CAPITULO 5 : Huésped

1352 Words
Toc, toc. Los nudillos golpean la madera hinchada. El sonido es seco, hueco. Sin respuesta, empuja la puerta. Las bisagras rechinan como dientes podridos. Un olor fuerte a sangre se esparce por el lugar, denso, pegajoso. Procede a pasar. Deja la puerta abierta detrás de él. —Estás aquí —dice. No hay respuesta. Pequeños sollozos se escuchan desde el rincón. Con fuerza sostiene el hacha, los nudillos blancos. —¿Eres tú, Víctor?... ¿Qué haces aquí? —pregunta una voz rota. —Vine por ti… ¿Cómo supiste que era yo? —pregunta Víctor, extrañado. Abril responde sin quitarse la sonrisa. La sangre seca le agrieta las comisuras de los labios. —Esa cosa que estaba en la cabeza de Walter me lo dijo. Dijo que te traería aquí. Esa sombra vacía por dentro… no vi nada más que un vacío —dice Abril. Víctor no se sorprende al ver a Abril de rodillas, ni al cuerpo con la cabeza cercenada de Walter. Se sorprende por lo que acaba de oír. —¿Qué quieres decir con que él te habló? —pregunta Víctor, apretando el mango del hacha. —Los asesinaste a todos —menciona Abril. —Ellos ya estaban muertos —responde Víctor, seco—. Al estar aquí, donde vivía Walter, lo que él cargaba consigo se adhirió a cada uno de ellos. Si no lo hacía, ese parásito hubiera escapado adhiriéndose a uno de ellos. ¿Cómo sabía que iba a venir? Esa cosa no puede adherirse a Abril. Su alma no es lo suficientemente fuerte para eso. Víctor piensa para sí mismo, los ojos fijos en la figura arrodillada. —Tu traje está sucio —dice. Víctor responde: —El tuyo se ve pesado por tanta sangre que tiene encima. Dejemos este lugar. Hablaremos de lo que pasó aquí en mi departamento. Víctor ayuda a ponerse de pie a Abril. Antes de salir, Víctor observa las paredes manchadas de sangre, húmedas, pegajosas. Bajo esa sangre, unos símbolos llaman su atención. Uno de los símbolos era un círculo lleno de pequeñas larvas, o eso es lo que veía Víctor. Estrellas de ocho puntas con pequeños puntos negros en cada punta. Las líneas se mueven si las miras demasiado tiempo. Como si respiraran. —Víctor, ¿por qué miras tanto esos símbolos? —le cuestiona Abril a Víctor. —No es nada —responde Víctor, sin apartar la vista—. Es solo que me resultan familiares. Creo haberlos visto antes. Se queda quieto un segundo más. Un recuerdo sin forma le pasa por la cabeza. Algo de un sótano. Algo de un libro encadenado que no debería haber abierto a los catorce años. Niega con la cabeza. —Vamos. Aquí ya no queda nada más que hacer. Ayuda a Abril a dar el primer paso fuera de la habitación. El aire del pasillo les pega en la cara como un golpe. Huele a muerte reciente y a hierro. En el piso, catorce cuerpos esperan en silencio. Abril no los mira. Víctor sí. Sus ojos pasan por cada cadáver, contando. Cuando llega al último, suspira. —Limpio —murmura. Bajan las escaleras juntos. Las botas de ambos dejan huellas rojas en cada peldaño. Afuera, el Chevrolet rojo sigue encendido, el motor rugiendo bajo. Víctor abre la puerta trasera para Abril. —Entra. Abril obedece. Se sienta. La sangre de su traje chorreando sobre el cuero n***o. Antes de cerrar la puerta, Víctor se detiene. Mira hacia atrás, hacia el motel Los símbolos en la pared, parecen haber cambiado. El círculo de larvas ya no está vacío. Algo se mueve dentro. Víctor cierra la puerta con un golpe seco. Arranca el coche. El motel queda atrás. Pero el olor no se va. La fría noche va quedando atrás. El Chevrolet rojo se pierde en la carretera, tragado por la oscuridad. El Mustang n***o de Abril se desvanece a lo lejos, sin explicación alguna. La noche se lo traga entero. El motel queda atrás. Y con él, todo el lugar se sumerge en una peste putrefacta. Un olor a carne podrida que se levanta del suelo como niebla. 