Capítulo 1: El código de la sangre y el aullido del silencio

1493 Words
El lunes por la mañana en la Ciudad de México es una tortura diseñada para seres con sentidos que no deberían existir. Para los humanos, es solo ruido de tráfico y el olor rancio del smog; para mí, es un bombardeo ensordecedor de frecuencias que me taladran el cráneo y un festín de aromas nauseabundos: el sudor de miles de cuerpos apretujados en el metro, el aceite quemado de los puestos de tacos y el miedo subyacente de una población que corre hacia trabajos que odia. Me desperté en la oscuridad absoluta de nuestro búnker. Las cortinas black-out que Cristian mantenía selladas eran mi único escudo contra la lanza de fuego que era el sol para mis ojos. Me removí entre las sábanas, sintiendo la fricción de la tela contra mi piel canela. A mis treinta años, mi cuerpo era un instrumento de precisión: caderas anchas, piernas gruesas y potentes que podían romper costillas si me lo proponía, y unos pechos firmes que subían y bajaban con una respiración que solo mantenía por costumbre, no por necesidad biológica. A mi lado, el lugar de Cristian estaba vacío, pero su calor aún flotaba en el colchón. Él era un horno humano, una fuente de energía febril que contrastaba con el frío de mi propia carne. Me quedé un momento allí, permitiéndome ser solo Natalia, la mujer que ama el silencio, antes de tener que ponerme la máscara de la periodista implacable. Me levanté y me puse una bata de seda negra. Mis pies descalzos no hacían ruido mientras caminaba hacia la cocina. El búnker olía a él: a café, a metal de computadora y a ese aroma salvaje, a bosque y a bestia, que emanaba de sus poros. Lo vi de espaldas, su cuerpo de 1.85 cubierto de tatuajes que parecían cobrar vida con la luz tenue de la cocina. Su barba rizada y su cabello oscuro le daban ese aire de vikingo moderno que me volvía loca. —Dime que hoy es domingo —murmuré, mi voz sonando ronca, con ese eco de ultratumba que solo se filtraba cuando estaba recién despertada. Me acerqué y lo rodeé con los brazos, hundiendo mi cara en su espalda ancha. Su pulso era una batería de rock, un ritmo constante que me recordaba que, a pesar de todo, estábamos vivos. —Es lunes, Nati. Y tienes una cita con el editor a las diez —respondió él, dándose la vuelta. Me pasó el termo de café que ocultaba mi desayuno: plasma sintético grado médico. No era tan dulce como la sangre fresca de un aristócrata, pero mantenía el hambre a raya y evitaba que mis ojos se tornaran carmesí en medio de una entrevista. Mientras bebía, el pasado me golpeó como un latigazo. Recordé cuando teníamos doce años. El día que mi linaje aristocrático decidió que yo era una "decepción". Mis padres, esos vampiros que se ahogaban en botellas de vino mezcladas con sangre, me habían castigado por no mostrar la elegancia necesaria ante el Consejo. Tres días sin alimentarme. El hambre no era un rugido en el estómago; era una quemadura en las venas que te volvía loca. Escapé al parque, nuestro refugio de juegos oxidados. Cristian ya estaba allí. Sus ojos eran amarillos, sus uñas eran garras y olía a sangre y a miedo. Su padre, ese Alfa brutal, lo había golpeado con cadenas de plata. Nos miramos en la oscuridad de los arbustos: un lobo herido y una muerta hambrienta. El mundo decía que debíamos matarnos, pero yo puse mi mano fría sobre su pecho ardiendo. —Tu corazón suena como una batería de rock —le dije esa noche. —Y tú no tienes pulso, Nati —respondió él—. Pero hueles a casa. Ese recuerdo se vio interrumpido por la realidad. Cristian me miraba con una intensidad que conocía bien. —Mi madre llamó anoche —le dije, bajando la mirada al termo—. Quieren que asista a la Gala Carmesí. Dicen que debo presentarme ante el Consejo con un pretendiente "adecuado". Un Valerius de sangre pura. Sentí el gruñido de Cristian vibrar en el aire. Sus ojos empezaron a destellar con ese ámbar prohibido. —No vas a ir —sentenció él, su voz volviéndose peligrosa. —Si no voy, enviarán a los recolectores. Creen que vivo sola. Si descubren que convivo con un lobo, nos cazarán a los dos. —Que lo intenten —respondió él, acercándose tanto que sentí el calor de