Habían pasado dos días. Dos días que se sintieron como siglos de asfixia. La oficina presidencial, que antes era un escenario de complicidad y roces eléctricos, se había convertido en un campo minado de frialdad profesional. Nina evitó a toda costa cruzarse con Dominic; se volvió experta en leer los horarios de sus juntas, en entrar y salir de su despacho cuando él estaba sumergido en las interminables reuniones de fin de trimestre. Él, por su parte, parecía haber levantado un muro de cristal. No hubo mensajes de "buenos días", ni llamadas a medianoche, ni el rastro de aquel amor que una vez la hizo flotar. Eran como dos planetas que, tras una colisión devastadora, habían sido expulsados a órbitas opuestas, condenados a verse de lejos pero nunca a tocarse. El silencio de Dominic le dolía

