Arde. Duele. Su hombro no deja de sangrar. Su respiración se entrecorta. Abril lo sigue con la escopeta en las manos, el cañón humeando.
Todo el salón apesta a sustancia acre. Cuerpos por doquier.
—¡Abril, apúrate! ¡Hay que salir de este lugar! —dice Víctor, agitado, arrastrando la pierna—. Esto se nos salió de las manos. Llegamos tarde. El ritual se completó.
Más atrás, Abril respira entre dientes.
—¡Mierda! ¡Mierda! ¿Qué diablos hacemos ahora? —escupe—. No podemos dejar que esa cosa se libere. Ya posee un cuerpo compatible con él.
Afuera del castillo, la rueda de la fortuna gira con calma. El viento arrastra el olor a hierro mezclado con sangre.
Todo es felicidad. Innumerables carcajadas se oyen por todos lados. Niños gritando, parejas riendo, música de carrusel que suena a burla.
Un chillido metálico se escucha al fondo. Como si algo arrastrara uñas por el metal.
—Oye… oye… Víctor. Hay alguien detrás de mí —Abril traga saliva. La voz le sale más baja de lo que quiere.
Víctor voltea.
Los ojos casi se le salen de las órbitas. Suelta el hacha y cae sobre sus rodillas. El hombro no deja de sangrar, ahora más rápido.
—¡¡Víctor!! ¡¡Víctor!! ¿Qué es lo que está detrás de mí? —pregunta Abril, sin atreverse a mirar.
—Yo… no sé qué es.
La cosa respira.
Encorvado. Ojos grandes, profundos, hundidos como pozos sin fondo. Brazos largos que le llegan casi a las rodillas. Cuerpo delgado, frágil como el cristal, como si un golpe lo partiera en dos. La cabeza carece de cabello, la piel está estirada sobre el cráneo, brillante de humedad.
No tiene nariz. Solo dos rendijas oscuras.
Y la boca… la boca es demasiado grande. Se abre de oreja a oreja, llena de dientes pequeños, irregulares, todos chorreando ese líquido n***o.
No huele a podrido.
Huele a útero. A algo que debería estar naciendo, pero salió mal.
Se inclina hacia Abril.
El aire se vuelve pesado, pegajoso. Como respirar dentro de un pulmón muerto.
Ji… ji… ji…
La risa no sale de su garganta. Sale de todas partes: de las paredes, del suelo, de la nuca de Abril.
—Abril —dice Víctor, la voz apenas un susurro—. ¡No le mires a los ojos!
Los ojos del monstruo empezaron a brillar con intensidad.
Un resplandor inmenso ciega su vista.
¿Qué está pasando?
1996.
—Abril, cariño, levántate, dormilón. Llegarás tarde a la escuela; no puedes llegar tarde en tu primer día.
—Mamá, Abril aún no se levanta.
—Hijo, ya te lavaste los dientes.
—Sí, mamá —afirmó el pequeño, moviéndose con alegría.
—…¡Ah!… Mamá… No quiero ir a la escuela.
El pequeño de pupilas claras se volvió hacia un lado, dándole la espalda a su madre.
—Abril, no hagas que tu papá suba a buscarte; no lo quieres ver enojado, ¿verdad?
—¡No!… ¡No quiero ver a papá enojado! —dice el pequeño, bostezando un poco.
—Entonces, vamos: levántate y ve a lavarte los dientes, y baja a desayunar.
—Está bien.
—No te tardes.
El pequeño Abril se levantó adormilado de su cama. Un fuerte bostezo se escuchó en la habitación.
Vistiendo su pijama de superhéroes, caminó hacia el baño.
—Y Abril ya viene; se le va a hacer tarde para ir a la escuela.
—Ya se está bañando, pronto baja a desayunar.
—Margot, no lo consientas tanto —dice mientras toma un sorbo de jugo.
—Lo sé, cariño.
—No quiero que se vuelva demasiado dependiente de ti —menciona Walter.
Margot sabe perfectamente que lo que dice su esposo Walter es verdad; Abril puede llegar a depender de ella cada vez más con el paso del tiempo, y si le llegara a pasar algo, no sabría cómo se arreglaría la situación con él.
Un niño de cabello castaño claro, igual que su madre, y ojos azules heredados de ella, baja las escaleras con su uniforme escolar puesto: camisa blanca con corbata y pantalón n***o que combinan a la perfección.
