Nina abandonó el edificio de la Corporación Kasper sintiendo que el asfalto bajo sus pies era una extensión de la frialdad que ahora emanaba de su propio pecho. El sol de la tarde, que se filtraba entre los rascacielos de cristal, le hería la vista, pero no tanto como el recuerdo de la sonrisa cínica de Oliver. Cada paso que daba hacia su auto era un esfuerzo titánico; sentía el cuerpo pesado, como si cargara con el peso de todas las mentiras que los Kasper habían tejido a su alrededor. Mientras el taxi viaja hacia el hospital, el silencio del habitáculo se llenó con el eco ensordecedor de las palabras de Oliver: “Dominic lo sabe muy bien… se presta a esto… es como yo”. Intentó concentrar en música de la radio para acallar sus propios pensamientos, pero la música le resultaba insultante.

