La alarma del despertador no llegó a sonar porque Gregorio se había despertado de nuevo antes de la hora programada y la había desactivado.
Le solía pasar con cierta frecuencia porque tenía cómo se suele decir "un mal sueño".
Pero esa noche no fue cómo las demás, no se había desvelado ni mucho menos, que va, esa no era la razón.
Cuando se acostó, justo después de cenar, había una tormenta con fuertes rayos que iluminaban el cielo, tal y cómo había vaticinado el hombre del tiempo en la televisión.
Gregorio siempre había tenido miedo a las tormentas y especialmente a los rayos, por eso decidió acostarse pronto esa noche, para entrar en un profundo sueño y conseguir olvidarse de la tormenta.
Pero no lo consiguió porque un rayo irrumpió en el tejado de su habitación, volándolo por los aires y dándole a Gregorio de lleno mientras dormía sobre la cama. Como consecuencia, el cuerpo de Gregorio quedó cortado en dos mitades completamente iguales.
Se despertó sobresaltado.
Al levantar la mirada observó que el techo de su habitación había volado por los aires.
La tormenta había cesado y el cielo estaba ahora repleto de estrellas.
Se levantó aterrado de la cama.
Cayó en la cuenta que había quedado a desayunar con su amiga Casandra en una conocida cafetería del barrio en el que residía.
Pero había un problema con el que no contaba antes: cuando se levantó de la cama, solo lo hizo una mitad de su cuerpo mientras que la otra mitad seguía acostada plácidamente.
Fue cuando lo comprendió todo:
El rayo había partido su cuerpo en dos mitades: una mitad estaba en pie con un ojo abierto y la otra mitad, estaba acostada en la cama con el otro ojo cerrado.
- ¿Qué hago ahora? Se preguntó angustiado. No podré vivir dividido en dos: dos cabezas, dos caras, dos cuerpos... Nadie me querrá ya... Me he convertido en un monstruo.
Comenzó a sentir mucha angustia porque sus dos mitades ya empezaban a no ponerse de acuerdo en lo que querían hacer.
- Una mitad tenía hambre... la otra no.
- Una mitad quería salir de la habitación... la otra quería seguir durmiendo un ratito más.
Comenzó a llorar desconsoladamente.
- ¿Cómo voy a vivir así con este conflicto? En cuánto me vean mis amigos saldrán huyendo horrorizados. Nadie querrá mi amistad y no podré trabajar, ni pasear, ni comer... tantas cosas dejaré de hacer porque mis dos mitades no se pondrán de acuerdo jamás. Me he convertido en ser abominable.
El móvil comenzó a vibrar sobre la mesita de noche.
Un ojo de la mitad que estaba en pie observó con dificultad la pantalla del móvil.
Era un wasap de Casandra.
- "Sé puntual, en una hora nos vemos en Starbucks ¿Ok?"
Gregorio titubeó ¿Cómo iba a salir de su habitación en ese estado tan lamentable? Sólo iría una mitad de él a la cafetería porque la otra mitad quería seguir durmiendo.
- "OK", le contestó él sin entender porque había puesto eso.
Al instante se arrepintió.
No oyó ruidos en casa.
Sus padres se habían ido a trabajar mucho antes de que cayera el rayo sobre el tejado.
Estaba solo en casa pero no tardarían en llegar alarmados.
Se vistió como buenamente pudo.
La mitad que quería salir de allí se despidió de la otra mitad que dormía plácidamente sobre la cama.
Abrió sigilosamente la puerta de la habitación con una mano y miró atentamente para comprobar si había alguien en casa.
Efectivamente sus padres no estaban en casa.
Estaba él solo.
Anduvo con un pie de puntillas hasta la puerta y salió tímidamente a la calle.
Se detuvo y dudó de si era buena idea seguir avanzando.
Quizás sería mejor regresar de nuevo a casa y vivir encerrado para siempre entre cuatro paredes donde nadie pudiera verle.
Se armó de valor y comenzó a andar de nuevo.
La gente con la que se iba encontrando a su paso huía despavorida.
Gritaban aterrados.
Gregorio les suplicaba con la mano que se tranquilizasen, qué era inofensivo pero ellos solo veían un monstruo.
Una lágrima le rodó por la mejilla.
Y después otra.
Y otra más.
Seguía oyendo gritos a su paso.
Veía terror en sus caras.
Agilizó el paso porque no quería llegar tarde a su cita con Casandra. No la quería hacer esperar y menos aún que se enfadara por su culpa. Era su mejor amiga, esperaba que ella no le rechazara, que comprendiera que él seguía siendo el mismo de siempre y nada había cambiado en su interior, solo su físico, su fachada pero Gregorio seguía sintiendo lo mismo hacía ella. Nada ni nadie podría cambiar eso nunca.
Llegó a Starbucks.
Abrió la puerta para entrar y se detuvo en el umbral.
La gente en cuánto le vio comenzó a salir despavorida del local.
Caían al suelo unos sobre otros.
Todos querían huir de aquel lugar.
Nunca habían visto nada igual.
- ¡Es un monstruo! gritaban. ¡Un monstruo!
Localizó a Casandra.
Estaba de pie en el mostrador esperando para pedir.
No ya había cola, ni siquiera había camareros, estaba completamente sola porque todos habían huido.
Casandra se dio la vuelta y su mirada se cruzó con la de Gregorio que se había detenido esperando a que ella también huyera como habían hecho todos.
Pero no fue así.
Gregorio se equivocó.
Casandra no huyó, ni se asustó al verle.
Le sonrió.
Gregorio comenzó a llorar.
Entonces Casandra comenzó a andar hacía donde se encontraba él y lo abrazó con todas sus fuerzas.
Y lloraron los dos de pena.