Suite nº 48

1843 Words
El agua de la piscina estará fría- dudó Sofí. Decidió entrar. Descorrió el pestillo de la puerta metálica que daba acceso a la piscina, situada alas espaldas del hotel. Las tumbonas estaban todas vacías, repartidas alrededor de la piscina. Un sistema de riego automático rociaba el césped. Era mediados del mes de mayo del año 2021. Miró el reloj del móvil: las siete en punto de la mañana. Los huéspedes del hotel aún dormían pero no tardarían en bajar a darse el primer chapuzón del día, especialmente los mayores. Tenía la piscina para ella sola. Se detuvo. Elevó la cabeza hacía el sol y tuvo que hacer visera con la mano derecha para no encandilarse con los rayos de luz. En cuánto terminara mayo, dejaría de salir de casa. Odiaba tener que exhibirse en bañador y que todo el mundo cuchicheara a sus espaldas mientras la miraban con descaro. Ella hacía cómo qué no se daba cuenta o eso creían ellos pero era una experta: llevaba toda una vida fingiendo. No llevaba bien sus complejos en bañador. Eligió la tumbona más próxima a los escalones que facilitaban el acceso a la piscina. Se recostó y se ajustó la pamela para que no le molestara el sol. Estiró la mano hacía el bolso de rayas marineras blancas y azules, que se había comprado el día anterior en una de las tiendas de souvenirs, situadas en la galería comercial del hotel en el que se alojaba. Extrajo un libro y las gafas ovaladas de lectura. No era la primera vez que se hospedaba allí; solía venir todos los años en el mes de mayo porque prácticamente no había huéspedes. El Hotel se llamaba Paraíso & Spa y estaba ubicado en un céntrico barrio de una ciudad costera, situada a escasos kilómetros de Lisboa. Le habían asignado la suite nº 48. La lectura de la novela la absorbió completamente, ajena a todo lo que pasaba a su alrededor. Cuando llevaba unas diez páginas leídas, volvió a levantar la mirada para comprobar si había llegado alguien más a la piscina pero continuaba completamente sola. - Qué extraño para ser un hotel tan frecuentado, pensó. Decidió darse un baño. Se incorporó en la tumbona y anduvo hasta la escalera de la piscina. Y fue cuando se percató que ya no estaba sola. Había entrado alguien que la observaba fijamente desde la puerta metálica. Le sonreía pero Sofí no le conocía de nada, se estaba confundiendo de persona. Ella no le había visto nunca antes. Era un tipo raro, iba vestido de forma andrajosa, sucio y le faltaban varios dientes. Sofí sintió terror, no sabía qué hacer. Nadó hacia la parte que más cubría y se resguardó bajo el muro que bordeaba la piscina cómo si tras él se pudiera esconder. El hombre se aproximó hacía donde ella estaba. De un brinco se arrojó al agua y agarró a Sofí de la cabeza con fuerza para hundirla. Ella se oponía pero él la volvía a sumergir una y otra vez. El agua le entraba por la boca y por la nariz, impidiéndole respirar. Le faltaban ya las fuerzas. No podía luchar más. Se rindió y se dejó llevar. Perdió la noción de donde estaba. El agua comenzó a moverse, primero lentamente, después con más fuerza. Al principio eran pequeños surcos pero cada vez iban alcanzando más altura hasta que se convirtieron en olas. Todo le daba vueltas, estaba aturdida. Su cuerpo se balanceaba de un lado para otro: subía, bajaba... volvía a caer y de nuevo a ascender. Entonces se formó un torbellino alrededor de ellos que los engulló hacía dentro. Sofí perdió el control. Tras vueltas y vueltas dentro del torbellino, todo acabó de repente. Cayó de bruces sobre un suelo pedregoso. Tardó en incorporarse. Apoyó los brazos sobre el suelo y miró sorprendida a su alrededor. No sabía dónde estaba. Desconocía ese lugar. El hombre había desaparecido. La niebla flotaba a su alrededor. Al final le pareció ver una luz. Levantó la mirada y comprobó que una hilera de cipreses la vigilaban. Bajo los árboles había mucha maleza. Olía mal. Recordaba ese hedor; sabía que lo había olido ya alguna vez, quizás en su infancia o en algún lugar lejano al que su memoria no lograba llegar. Y entonces cayó en la cuenta: era olor a muerto. - Buenos días, señora, es usted bienvenida-le saludó un señor ya anciano. Portaba un sombrero de copa de color n***o. El pelo, canoso ya, le caía alrededor del cuello. Unos ojos achinados se escondían entre los pliegues de la cara. En una de las piernas calzaba una bota alta hasta la rodilla; la otra pierna la tenía amputada. Una capa negra le caía ligeramente por detrás. A pesar del aspecto elegante que manifestaba, llevaba una camisa sucia hecha jirones que contrastaba con el resto de la indumentaria. Andaba apoyado sobre un bastón de madera. - ¿Quién es usted? ¿Dónde estoy?-preguntó angustiada Sofí mientras retrocedía con voz temblorosa abrazándose a sí misma muerta de miedo. - Le doy la bienvenida al cementerio del hotel. Soy el carpintero. Me he vestido elegantemente para recibirla a usted; es una ocasión especial. Y comenzó a reír a carcajadas. - ¿Ha dicho el carpintero?