Nina despertó primero, Dominic a su lado dormía plácidamente. Ella lo observó por unos instantes, la yema de sus dedos trazaron con delicadeza el contorno de sus cejas. Mientras sonreía y recordaba la noche que tuvieron y lo que él la hizo sentir.
Dejó un beso en su frente y se puso de pie. Ingresó al baño y observó su rostro en el espejo. El brillo en su mirada la hizo estremecer, repasó sus labios con sus dedos y la sensación en su interior fue como un golpe certero directo al centro de su pecho. Estaba enamorada de Dominic y seguirlo negando a sí misma era la peor traición que se podría hacerse.
Suspiró, terminó de asearse y salió a preparar el desayuno. Después de mucho rato, el aroma a café envolvía la cocina, ella estaba envuelta en un albornoz de encaje rojo, mientras preparaba algunos pancakes.
—Buenos días, ojitos lindos —La voz de Dominic se escuchó a su espalda.
—Buenos días, señor Kasper —respondió ella aun sin voltear.
Dominic se acercó, tomó su cintura y la hizo girar hasta él.
—¡Señor Kasper, eh! —Le dijo él con voz dominante—. ¿Quiere un castigo, señorita Valenti?
Nina sonrió mientras se ponía de puntillas y tomaba sus labios. Dominic tenía el cabello húmedo y su cuerpo solo lo cubría una toalla alrededor de su cintura.
—Ya no quiero desayunar, Dom —le susurró ella—. Llévame de vuelta a la habitación, no quiero saber de nada más que no seas tú.
—Como ordenes, Nina. Hoy solo seremos tú y yo.
Dominic apenas tuvo tiempo de reaccionar cuando sintió el empujón firme de Nina contra su pecho, obligándolo a retroceder hasta que su cuerpo golpeó el borde del colchón. Él cayó de espaldas, sorprendido, pero antes de que pudiera decir algo, ella ya estaba sobre él. Nina se deshizo del albornoz rojo con un movimiento cargado de urgencia, dejando que la prenda cayera al suelo como una mancha de sangre, y se horcajó sobre sus muslos.
—Esta vez no, Dom —susurró ella, su voz era un hilo ronco que vibraba contra los labios de él—. Esta vez lo haré a mi manera.
Nina hundió sus dedos en el cabello húmedo de Dominic, tirando ligeramente hacia atrás para exponer su garganta. No esperó a ser besada; ella lo reclamó. Sus labios colisionaron con los de él en un beso que no tenía nada de la dulzura de la noche anterior. Era una lucha de lenguas y dientes, un intercambio hambriento que buscaba posesión.
Dominic soltó un gruñido profundo, sus manos subieron instintivamente para aferrar la cintura de Nina, pero ella le atrapó las muñecas y las presionó contra las almohadas, inmovilizándolo mientras bajaba sus besos por su mandíbula hasta su cuello.
—Nina… —jadeó él, su cuerpo tensándose como una cuerda de violín bajo el roce de la seda del camisón n***o que ella aún vestía y que apenas cubría lo necesario.
—Cállate y siente —ordenó ella, mordiendo con delicadeza el lóbulo de su oreja antes de bajar hacia su pecho.
Ella se incorporó, sentándose erguida sobre él para despojarse del camisón. La luz de la mañana esculpía su figura, y Dominic la observó con una mezcla de adoración y lujuria pura. Nina tomó las manos de él y las guió hacia sus pechos, obligándolo a apretarla, a sentir el calor de su piel que ardía. Luego, con una lentitud tortuosa, ella comenzó a moverse.
Nina arqueó la espalda, buscando el contacto total. Sus movimientos eran rítmicos, potentes, dictando una cadencia que hacía que Dominic arqueara la pelvis buscando más profundidad. Él intentó girarla para quedar arriba, pero Nina presionó sus rodillas contra los costados de él, manteniéndolo en su lugar, dominando el espacio.
—Mírame, Dominic —le exigió, con los ojos empañados por el deseo pero fijos en los de él—. Quiero que siempre recuerdes este momento.
El sonido en la habitación se redujo a sus respiraciones agitadas y al roce de la piel contra la piel. Nina se inclinó hacia adelante, apoyando sus palmas en el pecho de Dominic mientras aumentaba la velocidad de sus sentones. Sus uñas se clavaron en los hombros de él, dejando marcas rojas que daban fe de su ferocidad. Dominic ya no podía contenerse; sus manos bajaron a los glúteos de ella, apretándola con fuerza, ayudándola a mantener ese ritmo frenético que los estaba llevando al límite.
Cada impacto de Nina con el m*****o de Dominic era un reclamo, una forma de enterrar su dolor y su secreto en el placer que él le proporcionaba. Dominic la veía como una diosa de fuego, una fuerza de la naturaleza que lo consumía. Él subió una mano hacia su nuca, atrayéndola para un beso final, uno que sabía a sudor, a deseo puro y a una entrega que ninguno de los dos podía ya frenar.
