Intento de escapada

836 Words
El juez dejó caer el martillo con fuerza: - Considero a Alfred Hitchcock culpable de un delito de robo, perpetrado a una entidad bancaria el día 01 de abril de 1961 y le condeno a la pena de cadena perpetua. El condenado cumplirá la pena en la prisión de máxima seguridad de los Estados Unidos de América: la prisión de Alcatraz, en California. Aún le retumbaban en la memoria aquellas palabras del Juez. De aquello hacía ya doce años. Ahora tenía treinta y seis. Las recordaba día tras día mientras permanecía en aquella minúscula celda. Era imposible olvidarlas. Tenía que trazar un plan para escapar de allí cuánto antes. - ¿Pero cómo lograrlo? se preguntaba noche tras noche. La prisión en la que estaba cumpliendo condena era una auténtica fortaleza: se trataba de una pequeña isla, rodeada de mar a la que solo se podía acceder en embarcación. Fuera del recinto de la prisión, había un pequeño camposanto donde eran enterrados los presos. Más allá del camposanto y de los muros de la prisión, solo había agua de un mar infinito. - Jamás lograré escapar de aquí, se lamentaba. Pero un día, todo cambió. Observó que cuando un preso fallecía, lo trasladaba el personal funcionario de la cárcel a la sala de morgues. Allí, era recogido por el enterrador de la prisión que lo transportaba a las afueras de la cárcel, al camposanto, donde descansaban los restos de los presos fallecidos. Y entonces un ideó un plan... Alfred comenzó a entablar amistad con el viejo enterrador y logró sonsacarle que padecía graves problemas económicos: estaba al borde de la ruina. Alfred le prometió que si lograba sacarle de allí, le ofrecería una cuantiosa recompensa con la que podría saldar todas sus deudas. El enterrador no pudo oponerse a semejante tentación y aceptó gustosamente. - ¿Pero cómo lo lograremos? Es imposible escapar de esta fortificación rodeada de mar. No hay nadie que lo haya logrado aún. Alfred lo tranquilizó porque ya lo tenía todo planeado: - La próxima vez que muera un interno, colocarás el ataúd sobre la mesa de la morgue y dejarás la puerta de la sala abierta. Tocarás la campana de aviso y en cuanto yo la oiga, me escabullaré y entraré en la sala sigilosamente. Me introduciré en el ataúd, me colocaré encima del c*****r y cerraré la tapa de la caja. Después trasladarás el ataúd al camposanto y allí me enterrarás. - ¿Pero cómo vas a respirar bajo tierra? preguntó angustiado el enterrador. - Lo tengo todo pensado... Podré aguantar unas horas, debido al oxigeno almacenado dentro del ataúd pero no mucho más. Si te demoras más de la cuenta en desenterrarme, moriré vivo. Días después el recluso estaba paseando por el patio interior de la prisión. Se detuvo y se encendió un cigarrillo. La campana de aviso de la prisión comenzó a sonar. A Alfred le recorrió un escalofrío todo su cuerpo: había llegado el ansiado momento. Arrojó la colilla al suelo y se dirigió a la sala de la morgue. Comprobó que la puerta de la sala estaba abierta, tal y cómo habían acordado. La oscuridad era total. Fue tanteando con las manos, hasta que llegó a una mesa que había colocada en el centro de la sala. Sobre ella estaba colocado el ataúd. Deslizó la tapa de la caja de madera y se introdujo en su interior, encima del c*****r que aun estaba caliente. Y allí esperó al enterrador sin mover un ápice de su cuerpo, para no ser descubierto. Instantes después se oyeron unos pasos que se aproximaban. Abrieron la puerta. Se escucharon unas voces. Encendieron las luces de la sala. Alfred pudo distinguir la voz del enterrador, que tan bien conocía y la de unos funcionarios que venían a ayudar. Contuvo la respiración. Tenía los ojos abiertos, presos del pánico. Levantaron en peso la caja y la colocaron en una carreta. Oyó cómo se lamentaban del peso del ataúd, incluso uno bromeó que no recordaba tanto peso en una caja en tantos años cómo llevaba trabajando en la prisión. Cruzaron el portón de hierro de salida y entrada de la prisión. Llegaron al camposanto. Con la ayuda de unas sogas deslizaron el ataúd al interior de una zanja. Comenzaron con unas palas a cubrirlo de tierra. Alfred sintió cómo la luz se iba oscureciendo conforme echaban la arena sobre la caja. Quedó completamente a oscuras. Las voces se alejaron. Era cuestión de esperar al enterrador, a que lo sacara de allí cuánto antes. La espera comenzó a hacerse excesiva. El enterrador no venía en su busca. - ¿Dónde está el maldito enterrador? El oxígeno comenzaba a faltarle. Notaba por momentos qué se asfixiaba. Los nervios querían estrangularlo. Menos oxigeno aún... Se palpó en los bolsillos del pantalón y sacó una caja de fósforos. Encendió uno y observó el interior de la caja. Giró la cabeza y aproximó el fósforo al c*****r que le acompañaba. Era el enterrador. Su garganta emitió un grito desgarrado.
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