Capítulo 3

1707 Words
THAD TODAVÍA NO SABÍA QUÉ demonios estaba haciendo en el Cut ’N Curl, pero en el segundo en que Evie Jenkins salió del almacén, sintió como si alguien le hubiera descargado un camión de cemento en la cabeza. No la había visto en diez años, no desde la noche en que tomó su virginidad en el asiento trasero del Cadillac de su papá. Nunca había olvidado esa noche, nunca había olvidado lo imbécil que había sido. Tampoco esperaba que ella lo hubiera olvidado, razón por la cual no le sorprendió que en ese preciso instante le estuviera clavando miradas asesinas. La pequeña Evie Jenkins. Ya no era tan pequeña. Recordaba la primera vez que la vio, cuando él tenía siete años y su mamá acababa de enfermarse por primera vez. Norma Breaux siempre traía a Evie con ella cuando iba a Reynier’s Retreat. Él no conocía a ninguno de los niños del pueblo porque en ese entonces asistía a una escuela privada, pero cuando Evie no gritó después de que él le soltara un gusano encima, supo que había encontrado a alguien divertido con quien jugar. Su hermana siempre gritaba y odiaba que cayera la más mínima mota de polvo en su ropa bonita, pero Evie era tan buena como cualquier chico a la hora de ensuciarse. A Thad le latían las sienes. Nunca había querido herirla, Dios lo sabía, pero en aquella época él se encontraba en un mal momento. No, la verdad era que había sido un c*****o arrogante y engreído. Sabía que no debió haberla tocado cuando ella se lo pidió, pero lo hizo de todos modos. Para ese momento, llevaba años intentando ignorar la forma en que ella había cambiado; un buen día empezó a usar vestidos y a ruborizarse cada vez que él la miraba; al siguiente ya tenía pechos y curvas, y él ya no tenía idea de qué decirle. Pero entonces ella estuvo allí, de pie frente a él con los ojos centelleantes y las mejillas encendidas, y había estado tan malditamente guapa, y tan malditamente excitante, que él la tomó de la mano, la llevó al coche de su papá y se alejaron de la fiesta en la que estaban. Se había sentido culpable cada instante desde entonces, pero aquello era simplemente una cosa más que añadir al montón de culpa que arrastraba en el alma. Más tarde, cuando logró enderezar un poco la cabeza, pensó en llamarla para pedirle disculpas, pero ya había pasado demasiado tiempo. Para entonces supuso que era mejor dejar las cosas en el pasado. Un error, pensó ahora. Esta mujer no se alegraba de verlo. No había forma de dejar de lado los viejos errores, ni de volver a una época más sencilla en la que iban a pescar cangrejos de río juntos o se sentaban en un árbol alto a ver a los caimanes deslizarse por el pantano. Esta Evie Jenkins no estaba de humor para perdonar, y él no la culpaba en absoluto. Aun así, una parte muy masculina de su ser no podía evitar apreciarla en otro nivel. El nivel que lo había metido en problemas en primer lugar. Evie había sido una adolescente encantadora, pero floreció hasta convertirse en una mujer aún más hermosa. Y él no debería mover un solo dedo al respecto, por mucho que lo deseara. Si se la hubiera encontrado en un bar, haría todo lo posible para conseguir que se fuera a casa con él. Pero ella no era una mujer en un bar, y él le debía más que eso. Thad se concentró en su postura de enfado y en sus ojos centelleantes. —Evie —ella se detuvo frente a él, con los brazos cruzados. Jesús. Era pura curva y piel tersa en unos pantalones cortos de mezclilla desgastados y una camiseta de tirantes rosa que se ceñía a su cuerpo. Sus piernas seguían siendo largas, hechas a la medida para rodear la cintura de un hombre. Mierda. No tenía por qué estar pensando de esa manera. Y sin embargo, por mucho que lo intentara, no podía evitarlo. Fue el primer pensamiento que le vino a la cabeza cuando su mirada se deslizó por esas piernas. Ya se castigaría por ello más tarde. En este momento, tenía un problema mayor: evitar que su cuerpo respondiera como quería ante el recuerdo de la última vez que la había visto. Había estado desnuda, su exuberante silueta desplegada ante él, su piel caliente, sedosa y húmeda de sudor. Había sido tan malditamente dulce, tan inocente. Y había pasado mucho tiempo desde que él había tenido algo de dulzura en su vida. —Hola, Thad. —Te ves... muy cambiada, toda una mujer —estuvo a punto de morderse la lengua cuando ella entrecerró los ojos. —Es lo que pasa en diez años —la hostilidad se arremolinaba a su alrededor como un tornado. Él estiró el brazo sobre el respaldo de la silla de al lado con una naturalidad que no sentía. Nueva táctica. —¿Y cómo te ha ido? —Estupendo. ¿A ti? Ella sonreía ahora, pero él no se