El sol de la mañana se filtraba por los ventanales del hospital con una alegría que a Dominic le resultaba insultante. No había dormido más de tres horas; la imagen de Nina rechazando su compañía la noche anterior se repetía en su mente como una cinta de video defectuosa. Se sentía descolocado, como si caminara por un terreno que conocía de memoria pero que, de repente, se hubiera llenado de minas invisibles. Llegó a la planta de cardiología a las siete de la mañana, cargando una bolsa con el desayuno favorito de Nina. Quería que ese pequeño gesto fuera el puente para recuperar la calidez entre ellos. Al verla sentada en la sala de espera, con la mirada perdida en la pared blanca, Dominic sintió que el corazón se le encogía. Se veía tan pequeña, tan frágil bajo esas luces fluorescentes.