—Mamá, ya estoy listo para ir a la escuela.
—Solo falta tu hermano pequeño.
—Ven, pequeño, siéntate con tu padre —le dice Walter al niño.
Ante esto, el pequeño corre hacia él.
—¡Ohhh!… Estás pesado, ¿cuánto has crecido ya?
—Es que ya tengo cinco años, papá; ya soy grande.
—No te creas un adulto con tan solo cinco años, hijo… Espero que cuando te deje en la escuela no te pongas a llorar. Los niños grandes no lloran.
—Lo… sé, papá —dice el pequeño, cabizbajo, sentado en el regazo de Walter.
—Cariño, no seas tan duro con él —aclara Margot con una pequeña y agradable sonrisa.
En el segundo piso, Abril ve su reflejo en el cristal. Toma un poco de agua en las palmas de las manos y se la pasa por la cara, refrescándose.
—¡Ah!… —suspiró.
Abre la llave de la regadera; el agua golpea la superficie de la baldosa.
El pequeño Abril se quita el pijama; su cuerpo pequeño se estremece bajo el chorro de agua, que acaricia su piel de forma suave y tierna.
—¡No quiero ir a la escuela! —piensa para sí mismo.
Toc, toc, toc.
Suena la puerta al chocar con los nudillos de una mano.
—¡¡Ah!!… —se sobresaltó.
Detrás de la puerta, una voz grave pero llena de ternura atraviesa la madera.
—Abril, abre la puerta: soy yo, papá. Déjame entrar.
El agua se detiene; Abril cambia de expresión y camina hacia la puerta, agarrando el tirador.
—Mmm… —lo piensa por un instante.
—Abril, abre la puerta antes de que suba tu mamá.
—Sí, papá.
Las bisagras crujen al abrirse. Una mano grande, a los ojos de Abril, sostiene el borde de la puerta.
—Eso es un buen chico; papá está feliz de que me hagas caso.
Abril asiente con la cabeza, tímidamente.
—Ven, acércate.
—Mmm…
Abril se acerca a Walter.
—Tienes una piel muy suave y limpia, hueles bien.
Abril solo cierra los ojos con fuerza para evitar que le salgan las lágrimas.
Abril siente que miles de manos recorren todo su cuerpo; su cuerpo pequeño tiembla.
Walter, lleno de satisfacción, lleva su mano directamente hacia las mejillas pequeñas y sonrosadas de Abril: suaves, delicadas, tiernas.
El niño no dejaba de temblar con cada toque de su padre.
—Tienes un trasero muy bonito. ¿De quién es este trasero? —preguntó Walter, lleno de deseo.
—De mi papá —responde el pequeño.
—Estupendo, ya lo entiendo. Me costó tiempo educarte, pero valió la pena.
Walter baja sus pantalones hasta las rodillas.
—Ya sabes qué hacer con la boca. ¡Ah… sí! Así… sigue.
Con ternura, suavidad y delicadeza, lo acaricia con la lengua, saboreando cada centímetro que entra y sale de su interior. Sus dulces labios se frotan contra el glande al entrar y salir.
¡Glup… glup…!
—¡¡Cariño!! —gritan desde el primer piso.
—¡¡Ah…! ¡Mierda! Es tu mamá.
—¡¡¿Qué pasa?! ¡¡¿Por qué tú y Abril tardan tanto?!
—¡¡Ya vamos a bajar!! —grita Walter—. Ya alístate y baja.
—Sí.
Walter se sube los pantalones y baja corriendo.
—¿Qué tienes, cariño? ¿Y por qué no baja Abril contigo? —pregunta Margot, con duda.
—Es que aún no se ha cambiado.
—¿Papá, ya nos vamos? —pregunta su hijo menor.
—Hijo, ya Abril baja; desayuna y papá los llevará a la escuela, ¿de acuerdo?
Se abrió un vacío en sus ojos, que muestra todo lo que le han robado.
No recordaba lo dolorosos que fueron aquellos días. ¿Cómo pude olvidarlo?
Sangre le cae en el rostro; carne se desgarra y se oye crujir al ser masticada.
¡Tos… tos… tos…!
Sangre salpica por su boca.
—Abril… —escucha a lo lejos.
Su cuerpo se siente pesado y cálido al mismo tiempo.
Dientes que trituran carne.
¿Qué es ese sonido?
Voltea la mirada: a su lado yace el monstruo, devorando el brazo cercenado de su cuerpo.