su cuerpo traspasando mi bata—. No voy a dejar que te toquen. La tensión entre nosotros siempre desembocaba en el mismo lugar: la violencia o el sexo, y a veces ambos. La presión de las familias y el peligro constante eran el combustible de nuestro deseo. Cristian me tomó de la nuca, obligándome a mirarlo. —Antes de que te vayas a salvar al mundo con tu pluma, necesito recordarte quién eres —dijo. Me alzó de un tirón y me sentó sobre la barra de granito de la cocina. El frío de la piedra contra mis nalgas me hizo soltar un jadeo. No hubo espacio para preliminares románticos. Me abrió la bata con una urgencia animal, dejando mis tetas al aire. Mis pezones se pusieron como diamantes bajo su mirada de fuego. No eran gigantes, pero tenían la forma de gota perfecta que él amaba devorar. Cristian se agachó y las amordazó con la boca, succionando con una fuerza que me hizo arquear la espalda y clavar mis uñas en sus hombros tatuados. Sus manos, grandes y ásperas, exploraron mis caderas anchas y apretujaron mis nalgas masivas con una posesión absoluta. —Cógeme aquí, Cristian. Ahora —ordené, sintiendo cómo mis colmillos salían por completo y mis ojos se teñían de rojo. El hambre s****l de la vampira había despertado. Él se deshizo de sus pantalones con movimientos rápidos. Su v***a estaba fuera, una vara de carne caliente, roja y pulsante que buscaba mi entrada con desesperación. Se la sacó y, sin previo aviso, se hundió en mí de un solo golpe seco. El sonido de nuestra unión fue un choque húmedo y crudo que resonó en los azulejos. Solté un alarido de gloria, echando la cabeza hacia atrás, revelando mi cuello pálido que él empezó a morder con la precisión de un depredador que marca su territorio. —¡Eso es! ¡Cógeme como si quisieras matarme! —gritaba yo, moviendo mis caderas de forma violenta para recibir cada embestida. Empezamos a coger con una furia desatada sobre la barra. El ruido de mis nalgas rebotando contra el granito era el único ritmo que importaba. Cada vez que él me penetraba, sentía el calor de su simiente de lobo luchando contra el frío de mi vientre. Era una liturgia de carne y poder. Me puso de espaldas contra la barra, empinada, con mi culo respigado hacia él. Tomó la botella de aceite de coco y la vertió sobre mi piel canela; el líquido brilló bajo la luz, haciendo que mis nalgas parecieran de seda mojada. Empezó a darme nalgadas sonoras, de esas que dejan la marca roja en segundos, mientras yo gritaba de puro éxtasis. El dolor se transformaba en placer líquido en mis venas de no-muerta. —¡Eres mi perra, Natalia! ¡No le perteneces a ningún consejo! —gruñó él en mi oído, su voz ya deformada por la transformación parcial. —¡Soy tuya, Cristian! ¡Solo tuya! —respondía yo, mientras me masturbaba frenéticamente con una mano y con la otra me aferraba al borde del granito para no colapsar. La intensidad fue subiendo hasta que sentí que mis paredes vaginales se contraían con una fuerza sobrenatural, atrapando su v***a en espasmos que casi le cortaban la circulación. El clímax nos alcanzó como una tormenta eléctrica. Cristian se corrió dentro de mí con una violencia devastadora, vaciando su esencia ardiente en mi interior frío. Me dejó temblando, con la visión nublada y el corazón que no latía intentando imitar el ritmo del suyo. Nos quedamos allí unos minutos, rodeados por el aroma de nuestro sexo, el café y el aceite de coco. —Ahora sí puedo ir a la redacción —dije, recomponiéndome la bata con una elegancia cínica. —Y yo puedo ir a programar —respondió él, dándome un beso cargado de posesión—. Pero recuerda lo que te dije. No hay gala ni familia que pueda separarnos. Si intentan llevarte, quemaré el mundo entero. Me fui a arreglar para mi vida de humana, dejando al lobo en su búnker. Pero mientras caminaba hacia el estacionamiento, sentí el peso de la realidad. El mundo de afuera, el de los linajes antiguos y las guerras de sangre, estaba cerrando el cerco sobre nosotros. El capítulo de nuestra normalidad se estaba terminando, y lo que venía después iba a ser escrito con la misma violencia con la que acabábamos de poseernos en la cocina.
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