6:00 AM Una llamada alerta a la policía. La línea suena dos veces antes de que la operadora responda. Del otro lado, una voz infantil, quebrada, llora sin control. —M… mi… mamá… murió… —dice, roto en llanto desde el otro lado del teléfono. La operadora aprieta el auricular. Su voz se vuelve profesional, baja, calma. —Tranquilo, pequeño. Estoy contigo. ¿Puedes decirme dónde estás? Silencio. Solo se oyen sollozos y el eco de algo goteando en el fondo. —En… en el motel —susurra el niño—. El Motel Las 24 Horas. Habitación 27. —Está bien. No cuelgues. Mándame una patrulla al Motel Las 24 Horas, habitación 27 —dice la operadora, y su voz pierde un grado de calma—. ¿Hay alguien más contigo? —No… —el niño traga saliva. Se oye un ruido húmedo, como si arrastrara algo—. Mi mamá no se mueve. Y una sombra extraña me está buscando. —¿Qué cosas? —No lo sé. La línea hace un ruido estático. Del fondo llega un sonido. Un chap, chap, chap, lento, rítmico. Como pasos descalzos en un charco de sangre. El niño deja de llorar. —Se acercan —dice. La llamada se corta. 6:07 AM – Motel Las 24 Horas Dos patrullas llegan con las luces apagadas. El lugar está muerto. Literalmente. No hay movimiento. No hay sonido. Solo el zumbido de los neones muertos y el olor. Dios, el olor. El oficial Martínez baja del coche con la mano en la funda de su arma. Su compañero, más joven, traga saliva y no suelta el gas lacrimógeno. —Esto no es normal —murmura. La recepción es un matadero. Hay cuerpos. Algunos sin cabeza. Otros sin mandíbula. Uno con el pecho abierto como un libro. Martínez se agacha junto al cadáver del viejo recepcionista. La cabeza partida en dos, la sangre seca pegada al piso como pintura negra. —Dios… —susurra—. Esto no fue un humano. Siguen el rastro de sangre hasta la habitación 23. La puerta se encuentra abierta. Adentro, el cuerpo decapitado de Walter yace en el piso. Las paredes están cubiertas de símbolos que parecen moverse si no los miras directo. Y en el centro del círculo de larvas… Algo late. Pequeño. n***o. Con cientos de patas microscópicas. Se contrae y se expande como un corazón podrido. —Salgamos de aquí. Hay que encontrar al niño —dice Martínez, dando un paso atrás. Su compañero asiente con la cabeza, el rostro pálido bajo la linterna. Suben al segundo piso. La alfombra está pegajosa. Cada paso deja una huella roja. Habitación 27 La puerta está entreabierta. Adentro, el aire es frío. Huele a orina, a miedo, y a algo más dulce. Podrido. Una señora de unos cuarenta y tantos años tendida en la cama con una herida enorme en el hombro. En el rincón, acurrucado contra la pared, está el niño. Pequeño. Unos nueve o diez años. Temblando. Sin una sola herida visible en la piel. Pero sus ojos… sus ojos no parpadean. Mirando algo que ya no está ahí. —Estás bien, pequeño —pregunta Martínez, agachándose a su altura, voz baja—. ¿Puedes hablarme? El niño no responde. Solo señala hacia la puerta del baño con un dedo tembloroso. El compañero de Martínez entra primero. Sale treinta segundos después, pálido como papel. No dice nada. No hace falta. En el baño, la madre del niño yace en la bañera. Garganta abierta de oreja a oreja. Los ojos abiertos, mirando al techo. Y en su pecho, un corte limpio en forma de círculo. El compañero de Martínez carga al pequeño. El niño no se resiste. No llora. Solo mantiene los ojos fijos en la puerta, como si esperara que algo saliera. Juntos salen del lugar. Ninguno de los dos nota que, en la nuca del niño, bajo el cabello, hay un pequeño punto n***o. Marcado.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD