No es mujer para ti.

1551 Words
Nina se quedó sola en la quietud de su oficina, con el eco de los pasos de Oliver aún vibrando en el pasillo. Se dejó caer en su silla, cubriéndose el rostro con las manos. Una oleada de náuseas, esta vez provocada por la culpa, la recorrió entera. Maldijo en voz baja. Se reprochaba amargamente haber usado el nombre de Dominic para amenazar a su padre. ​Dominic no merecía ser un peón en esa guerra sucia. Él era luz, era entrega, y ella lo había arrastrado al fango de su venganza para frenar a Oliver. Pero sabía que el viejo lobo no se detendría hasta verla destruida o lejos de su hijo, y la única arma que Nina tenía para paralizarlo, al menos por un momento, era el amor que Dom le profesaba. ​Suspiró largamente, tratando de calmar el temblor de sus dedos, cuando el timbre de su línea fija rompió el silencio. ​—Emma —saludó Nina, forzando una voz profesional. ​—Soy Tayler, cuñada —la voz alegre y juvenil de Tayler inundó el auricular, logrando que Nina sonriera a pesar de todo. Su actitud siempre le recordaba a la de Alina: esa chispa de vida que parecía no conocer la oscuridad. ​—Tayler, ¿cómo estás? —saludó con cariño genuino. ​—Estoy de maravilla, aunque me pregunto por qué Dom no te ha traído a casa otra vez. He pasado por su departamento y las luces estaban apagadas. ¿Acaso terminaron y no me avisaron? ​Nina soltó una risita suave, recostándose en su silla y permitiéndose un momento de ligereza. —Tal vez... Dominic decidió que solo quería un poco de diversión y me dejó. ​—Mientes —respondió Tayler sin dudar un segundo—. Dom no es de ese tipo de hombres. Nunca lo había visto así, Nina; lo tienes loco. Puedo oler su desesperación por estar contigo desde aquí. ​—Bien, me rindo. No hemos terminado —confesó Nina—. Solo estuve un poco enferma esta semana y él se puso en modo "enfermero sobreprotector". ​Tayler soltó una carcajada. —¿Ah, sí? ¿Enferma? ¿Acaso mi hermano fue tan bueno en aquello que te dejó indispuesta por tanto tiempo? ​Nina sintió que el calor le subía por las mejillas, tiñendo su cuello de rojo. El silencio que siguió fue suficiente respuesta para Tayler. ​—¡Lo sabía! —exclamó el chico al otro lado—. Tengo un hermano que es un experto. Te ganaste el cielo, Nina. ​—Lo hice —respondió ella, y esta vez su voz fue cálida y profunda, más para sí misma que para él—. Dominic es maravilloso, Tayler. Es mucho más de lo que alguna vez soñé merecer. —Hizo una pausa para recuperar la compostura—. Pero supongo que no llamaste solo para preguntar por mi intimidad con tu hermano. ​—Estás en lo cierto. Te llamo porque estoy seguro de que él no te lo ha dicho. Dom prefiere trabajar hasta morir que celebrar sus propios logros. ​—¿Decirme qué? —preguntó Nina, intrigada. ​—Dom cumple años este sábado. Treinta años, Nina. Una cifra importante. Y pensé que tal vez tú querrías hacerle algo especial. No sé... una cena privada, un regalo significativo, un baile... alguna fantasía... ​—Basta, Tayler —le pidió Nina con una sonrisa, aunque su mente ya empezaba a trabajar a mil por hora. ​—Solo digo que lo sorprendas. Sé que le gustará cualquier cosa que venga de ti, incluso si solo le regalas un clip de papel. ​—Gracias por informarme, Tayler. No tenía idea. Le prepararé algo lindo, te lo prometo. ​—Bien, te dejo. Cuídate, Nina... y cuídalo a él por mí. Sé que bajo esa fachada de acero, mi hermano es de cristal cuando deja entrar a alguien. ​—Lo haré. ​Nina colgó y se quedó mirando el auricular. ¿Qué se le regala a un hombre que tiene el mundo a sus pies? Dominic tenía relojes, autos, edificios... pero carecía de paz. Decidió que su regalo sería precisamente eso: una noche donde el mundo exterior, incluidos Oliver y la venganza, no existieran. ​Miró el reloj. Era hora de almorzar. Tomó su móvil y le escribió a Dominic. ​“¿Tardas mucho todavía? Es hora del almuerzo.” ​La respuesta llegó casi de inmediato. ​“Sí, ojitos lindos. Esta junta se ha complicado y tomara un rato más. No me esperes, ve con Mayka y come algo rico. No quiero