-lloriqueó Sofí. - Efectivamente, el carpintero del cementerio-aclaró. Estamos justo debajo del hotel, concretamente a unos veinte metros bajo tierra. - ¿Y cómo he venido yo aquí a parar? No recuerdo nada. Estoy muy mareada. Sofí comprobó que estaba empapada de agua. - A través de la piscina ubicada en la parte trasera del hotel-dijo el carpintero. - Ahora comienzo a recordar vagamente. Llegué a la piscina y no había nadie, lo cual me pareció extraño. Me recosté en una de las tumbonas que había repartidas alrededor de la piscina y saqué un libro para leer. Al rato decidí darme un baño. Y entonces sucedió: un señor se lanzó a la piscina para ahogarme, forcejeamos y se formó un pequeño remolino alrededor nuestro, que cada vez fue creciendo más hasta que nos absorbió completamente. Me quedé sin fuerzas. El carpintero le explicó que era un cementerio para los huéspedes que se alojaban en la suite nº 48 del hotel. Eran los elegidos para ser enterrados en ese lugar. La chica comenzó a llorar desconsoladamente. Gritaba. Estaba aterrada. El señor le pidió que dejara de gritar porque nadie iría en su ayuda. El carpintero se dio la vuelta y comenzó a andar por el camino en dirección hacía la luz. Sofí le siguió con dificultad; le costaba andar, estaba exhausta. - Nosotros sólo cumplimos órdenes del hotel-le aclaró el carpintero mientras se frotaba las manos. En breve le presentaré a mi amigo el sepulturero. Somos los únicos habitantes del cementerio. No intente escapar porque no llegará muy lejos, se lo aseguro. Muchos lo han intentado y no lo han logrado. El camino desembocó en un extenso prado sembrado de césped. A lo lejos, en el centro, había una casa destartalada hecha de madera. En la esquina derecha, había una chimenea de la que salía humo n***o que se perdía por el cielo sin dejar rastro. Las ventanas de la casa estaban chapadas con tiras de metal plateado, clavadas de un lado a otro. - Es la casa del sepulturero-anunció el carpintero con voz solemne. Sofí observó que el terreno que rodeaba a la casa estaba repleto de filas interminables de cruces blancas, situadas una tras otra a la misma distancia, formando un manto blanco. Frente a cada cruz sobresalían pequeños montículos de arena y en cada uno de ellos, había un ramo de crisantemos. Sobre cada cruz, en el punto de cruce, había una fotografía enmarcada, que rememoraba a quien se encontraba bajo tierra. Sofí se estremeció. Conforme se aproximaban a la casa, comenzaron a oírse golpes secos, uno tras otro. Sofí sintió terror y comenzó a gritar de nuevo. El carpintero extendió sus enormes brazos y la zarandeó, pidiéndole que se tranquilizara. - El sepulturero está realizando su trabajo, no le molestes- le ordenó enfadado. El esfuerzo que hacía Sofí por lograr llegar a la casa era sublime. Al fin, llegaron. La ventana contigua a la puerta principal de entrada a la casa, era la única que no estaba tapiada, a diferencia del resto. A través del cristal se veía al enterrador, agachándose y levantándose mecánicamente. Con un martillo entre sus manos daba golpes secos. Sofí comenzó a llorar. - No quiero entrar, gritó. El carpintero en vez de compadecerse, la empujó fuertemente contra la puerta. Los golpes cesaron. Se oyó un silencio. Una voz gritó tras la puerta: - ¿Quién anda ahí? - Soy yo, el carpintero, ya estoy de vuelta. Traigo un nuevo huésped del hotel. Sofí estaba muerta de miedo. Suplicaba al carpintero que la dejara marchar. - ¡Calla, ya!- Le ordenó y la abofeteó con tal fuerza que la hizo rodar por el suelo como una peonza. Se oyó cómo giraban la llave en la cerradura. Y entonces, Sofí, percibió algo que antes se le había pasado por alto. Dentro de la casa se oían gritos, llantos, gimoteos... había más gente allí dentro. Ya no estaría sola, con esos dos locos, pensó. El sepulturero apareció en el umbral de la puerta. Tenía la cara deformada y su piel era de un tono blanco mortecino. Le faltaba el ojo derecho. Llevaba un parche n***o para taparlo. Iba vestido con una camisa ancha agujereada y unos pantalones anchos con tres tallas más de lo que realmente necesitaba, anudados con una cuerda en el lado derecho de la cintura. No llevaba calzado. Se frotó ligeramente las manos ennegrecidas en los pantalones y les pidió que pasaran. Cerró la puerta con un golpe seco que retumbó toda la casa. La estancia estaba en penumbra. La única luz provenía de unos candelabros, repartidos por el suelo de madera, que crujía a cada paso que daba el sepulturero. A pesar de la poca claridad, Sofí pudo ver perfectamente lo que había en su interior: hileras de ataúdes del color natural de la madera aún sin barnizar. Y entonces lo comprendió todo: Eran personas vivas que estaban encerradas en los ataúdes. Intentaban salir peroles era imposible. De ellos procedían los gritos y los golpes sobre la madera que había escuchado antes Sofí. El carpintero los encerraba en los ataúdes y después el sepulturero los enterraba vivos. - Vas a morir- dijo el enterrador sin más rodeos. Elige el ataúd que más te guste. - ¡Déjenme marchar, por favor! ¡Se lo suplico! El carpintero la levantó en peso y la introdujo en un ataúd que había libre. Sofí empezó a pegarle en la cara pero no pudo hacer nada. Él era mucho más fuerte que ella. La metió dentro del ataúd, lo cubrió con una tapa de madera y la sujetó con fuerza para que ella no lograra escapar. El sepulturero le pasó el martillo. 48 clavos necesitó el carpintero para cerrar completamente la tapa del ataúd. Sofí gritaba mientras golpeaba la tapa con furia para lograr escapar.
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