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El Secreto de la Cuarta Niñera

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Blurb

Tres niñeras perfectas. Tres bebés abandonadas. Un CEO que no sabe amar. Adrián Montero lo tiene todo: poder, dinero, un imperio corporativo que hace temblar a sus competidores. Lo que no tiene es tiempo para las tres bebés de seis meses que lloran en cunas vacías mientras él cierra negocios millonarios. Por eso contrató a las mejores. Tres niñeras con títulos universitarios, cuerpos de modelo y ambiciones de convertirse en la nueva señora Montero. Ellas cobran fortunas por estimular el desarrollo cognitivo de las trillizas. Lo que no hacen es cambiar pañales. Ni lavar biberones. Ni calmar llantos a las tres de la mañana. Para eso necesitan a alguien más. Nora Jiménez tiene cincuenta y dos años, manos ásperas de décadas de trabajo duro, y una cojera que la hace casi invisible. Entra por la puerta de servicio. Usa delantal gris. Limpia lo que las otras no tocan. Adrián apenas la mira. Las niñeras la tratan como basura. Pero hay algo extraño. Las trillizas dejan de llorar cuando ella entra al cuarto. Conoce la casa como si hubiera vivido ahí. Prepara el café del CEO exactamente como le gusta sin que nadie se lo haya enseñado. ¿Quién es realmente esta mujer invisible? ¿Por qué cada rincón de esa mansión le resulta familiar? ¿Y qué secreto esconde detrás de esas gafas gruesas? A veces, la persona más peligrosa en una casa... es la que nadie mira dos veces.