que te desmayes por tanto trabajo.” ​Nina sonrió al leer el apodo. ​“Está bien, pero trata de comer algo rápido tú también. Te quiero, Kasper.” ​“También te quiero, Valenti. Cuento los minutos para volver a verte.” ​Poco después, Nina y Mayka estaban sentadas en un pequeño pero elegante restaurante italiano cerca de la corporación. Mayka no había dejado de sonreír desde que se sentaron, observando a su amiga con una mirada de "te lo dije". ​—¡Nina, exijo detalles! —exclamó Mayka, pinchando su ensalada—. Sabía que esto pasaría. Ese hombre es la tentación andante con traje de tres piezas, y tú, amiga mía, eres una suertuda de proporciones épicas. ​Nina no pudo evitar reír mientras bebía un poco de agua. —Lo soy, Mayka. Dominic es... Dios, no puedo describirlo. Es imposible. Es perfecto en formas que me asustan. ​Mayka se inclinó sobre la mesa, bajando la voz y asegurándose de que los comensales de las mesas vecinas no escucharan. —¿También es perfecto en la cama? ​—No voy a responder eso —dijo Nina, ocultando su rostro tras la copa de vino. ​—¡Vamos, Nina! No tienes que darme detalles —insistió Mayka con picardía—. Pero al menos dime si es tan bueno como aparenta. Esa actitud, su arrogancia de "intocable"... y sus ojos, Nina. Esa mirada que te da y esa sonrisa que no sale del todo pero que dice: "Voy a romperte y te va a encantar". Debe ser un animal en el sexo. ​Nina negó con la cabeza, aunque una imagen de aquella noche cruzó su mente, haciéndola flaquear. —Voy a ponerme celosa, Mayka. Estás hablando de mi novio. ​—No lo digo en ese sentido, tonta. Es tuyo y lo respeto, pero dime... ¿es bueno complaciéndote? Solo quiero saber si mi mejor amiga está siendo bien atendida. ​—Estás loca, Mayka —Nina soltó una carcajada limpia, sintiéndose por un momento como una mujer normal, sin secretos ni muertes que vengar—. Digamos que no tengo ninguna queja. Al contrario, a veces siento que es demasiado para mí. ​Ambas rieron, compartiendo un momento de complicidad femenina que Nina necesitaba desesperadamente. ​Sin embargo, la ligereza del almuerzo se evaporó en cuanto Nina puso un pie de regreso en el piso de presidencia. Al acercarse a la gran puerta doble de la oficina de Dominic, escuchó voces elevadas. Eran ellos. Otra vez. ​Nina se detuvo antes de entrar, con el corazón en un puño. ​—...que ella está muy lejos de ser la mujer que tú crees, Dominic —la voz de Oliver era un veneno espeso—. Estás cegado por una mujer que aparenta ser buena. ​—No te metas en mis asuntos personales, Oliver —respondió Dominic con una frialdad cortante—. Te lo he advertido antes. Mi relación con Nina no es tema de discusión contigo. ​—¡Lo hago porque me preocupo por ti! —gritó Oliver—. Cuando la vi por primera vez, se me hizo conocida, y ya recordé de dónde. Es una puta, Dominic. Una mujer de la calle. ​Nina sintió que el aire se le escapaba de los pulmones. Se quedó paralizada, con la mano en el pomo de la puerta, sintiendo un sudor frío recorrer su espalda. No esperó que Oliver se atreviera a tanto, no después de su amenaza en la oficina. ​—No vuelvas a faltarle el respeto. Te lo advierto, Oliver. No me importa que seas mi padre —la voz de Dominic vibraba con una furia contenida que daba miedo. ​—Solo digo la verdad, hijo. La conocí en un club nocturno de mala muerte hace unas semanas —continuó Oliver con una calma triunfal—. Ella se me ofreció. Me pidió dinero a cambio de sus servicios. ​—Mientes —escupió Dominic. ​—Es la verdad. Yo la rechacé, por supuesto —mintió Oliver con descaro—, pero estoy seguro de que esa misma noche se fue con alguien más por unos cuantos billetes. Esa no es mujer para ti hijo. Te está usando por tu dinero, igual que intentó hacerlo conmigo. Debes alejarte de ella antes de que te arrastre al fango. ​Nina cerró los ojos, sintiendo que el mundo se desmoronaba. Oliver acababa de lanzar la bomba atómica, y ella estaba allí, al otro lado de la puerta, sabiendo que su verdad estaba a punto de ser incinerada.
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