendo que su hijo sería el escudo perfecto o que, en el peor de los casos, la culpa recaería sobre él. ​Nina apretó los puños hasta que sus uñas se clavaron en sus palmas. El odio que sentía hace diez minutos se multiplicó por mil, pero ahora tenía una dirección clara. Ese hombre la había subestimado. Él creía que ella era una hormiga que podía aplastar con su zapato caro. ​—Se hizo pasar por su hijo —susurró Nina, mirando la puerta cerrada con una chispa de locura en los ojos—. Se escondió detrás de Dominic. Una sonrisa lenta, casi imperceptible, se dibujó en sus labios mientras observaba su propio reflejo en el cristal impecable de la oficina. Ya no veía a la mujer que lloraba en los pasillos del Saint Jude; veía a alguien que Dominic Kasper no alcanzaría a comprender. El plan que había traído al subir al ascensor acababa de mutar en algo mucho más oscuro y letal. ​—Te enseñaré que algunas deudas no se saldan con papel, Kasper —susurró para sí misma, ajustándose el saco con una elegancia que no le pertenecía hasta hace una hora—. Si quieres jugar a ser Dios, prepárate para conocer a tu propio demonio. ​Se dio la vuelta para regresar a su cubículo, con el paso firme y el corazón gélido. No necesitaba gritar su venganza; el silencio que dejaba a su paso era la primera advertencia de que el imperio de los Kasper acababa de dejar entrar al caballo de Troya.
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