Primer acercamiento

1523 Words
Los siguientes días, Nina se transformó en un fantasma que habitaba entre archivos y hojas de cálculo. Sabía de sobra que la nueva junta directiva, bajo el mando de los Kasper, pediría un informe detallado del estado financiero de la empresa. Era su oportunidad de oro. Estaba decidida a llamar la atención de Dominic Kasper; pero no lo haría con su cuerpo —no todavía—, sino con su cerebro. Quería ser indispensable antes de ser deseada. ​Se quedaba horas extras, devorando auditorías que nadie más quería tocar. Su trabajo en contabilidad se volvió una forma de meditación oscura. Mientras sus dedos volaban sobre el teclado numérico, Nina no veía simples cifras; veía el rastro del dinero que alimentaba el imperio del hombre que la habían destruido. Cada discrepancia que encontraba en los libros antiguos, cada centavo desviado en las administraciones pasadas, era un hilo del que planeaba tirar hasta desmoronar el tejido de la corporación. ​El silencio en el piso de contabilidad era casi absoluto, interrumpido solo por el zumbido de los servidores y el ocasional clic-clic de su ratón. Nina se sumergía en hojas de cálculo de Excel tan complejas que a cualquier otro empleado le habrían provocado una migraña. Ella, en cambio, encontraba una satisfacción gélida en cuadrar balances. Si podía controlar los números de los Kasper, eventualmente podría controlar sus vidas. ​—Nina, por favor, vámonos ya —la voz de Mayka rompió la burbuja de concentración. Su amiga se acercó a su cubículo, ya con el abrigo puesto y la cartera al hombro. ​—Me quedaré un par de horas más —respondió Nina, sin apartar la mirada de la pantalla. El resplandor azulado del monitor acentuaba las sombras bajo sus ojos, dándole un aire de belleza trágica y febril. ​—Te vas a enfermar, de verdad lo digo —insistió Mayka, apoyándose en la pared del cubículo y dejando escapar un suspiro de frustración—. Te he observado estos últimos días. No comes, apenas bebes agua y pareces un autómata. Sé que tienes muchos gastos con la clínica de Alina y que las horas extras ayudan, pero te estás excediendo. Nina, ayer te vi hablando sola frente a una cuenta de gastos de representación. Pareces... obsesionada. ​Nina finalmente giró la silla, enfrentando a su amiga. Su rostro era una máscara de calma forzada, pero sus ojos brillaban con una intensidad que Mayka no lograba descifrar. ​—No es obsesión, Mayka, es eficiencia. Escuché por los pasillos que el señor Kasper busca una asistente contable personal. Alguien que no solo lleve los libros, sino que sea capaz de limpiar las cuentas de la transición y detectar las fugas de capital. Quiero ese puesto. Ese salario no solo me "caería bien", es la diferencia entre que Alina reciba la mejor terapia neurológica del estado o que se marchite en una cama de hospital público. ​Mayka la estudió en silencio, cruzándose de brazos. —¿Estás segura de que es solo por el dinero? A veces te miro y siento que no estás trabajando para los Kasper, sino contra ellos. Tienes una forma de golpear las teclas que parece que estuvieras apuñalando a alguien. ​Nina soltó una risa seca, un sonido que no llegó a sus ojos. —Tal vez solo estoy cansada de que las hormigas siempre pierdan, Mayka. Si voy a trabajar para un monstruo, al menos quiero ser la que lleve las cuentas de sus pecados. ​Mayka no pudo refutar nada. En el mundo de los vivos, el dinero era el único idioma que se hablaba con claridad, y el hambre de Nina parecía insaciable. Se despidió con un gesto triste, dejando a su amiga sumergida de nuevo en la penumbra del piso de contabilidad. ​Tres horas después, el agotamiento físico finalmente alcanzó a su voluntad. Nina se frotó las sienes, sintiendo el latido de la fatiga detrás de sus párpados. Guardó el informe final —un análisis impecable que desnudaba tres años de mala gestión— en un sobre de cuero n***o. Apagó su equipo, dejando que la oscuridad total la rodeara por un instante antes de que las luces de emergencia se activaran. ​Caminó hacia el banco de elevadores con los hombros cargados. Mientras esperaba que la cabina subiera desde el vestíbulo, se recogió el cabello en una coleta alta, exponiendo la línea elegante y pálida de su cuello. Sus pensamientos volaron a la habitación 402. Imaginó