dejó engañar. Unos ojos violetas lo miraban fijamente con una mezcla de vergüenza y furia. Él había provocado eso. Él había puesto esa mirada en su rostro, y eso le molestaba más de lo que podía expresar. Dios, tenía mucho por lo que responder. —Estupendo —dijo, repitiéndolo como un idiota—. ¿Por qué no te sientas? Ella sacudió su larga coleta negra. Recordaba haber envuelto sus puños en ese cabello y tirar de él cuando eran niños. Y luego recordó haber envuelto sus manos en su cabello por una razón completamente diferente. —Gracias, pero no puedo quedarme. Me dio gusto verte. —Espera un momento —dijo él mientras ella se alejaba. Ella se detuvo y se giró a medias hacia él. Él miró de reojo a las damas que los observaban. Estaban justo fuera del alcance del oído, pero él se inclinó hacia delante y bajó la voz de todos modos—. ¿Cuál es la prisa? Apenas nos hemos dirigido la palabra. Conocía el motivo, pero no quería que se fuera. Todavía no. Había algo en tenerla cerca, algo que se encendía en su interior y lo hacía sentirse un poco humano de nuevo. No sabía por qué, y no sabía si duraría. Con todo, le gustaba. Por primera vez en meses, sintió como si pudiera respirar de nuevo. Como si hubiera regresado a casa de verdad en lugar de limitarse a dejarse llevar por la inercia. Ella suspiró y se giró para enfrentarlo por completo. Él tuvo la clara impresión de que ella estaba activando algún tipo de sistema de armadura interna para lidiar con él. Definitivamente no era a lo que estaba acostumbrado en una mujer... pero, por otra parte, nada en su relación con Evie había sido normal jamás. Normalmente, con otras mujeres, él era el que llevaba la armadura interna. Él era el que se distanciaba, porque no tenía nada que ofrecer más allá de unas pocas noches robadas antes de volver a una misión. Pero tratar con Evie se sentía completamente diferente. Ella levantó la barbilla, con los ojos echando chispas de fuego frío. —No es nada personal. Solo estoy ocupada. Y realmente no hay nada que decir, ¿verdad? Thad se puso de pie. Vaciló cuando ella pareció encogerse para alejarse de él. Sabía que su estatura y su corpulencia podían resultar intimidantes, pero no esperaba esa reacción de ella, precisamente de ella. Como si le tuviera miedo. Nunca le había tenido miedo, ni siquiera cuando él saltaba de detrás de un árbol gritando como un loco. Ella chillaba, por supuesto... y luego le soltaba un puñetazo. Pero esto, aquí y ahora... rompió cualquier freno que le quedara en la lengua. —Lo siento —no había sabido muy bien qué le diría si volvía a verla, pero aquello era sin duda lo mínimo que le debía. —¿Por qué? —la pregunta lo sorprendió, aunque tal vez no debería haberlo hecho. A Evie Jenkins nunca le había gustado mostrar ninguna debilidad. Miró por encima del hombro para ver si alguien la escuchaba y bajó la voz un tono más—. Yo fui la que se te insinuó, ¿recuerdas? Al menos no fingió no saber de qué estaba hablando. Él admiraba eso. Y también admiraba la forma en que ella siempre intentaba asumir la responsabilidad, incluso cuando no era culpa suya. Era frustrante como el demonio, pero así era Evie. Nunca se había echado atrás ante un desafío en todo el tiempo que la conocía. Aun así, ella no era la culpable aquí. Él lo era. —Sí, pero probablemente no esperabas que fuera a presumir de ello. La rabia lo invadió por dentro. Había sido un niñato tan arrogante en aquel entonces. Estúpido. Ella le había entregado su inocencia y él la había pisoteado en el fango como si fuera su derecho legítimo. Seguía sin tener idea de qué estaba pensando cuando todo terminó y regresó pavoneándose a la fiesta. Se marchaba en una semana, rumbo a West Point, y recordaba estar muy ansioso por escapar. Listo para largarse de la casa de su padre y ser su propio dueño. Había estado borracho, estúpido y lleno de una rabia contra el mundo que no alcanzaba a explicarse. Evie se encogió de hombros. —¿Qué tipo no se lo habría contado a sus amigos, especialmente a esa edad? Fue hace mucho tiempo. Él se acercó más, bajando la voz al ver que Rachel Mayhew cerraba los grifos con su última clienta de champú y aguzaba el oído en dirección a ellos. —Tal vez sea así, pero no debí hacerlo. Éramos amigos y luego... La mirada de ella se clavó en la suya. —¿Lo éramos? ¿Alguna vez lo fuimos? Sintió sus palabras como una espina clavada en el corazón. Se las tenía merecidas. —Yo pensaba que sí. Pero la cagué. Lo siento. No se molestó en decirle que estaba completamente borracho cuando les soltó los detalles de su velada a sus amigos. No era una excusa.
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