Nina soltó un grito ahogado contra su boca cuando el clímax la alcanzó, su cuerpo estremeciéndose violentamente mientras se colapsaba sobre el pecho de Dominic. Él la rodeó con sus brazos, su propia liberación estallando en el mismo instante, manteniéndola pegada a él mientras sus corazones martilleaban al unísono, como si intentaran romper las costillas para fusionarse en uno solo.
En el silencio que siguió, solo se escuchaba el jadeo de ambos. Nina apoyó la frente en el hombro de Dominic, todavía temblando. Él le acarició la espalda con una ternura que contrastaba con la ferocidad de hace unos segundos. Habían cruzado una línea de la que no había retorno; ella lo había poseído, y en esa habitación, por un momento, la venganza no fue más que un eco lejano frente a la verdad de sus cuerpos.
Más tarde, ya vestidos, la burbuja empezó a agrietarse. Dominic la observaba mientras ella terminaba de arreglarse, con una preocupación que no lograba ocultar.
—Iré a ver a mi madre —le dijo él mientras terminaba de abrochar los botones de su cárdigan grueso—. Te llevaré a tu departamento, aunque no esté muy convencido de dejarte allí, Nina. Ese lugar... me preocupa.
—Estaré bien, Dom —respondió ella, tratando de restarle importancia—. Pasaré a comprar unas cosas que necesito y luego iré.
Dominic la tomó por los hombros y dejó un beso persistente en su frente.
—Cuídate mucho. Te llamaré más tarde, y ya sabes cualquier cosa avisame, iré con rapidez.
Nina salió y cumplió con su palabra; hizo algunas compras para distraer su mente. Sin embargo, cuando estaba por tomar un taxi ya casi al anochecer, sintió la vibración de su móvil. Al abrir el mensaje, el aire se le escapó de los pulmones. No decía su nombre, pero ella sabía perfectamente que era Oliver por el tono gélido de las palabras:
"Te dije que te alejaras de Dominic, pasaste la línea y vas a pagarlo. No digas que no te lo advertí."
Nina tragó con dificultad y subió al taxi tratando de calmarse. "Es solo una amenaza, no puede hacerme nada", se repetía para convencerse. Pero el presentimiento de que algo andaba mal no la abandonó durante todo el trayecto.
Llegó a su pequeño departamento y se dirigía a su habitación cuando escuchó la puerta de la entrada abrirse de manera violenta. El estruendo de la madera al chocar contra la pared la hizo saltar. Salió al pasillo para ver qué sucedía y se encontró con dos hombres dentro, cuyos rostros no auguraban nada bueno. Antes de que pudiera reaccionar, la atacaron. La golpearon con una saña que no buscaba robarle nada material, solo marcarla.
—Este es un mensaje de Oliver Kasper —le dijeron mientras la derribaban por última vez.
Nina fue llevada al hospital por los vecinos, quienes la encontraron minutos después golpeada, sangrando y casi inconsciente en el suelo de su sala.
Mientras tanto, en la mansión de los Kasper, el ambiente era radicalmente distinto. Dominic estaba en casa de sus padres, con todos sentados a la mesa en una cena que Mariam había planeado con esmero. El silencio de Oliver era, como siempre, pesado, pero Dominic trataba de ignorarlo pensando en la mañana que había pasado con Nina.
De pronto, una llamada entró a su móvil. Dominic miró la pantalla extrañado y respondió.
—¿Diga?
—¿Señor Dominic Kasper? Llamamos del hospital Saint Jude —la voz de la enfermera era profesional pero urgente—. Nina Valenti está aquí. Nos dio su número para contactarlo.
—¿Qué? ¿Qué sucedió? —preguntó él, poniéndose de pie de inmediato. Su silla chirrió contra el suelo, llamando la atención de sus padres.
—Sufrió una agresión física —fue todo lo que dijo la enfermera.
El rostro de Dominic perdió todo rastro de color. El miedo le atenazó la garganta, una angustia ciega que solo le permitía pensar en llegar a ella. Su primer pensamiento fue hacia el barrio, hacia la delincuencia que él le había advertido a Nina que evitara.
—Debo irme —le dijo a su madre, sin siquiera mirarla.
—¡Dominic! ¿Qué sucede? —preguntó Mariam, alarmada por la expresión de pánico de su hijo.
Él no respondió. Ignorando los llamados de su madre y la mirada impasible de Oliver, Dominic salió de la casa a toda prisa, con el corazón martilleando en su pecho. Solo podía pensar en Nina, en lo mucho que se arrepentía de haberla dejado sola en ese lugar, sin sospechar que el verdadero peligro estaba sentado a esa misma mesa, observándolo partir.