Prólogo: La Simbiosis de las Bestias
Siete años. Esa fue la edad en la que descubrí que los monstruos no viven debajo de la cama, sino que duermen en la habitación de al lado, huelen a vino caro y tienen voces gélidas que cortan más que cualquier cuchillo. Pero también fue la edad en la que entendí que, aunque mi linaje dictaba que él era mi enemigo natural, el dolor humano nos había convertido en algo mucho más peligroso: aliados.
El parque era un cementerio de juegos oxidados y pasto seco, un no-lugar donde los niños rotos íbamos a escondernos de nuestras propias casas. Yo estaba sentada en un columpio que no se movía, sintiendo el peso de los siglos en una existencia que apenas comenzaba. Mis padres, dos alcohólicos de linaje aristocrático caído en desgracia, me exigían una perfección académica inhumana para justificar sus fracasos en la alta sociedad vampírica. Me habían dejado allí como quien olvida una muñeca rota en un rincón, esperando que el frío o el hambre me enseñaran la etiqueta que ellos ya habían perdido.
—Si aguantas la respiración hasta que tus venas ardan, dejas de sentir el hambre —dije, sin mirarlo. Sabía que estaba ahí, oculto tras un arbusto de espinas. Su calor corporal era como una hoguera en medio del invierno.
Él se acercó, arrastrando una pierna herida. Era un cachorro de lobo, moreno y cubierto de moretones que contaban la historia de un padre borracho de rabia y aguardiente. Su sangre olía espesa, cargada de una rabia animal que aún no sabía nombrar. Me miró con esos ojos que ya empezaban a destellar con una luz amarilla prohibida. Yo le sonreí, revelando mis caninos apenas más afilados de lo normal, sintiendo cómo mi propia mirada se teñía de carmesí.
Ese fue el pacto. Una cría de sangre condenada al hambre eterna y un cachorro de lobo destinado a la furia, dos fugitivos de linajes que se han matado por milenios, encontrando refugio en la desgracia mutua. Aprendimos a fingir. Aprendimos que para sobrevivir en el mundo de los humanos, debíamos esconder las garras y los colmillos bajo capas de mediocridad cotidiana.
Veintitrés años después, la "normalidad" era mi mejor máscara, y el departamento 4B, nuestro búnker contra una realidad que no debería permitir nuestra existencia.
Entré al departamento como un torbellino de seda y furia, lanzando mi bolso de diseñador contra el sillón.
—Si vuelvo a tener que sonreírle a ese jefe de redacción baboso, juro que le voy a vaciar la yugular en medio de la oficina —gruñí.
Me miré en el espejo del pasillo por un segundo. A mis treinta años, sabía que mi apariencia inspirada en la belleza de Carmen Villalobos era mi arma más letal. Mis 1.70 de altura, mi rostro de ángulos perfectos y esa piel canela que desafiaba mi naturaleza de no-muerta eran pura provocación. Mis caderas amplias y mis piernas potentes se movían bajo mi vestido de periodista con una gracia depredadora que sabía que Cristian no podía ignorar.
Él estaba allí, sentado frente a sus tres monitores, las líneas de código desfilando ante sus ojos. Cristian era mi ancla a la cordura. Un programador de 1.85, moreno, con el cuerpo cubierto de tatuajes y una barba espesa que ocultaba las facciones de un hombre que prefería cantar reggaetón en la regadera para no aullar a las estrellas.
—Huele a estrés y a sangre ajena, Nati —dijo, girando su silla. Sus sentidos de lobo captaron mi excitación mezclada con la rabia.
—El político es un idiota, pero el hambre es peor —respondí, acercándome a él.
Me senté a horcajadas sobre sus piernas, ignorando su trabajo. Mis manos frías buscaron el calor febril de su cuello. Nuestra relación era una anomalía; se suponía que debíamos cazarnos, pero en este búnker, las leyes de la naturaleza se doblaban. Éramos amigos que habían descubierto que el sexo era la única forma de acallar a las bestias.
—Cristian, necesito que me saques el demonio —susurré.
Él me levantó en vilo, sintiendo el peso de mis nalgas en sus manos tatuadas. Me llevó hacia la mesa del comedor, apartando su laptop de un manotazo. Me dejé caer sobre el cristal frío, abriendo mis piernas con una urgencia que le hizo soltar un gruñido gutural. Mi vestido se había subido hasta la cintura, revelando que solo llevaba una lencería roja de encaje, con un hilo dental que se perdía entre mis nalgas.
