Me dirigí a la mansión Montreal con paso decidido. No pude evitar notar lo grande y lujosa que era, un claro reflejo del éxito y el poder de la familia Mendoza. Al llegar, uno de los sirvientes me abrió la puerta y me condujo a la oficina de Emilio, el patriarca de la familia. Él estaba atendiendo una llamada telefónica, pero al verme, levantó la mirada y me hizo un gesto para que esperara. —Buenos días... —saludé con firmeza, sin mostrar ninguna duda sobre mi presencia allí. Emilio, un hombre de aspecto serio y autoritario, bajó ligeramente el teléfono y me observó con una mezcla de curiosidad y desinterés. —Buenos días, Mia... Tú eres la hija de Cristóbal, ¿verdad? Asentí con la cabeza, sin perder la compostura. —Sí, soy yo. Necesito hablar con usted. Él hizo un gesto de disculpa,

