Aunque mi estilo de vida no había cambiado mucho desde que me mudé a la ciudad, cada vez que volvía sentía como si estuviera alejándome más. Sabía que en algún momento me iría en definitiva de aquí, y aunque eso me asustara un poco no dejaba de anhelar la sensación de independencia que siempre quise. En la sala estaban Samuel y Saray jugando ajedrez. En nuestra familia hay una fuerte tradición, papá me enseñó a jugar ajedrez y desde entonces estuve en competencias que casi siempre gané. Mis hermanitos no serían la excepción. —¡Mady! —exclamó Saray, se levantó y corrió para abrazarme—. ¡Sí viniste! —Por supuesto que sí. Siempre cumplo mis promesas, ¿no es así? Mis promesas son mi ley, recordé de inmediato las palabras de Alessandro y por ese corto recuerdo mi corazón se aceleró aleg