—Vamos a coger, Cristian. Quiero sentir que me rompes —ordené, con los ojos ya inyectados en sangre.
Él se deshizo de su ropa con una rapidez animal. Su v***a estaba roja y pulsante, endurecida por esa fiebre que solo un licántropo puede generar. Se abalanzó sobre mí y amordazó mis pechos con la boca. No eran gigantes, pero eran firmes, con los pezones ya como diamantes de excitación. Clavé mis uñas en sus hombros, sacándole hilos de sangre que lamí con deleite.
—¡Cógeme ya, maldito lobo! —grité.
Entró en mí de un solo golpe, un embiste seco que hizo que la mesa de cristal crujiera. Solté un alarido que fue mitad dolor y mitad gloria. El contraste era exquisito: su cuerpo ardiendo a cuarenta grados y el mío, frío como el mármol, recibiéndolo con una humedad que parecía fuego líquido. Empezamos a coger con un ritmo frenético, sin espacio para la ternura. Sus manos apretaban mis caderas con tanta fuerza que sabía que me dejaría marcas; marcas que adoraba porque eran la prueba de que algo aún podía herirme.
—Eso es... ¡así! —gemía yo, moviendo mis caderas de forma circular, atrapando su v***a con espasmos que me hacían ver luces—. ¡Más rápido, Cristian! ¡Siente cómo te bebo!
Me puso de espaldas, empinada sobre la mesa. Sentí el aceite de coco vertiéndose sobre mis nalgas, brillando sobre mi piel canela. Empezó a darme nalgadas sonoras, de esas que dejan la piel roja y caliente, mientras yo gritaba de puro placer. El sonido de sus palmas chocando contra mi carne aceitada era música para mi instinto.
—¡Fóllame como la bestia que eres! —gritaba, mientras él me mordía el cuello, evitando por poco los puntos vitales.
Lo monté con una fuerza salvaje, mis tetas saltando ante sus ojos mientras me masturbaba el clítoris y le apretaba el cuello con la otra mano para intensificar el orgasmo.
—¡Me vengo, Cristian! ¡Maldita sea, me vengo! —grité, sintiendo cómo mi flujo caliente lo bañaba justo cuando él también llegaba al límite.
Se corrió dentro de mí con una violencia que nos dejó temblando. Fue un clímax que pareció durar horas, un intercambio de energía que nos dejó vacíos de rabia pero llenos de una paz tóica. Nos quedamos abrazados sobre la mesa, oliendo a sexo y a supervivencia.
Dos horas después, estábamos en la boda de un excompañero humano. Yo llevaba un vestido rojo que resaltaba cada curva que Cristian acababa de reclamar. Estábamos en la barra libre cuando se nos acercó la tía del novio, una señora que olía a talco y prejuicios.
—Ay, pero qué divinos se ven juntos —dijo la señora—. ¿Y ustedes para cuándo? Hacen una pareja preciosa.
Intercambié con Cristian esa mirada telepática que perfeccionamos desde niños. Sonreí, ocultando el hambre de siglos, y me acerqué a ella.
—Ay, doñita —susurré con sarcasmo—. Lo que pasa es que para qué casarnos si lo que más nos gusta es coger hasta que nos sangran las encías. Usted no sabe lo que es este hombre cuando se pone salvaje; no hay cama que aguante ni iglesia que nos perdone. A veces me despierto y no sé si los gritos fueron de placer o porque me estaba arrancando un pedazo de alma.
La señora palideció y huyó hacia la mesa de postres como si la persiguiera el mismo diablo. Nos quedamos solos, riendo entre las sombras.
—Eres una basura —me dijo Cristian con cariño.
—Soy realista, Cristian —respondí, guiñándole un ojo—. El mundo de los humanos quiere etiquetas. Nosotros solo tenemos este búnker, esta hambre y este secreto.
Brindamos por nuestra extraña libertad. Sabíamos que afuera éramos traidores para nuestras especies. Sabíamos que yo debería estar bebiéndole la vida y él desgarrándome el cuello. Pero mientras tuviéramos ese departamento, el aceite de coco y la piel del otro para morder, el resto de la eternidad podía irse al carajo. Éramos dos monstruos forzados a convivir entre ovejas, y esa noche, el lobo y la vampira éramos los únicos que realmente sabíamos lo que significaba estar vivos.