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Capítulo 1: El Ataúd Cerrado
La lluvia caía sobre el cementerio con esa persistencia gris que solo existe en los funerales. El ataúd de caoba permanecía cerrado. Era lo primero que cualquier observador habría notado. Un ataúd cerrado significaba una de dos cosas: o el cuerpo estaba tan destrozado que nadie podía reconstruirlo, o simplemente no había nada dentro que valiera la pena mostrar. En este caso, según la versión oficial, el automóvil de Victoria Sandoval de Montero había caído por un barranco. Rodó hasta incendiarse en un infierno de metal y gasolina. No quedó nada que enterrar. Solo cenizas y recuerdos. Adrián Montero estaba de pie junto al ataúd. Su traje n***o no mostraba una sola arruga, su corbata estaba perfectamente anudada, y sus ojos grises permanecían fijos en la pantalla de su teléfono. No miraba el ataúd. No miraba a los dolientes. Miraba gráficos que caían en picada mientras el sacerdote recitaba palabras sobre el descanso eterno. El Rey Midas Triste, lo llamaban las revistas de negocios. Todo lo que tocaba se convertía en oro. Excepto su vida personal, que acababa de quedar reducida a cenizas. A su lado, Samantha Reyes sostenía una tableta y le susurraba cifras al oído. La asistente personal había organizado el funeral en cuarenta y ocho horas. Seleccionó las flores. Redactó el comunicado de prensa. Coordinó todo con la funeraria. Adrián no había levantado un dedo. Tampoco había derramado una lágrima. —Los inversionistas quieren una reunión mañana —murmuró Samantha—. Están nerviosos por la caída del doce por ciento. Adrián asintió sin apartar la vista de la pantalla. —Confírmalos para las siete. Y consígueme los reportes antes de medianoche. El sacerdote carraspeó, esperando que el viudo dijera algunas palabras. Los asistentes intercambiaron miradas incómodas. Adrián guardó el teléfono, se adelantó hacia la fosa, tomó un puñado de tierra húmeda. —Descansa —dijo. Dejó caer la tierra sobre el ataúd. El sonido fue sordo, definitivo. Una palabra. Cinco letras. Siete años de matrimonio. Los murmullos comenzaron antes de que él regresara a su lugar. «Pobre Victoria», decían algunos. «Tan joven». «Tan hermosa». «Y con esas trillizas de apenas seis meses». Las trillizas. Cloe, Mía y Lía. Seis meses de vida y ya huérfanas de madre. Las niñas no estaban en el funeral. Permanecían en la mansión, bajo el cuidado de una niñera de emergencia que Samantha había contratado para la ocasión. Adrián no las había visto en cuatro días. No porque no quisiera, se decía a sí mismo. Simplemente no tenía tiempo. La empresa se desmoronaba. Los inversionistas huían. Los competidores olían sangre. ¿Qué podía hacer él por tres bebés que ni siquiera sabían que su madre había muerto? Los empleados de la funeraria comenzaron a cubrir la fosa. Adrián ya caminaba hacia la salida cuando una mujer mayor se interpuso en su camino. Doña Carmela, la suegra. Ojos hinchados, vestido n***o arrugado, rosario apretado entre los dedos. —Ni siquiera lloraste —le dijo con la voz quebrada—. Ni una sola lágrima por mi hija. Adrián la miró con esos ojos grises que las revistas describían como magnéticos. En ese momento parecían de piedra. —El dolor se procesa de muchas formas, Carmela. —¿Y las niñas? ¿También vas a «procesarlas»? ¿O vas a seguir dejándolas con extrañas mientras juegas a ser Dios en tu oficina? Un músculo se tensó en la mandíbula de Adrián. El único signo de que las palabras habían penetrado su armadura. —Las niñas están bien atendidas. Si me disculpa, tengo una empresa que salvar. Se alejó sin mirar atrás. Doña Carmela se quedó bajo la lluvia con las palabras atragantadas en la garganta. El auto blindado lo esperaba en la entrada del cementerio. Adrián se deslizó en el asiento trasero, aislándose del mundo exterior. —A la oficina —ordenó. Samantha, desde el asiento delantero, revisaba su tableta. —Señor, hay un asunto doméstico. El ama de llaves renunció esta mañana. —¿Y? Adrián suspiró con fastidio. —Contrata a quien necesites. No me molestes con esos detalles. —Entendido. Me encargaré personalmente. El auto arrancó mientras la lluvia arreciaba. Adrián abrió su laptop y comenzó a revisar los reportes financieros. No pensó en Victoria. No pensó en las niñas. No pensó en nada que no fueran números rojos y márgenes de ganancia que se evaporaban. • • • La mansión Montero lo recibió con silencio. Un silencio demasiado perfecto. Demasiado vacío. Adrián atravesó el vestíbulo sin detenerse. Subió las escaleras de mármol con pasos mecánicos. No iba hacia su habitación. Las palabras de Carmela le martillaban la cabeza. «¿También vas a procesarlas?» Se detuvo frente a la puerta del cuarto de las trillizas. La niñera de emergencia dormitaba en una silla junto a la ventana. Adrián le hizo un gesto para que saliera. La mujer obedeció en silencio. Tres cunas blancas. Tres bebés dormidas. Adrián se acercó a la primera cuna. Observó el rostro diminuto. Dos mechones de cabello caían sobre los párpados cerrados. —Cloe —susurró. La voz de Victoria resonó en su memoria: «La de los dos mechones sobre los ojos es Cloe, la sensible. Llora por todo». Se movió hacia la segunda cuna. Las mejillas de la niña tenían un rubor rosado incluso dormida. —Mía. La observadora. Y en la tercera cuna, el cabello formaba un remolino rebelde en la nuca. —Lía. La del mal genio. Lo había olvidado. Victoria se lo había dicho cientos de veces durante las cenas, mientras él revisaba correos en su teléfono. Durante las noches, mientras él llegaba tarde del trabajo. Durante los desayunos que él se saltaba por reuniones urgentes. Nunca prestó atención. Ahora esas palabras eran todo lo que le quedaba de ella. Un tocador de caoba descansaba en la esquina del cuarto. Adrián lo reconoció. Era el favorito de Victoria, el que ella había traído de la casa de su madre. Sobre él, un frasco de perfume a medio usar. El aroma flotaba en el aire como un fantasma. Lavanda y vainilla. El olor de su esposa. Algo ardió detrás de sus ojos. Parpadeó. Una vez. Dos veces. La humedad no llegó a caer. Adrián apretó los puños hasta que los nudillos se pusieron blancos. Victoria se había ido sin saber la verdad. Creyendo que él la engañaba. Creyendo que esas fotografías con otras mujeres, esos mensajes sugerentes, eran reales. Él recordaba la última pelea. Los gritos. Las acusaciones. La carpeta con pruebas que ella le había arrojado a la cara. «¿Quién es ella, Adrián? ¿Quién es la rubia del hotel?» Él no había podido explicarle. No en ese momento. Había demasiado en juego. Demasiados secretos corporativos que proteger. —Mañana —le había dicho—. Mañana te explico todo. Pero mañana nunca llegó. Al día siguiente, el auto de Victoria cayó por un barranco. Y él nunca pudo explicarle. Nunca tuvo tiempo. Ahora el tiempo se había acabado para siempre. Lía se removió en su cuna. Un quejido. Luego un llanto agudo que despertó a las otras dos. En segundos, el cuarto se llenó de gritos. Adrián retrocedió. El llanto lo envolvía como un reproche. Tres bocas abiertas. Tres pares de ojos que no reconocían al hombre parado frente a ellas. Intentó cargar a Cloe. La niña lloró más fuerte. —Tranquila —dijo con torpeza—. Soy... soy tu padre. Las palabras sonaron huecas. Vacías. La niña no dejó de llorar. Adrián la devolvió a la cuna. El sudor le corría por la frente. Tres bebés llorando y él no sabía qué hacer. ¿Cambiarlas? ¿Alimentarlas? ¿Cantarles? Victoria habría sabido. Victoria siempre supo. Pero Victoria estaba en un ataúd bajo la lluvia. Sacó su teléfono con manos temblorosas. Marcó el número de Samantha. —Necesito niñeras —dijo sin preámbulos—. Las mejores de México. —¿Cuántas, señor? —Tres. Una para cada niña. Profesionales. Certificadas. Las quiero aquí en cuarenta y ocho horas. —Entendido. ¿Algún criterio específico? Adrián miró a las trillizas que seguían llorando. —Que sepan lo que hacen. No me importa el costo. Quiero un ejército de expertas en esta casa antes del viernes. Colgó. Se quedó de pie en medio del cuarto, rodeado de llantos que no sabía calmar. Él había construido un imperio. Había aplastado competidores. Había cerrado negocios millonarios con una llamada. Pero frente a tres bebés de seis meses, el Rey Midas estaba completamente derrotado. Las niñas seguían llorando. El sonido le taladraba el cráneo. Entonces lo vio. Sobre el tocador de Victoria, junto al perfume, había un portarretratos volcado. Adrián lo levantó. Era la foto de su boda. Victoria sonreía con ese brillo en los ojos que él había olvidado. Pero algo estaba mal. El cristal del marco tenía una g****a. Y detrás del vidrio, entre la foto y el cartón, asomaba la esquina de un papel doblado. Adrián frunció el ceño. Sacó el papel con cuidado. Era una nota. La letra de Victoria. «Si estás leyendo esto, significa que ya no confío en ti. Y si ya no confío en ti, significa que descubrí la verdad.» El llanto de las trillizas se volvió un ruido lejano. Adrián desdobló el resto de la nota. Lo que leyó le heló la sangre.

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