a Alina, tan frágil, y luego imaginó a Oliver Kasper, riendo con esa suficiencia insoportable. El contraste fue como una descarga eléctrica que le devolvió la postura recta. ​Las puertas se abrieron con un siseo metálico. Nina entró con la mirada fija en su móvil, revisando un mensaje que acababa de llegar del Dr. Gabriel Aris: "Sin cambios hoy, Nina. He estado con ella toda la tarde. Sigue luchando, yo no me moveré de aquí. Avísame cuando llegues a casa, por favor". El afecto de Gabriel era un peso dulce y amargo a la vez; él quería salvarla de una oscuridad en la que ella ya se había sumergido voluntariamente. Al cerrarse las puertas de metal, Nina soltó un suspiro largo, uno de esos que nacen desde el fondo de los pulmones y cargan con el peso de toda una vida de derrotas. ​—¿Es por cansancio o por resignación? ​La voz, profunda y gélida como el granito, hizo que un escalofrío le recorriera la espina dorsal. Nina se giró con una brusquedad que casi la hace perder el equilibrio. Allí, apoyado contra la pared de la cabina, con el saco del traje desabrochado y la corbata ligeramente floja, estaba Dominic Kasper. ​—¿Disculpe? —Nina se recompuso en un segundo, clavando sus ojos en los de él. ​—El suspiro —insistió Dominic, estudiándola con una intensidad que la hizo sentir desnuda—. He estado observándote desde que entraste. Ese sonido... solo lo hace la gente que ya no espera nada del mundo. ¿Es cansancio o resignación? ​—Ambas —respondió Nina, recuperando su máscara profesional—. Pero en este edificio, la resignación suele ser el requisito para sobrevivir al cansancio. ​Dominic arqueó una ceja, intrigado por la respuesta. Separó su cuerpo de la pared y dio un paso hacia ella, acortando la distancia en el espacio cerrado del elevador. El olor a su perfume —algo amaderado, caro y masculino— inundó los sentidos de Nina, despertando recuerdos que ella quería mantener enterrados. ​—Debería no trabajar tanto, señorita Valenti —dijo él, leyendo el nombre en el gafete que colgaba de su cuello—. Debió salir de aquí hace horas. El edificio está prácticamente vacío. ​Nina sonrió con una ironía que rozaba el desprecio. —Sería lo ideal, señor Kasper. Pero algunas personas tenemos gastos que cubrir y, lastimosamente, el salario de un horario regular no alcanza para ciertos... lujos. ​Dominic la miró con más atención que antes. Sus ojos recorrieron su rostro, deteniéndose en la firmeza de su mandíbula. —¿Estás sugiriendo que el salario que pago en esta empresa es miserable? ​—Solo digo que es proporcional a lo que usted cree que valemos —replicó ella, sosteniéndole la mirada—. Para usted somos hormigas. Y las hormigas tienen que trabajar el doble si quieren que la reina no las aplaste. ​El silencio que siguió fue tenso, cargado de una electricidad que no tenía nada que ver con el trabajo. Dominic no se molestó por su insolencia; al contrario, una chispa de curiosidad brilló en sus ojos azules. ​—He estado revisando los informes de auditoría que han llegado a mi mesa esta semana —dijo él en voz baja, dando otro paso hacia ella—. Hay una firma que se repite en los análisis más brillantes. N. Valenti. Supongo que eres tú. ​—Soy yo —admitió ella, sintiendo cómo el corazón le golpeaba las costillas. Estaba cerca. Tan cerca. ​—Mañana a las ocho, en mi oficina —sentenció Dominic, justo cuando el elevador llegaba a la planta baja—. Trae el informe de la transición. Y no te preocupes por las horas extras, Valenti. Si eres tan buena como dicen tus números, el salario dejará de ser tu principal problema. ​Las puertas se abrieron. Dominic salió sin mirar atrás, dejando a Nina sola en la cabina. Ella se quedó inmóvil, mirando su espalda desaparecer hacia la salida donde un chofer lo esperaba. ​Nina se tocó el cuello, donde todavía sentía el calor de la cercanía de Dominic. Había funcionado. Estaba dentro. Pero mientras salía al frío aire de la noche neoyorquina, una idea la asaltó: Dominic no se parecía en nada a su padre. Su oscuridad era diferente. Más pura. Más peligrosa. ​Y por primera vez en sesenta días, Nina no sintió solo odio. Sintió miedo. Miedo de que, en su afán de destruir a los Kasper, terminara encontrando algo en Dominic que no sabría cómo quemar.
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